Probablemente empiece este post con el típico: “Siempre leo pero nunca me había atrevido a escribir”. Y probablemente el tópico se repita. Pero, con el corazón en un puño me he encontrado esta mañana con la necesidad de escribir unas palabras.
Estoy en un autobús doble, de esos rojos que muchas tenemos en forma de imán en la nevera, bien porque hemos viajado alguna vez a Londres, o porque algún amigo/familiar nos lo ha traído de recuerdo.
El número es el 113 con destino Oxford Circus. ¿Por qué explico esto? Porque todo está relacionado de alguna forma.
Oxford circus para aquellos que no tienen la suerte de conocer esta maravillosa ciudad, es una calle comercial con una infinidad de tiendas. Una calle que cada vez que voy de compra, al final del día, mi móvil marca que he recorrido unos 10-15 kilómetros, (depende de mi empeño por encontrar el modelo to perfecto, o el estado anímico).
Y si, pinta el plan perfecto de película: mañana de compras por Londres con tus amigas. Pero, mi cabeza no deja de atormentarme imaginando ese momento en el que me meto en el probador con la prenda perfecta, y no me cierra, o mis tetas se empeñan en estropear los botones de esa camisa tan bonita.
Y todo esto empezó el día en el que tres niños de 16 años decidieron arruinarme la vida a base de bullying cuando estaba en tercero de la ESO.
Mi autoestima se quebró por tener sobrepeso. Por ser extranjera. Y porque mis preferencias musicales desencajaban con lo que se llevaba en ese momento.
Ahora tengo 23, treinta kilos menos que perdí por el camino.
Pero no ha habido un solo día desde aquel entonces, que haya sido capaz de disfrutar de un bocado, de una reunión familiar donde ha abundado la comida, sin sentirme culpable, sin odiarme por haberme dejado llevar y no haber sabido controlar esas ansias de querer probarlo todo.
Hay días en los que me enamoraría de mí misma, y otros en los que encerrarme en la habitación y no salir por días, me parece el plan más apetecible y tentador para evitar que todas las personas se crucen conmigo por el camino para no arruinarles el día.
Me siento fea, detestable, difícil de mirar.
Y por mucho que me digan que soy muy dura conmigo misma, que soy bonita, o que muchas personas quisieran tener mis ojos, mi pelo. Yo me odio.
Y siento que este odio últimamente esta creciendo, y no soy capaz de detenerlo.
Y lo escribo aquí porque, estoy asustada.
Asustada de mí misma, de la sociedad. Asustada por esas niñas de catorce años que se podrían estar encontrando en donde me encontraba yo hace 9 años atrás.
“Es una tontería de críos”, “no te lo tomes en serio”.
Nueve años después, sigo intentando mirarme al espejo y sonreírme, quererme. Marcarme una tregua conmigo misma.
Llevo una 42, pero cuando me miro al espejo veo una chica quebrada que aún se viste con aquellos vaqueros de la talla 50.
El bullying no es una tontería. Por favor, paremos esto.