Durante mucho tiempo pensé que, si me quedaba embarazada, lo aceptaría. Que lo viviría con naturalidad. Creía que, por tener una vida estable, con amor y estructura, podía encajar ese cambio sin problema.
Pero entonces llegó ese día. El test positivo. Y junto con él, una sacudida interna que no esperaba: una certeza rotunda de que no era lo que deseaba. No desde el miedo, sino desde una claridad profunda. Me di cuenta de que aún tengo muchas cosas por vivir, muchos caminos que quiero recorrer antes de abrir la puerta de la maternidad.
Curiosamente, ese mismo día también recibí una buena noticia personal. Un logro fruto de mi esfuerzo, algo que había estado preparando con ilusión. Sentí que esas dos realidades chocaban con fuerza: por un lado, una alegría íntima; por el otro, un movimiento interno que me pedía parar y pensar. Al principio pensé que ese recuerdo quedaría para siempre teñido por la contradicción. Pero hoy lo veo distinto: ese fue el día en que definí mi camino. Un momento de decisión honesta, valiente, tranquila.
Decidir interrumpir ese embarazo no fue fácil. No por dudar de mi decisión, sino por el peso de todo lo que implica. Porque tenía todo “para tener un hijo”… menos las ganas. Y eso, que parece tan simple, es en realidad lo más importante. En los días previos me sentía completamente desconectada de mi cuerpo. No me dolía nada, pero sentía rechazo. Sabía que era por el estrés, por el conflicto interno, por la sensación de estar viviendo algo que no deseaba. Fue tomarme la primera pastilla… y volver a respirar. Volver a mí.
He desidealizado por completo el embarazo. No porque no respete lo que significa, sino porque vi cómo puede vivirse también desde el rechazo, desde el malestar, desde el desarraigo. Y eso también es parte de la experiencia humana. Creo que necesitamos poder hablar de esto sin miedo, sin culpa, sin tabúes.
Hoy, mientras escribo esto, vuelvo a mirar esa otra fecha no como un trauma, sino como un acto de fidelidad hacia mí. Un momento de enorme claridad. El principio de una etapa distinta. Una etapa donde puedo seguir aprendiendo japonés, viajar, cuidar de mi pareja, de mi familia… y sobre todo, de mí misma.
No sé si algún día querré ser madre. Lo que sí sé es que tengo derecho a decidir cuándo, cómo, y si ese momento llega.
Si tú también estás atravesando una experiencia parecida, quiero decirte que no eres la única. Que hay más personas de las que imaginas que han sentido lo mismo: confusión, miedo, alivio, claridad. Que tomar una decisión difícil también puede ser un acto de amor propio. Y que mirar por ti es una forma legítima —y valiente— de cuidarte.
Gracias por leerme. Gracias por darte permiso.
