Reproducimos un testimonio que nos llega via mail:
Desde los cuatro años, somos una tríada de amigas inseparables, las típicas que compartíamos un collar, que ponía “The best forever together”.
Pues resulta, que la más pequeña de la pandilla nos dice que se casa.
Después de los gritos locos por la emoción, nos pusimos manos a la obra para buscar el vestidazo perfecto.
Después de horas y horas de incesante búsqueda por las tiendas nos compramos unos vestidos espectaculares, desde la pantalla del móvil.
Cuando los recibimos nos parecieron un churro, pero lo arreglamos con una buena cantidad de accesorios y flores en la cabeza, desviando la atención a nuestra cara de divas.
El mío todavía tenía un pase, pero el de amiga le hacía parecer una morcilla de Burgos.
Ya no teníamos tiempo de buscar nada más y habíamos agotado todas las opciones, de los armarios de nuestras amigas, así que fuimos con nuestro Chinorri look.
Lo de mi amiga tenía mala solución, así que le dije que se comprara una buena faja.
La verdad es que la cosa se medió apaño y por lo menos estaba dentro del vestido. Subidas en nuestros tacones del 7.5 nos fuimos a la boda de nuestra amiga.
Cenamos como si no hubiera un mañana y sobre las 12 mi amiga desapareció, para volver con todo el pelo alborotado y el pintalabios corrido.
Le pregunté dónde se había metido y me dijo que había pillado cacho con el primo francés de mi amiga y que se iban a la habitación del hotel.
Me llevó al baño y me dijo que le tenía que hacer un favor. Que le dejara mis bragas, que no podía llegar con esa faja color carne a su noche loca.
Le dije, pero estás loca, como te voy a cambiar las bragas, que llevamos desde las 8 en pie…
Le grité que eso era antihigiénico, una auténtica guarrada. Ella insistió tanto que se las dejé, a mí no me cabía su faja, así que me fui con el culo al aire, rezando para que en uno de mis arrebatos de perreo, no se me vieran los bajos.

Así que guardé la faja, en un bolso joya tipo caja que casi no cerraba.
Acabamos la noche y los más fiesteros nos fuimos a desayunar.
Cuando fui a pagar, abrí el bolso y zas… saltó la faja como si de un saltamontes se tratara.
Los chicos con los que estaba desayunando se empezaron a partir y yo agobiada perdida les dije que la faja no era mía, que se la guardaba a mi amiga.
Me empecé a sentir muy mal y ellos estaban seguirán sin parar de reír, así que me levanté y en mitad de la cafetería les hice un calvo y me largué.
Así acabó la noche, yo sin bragas, mi amiga se pegó el polvo de su vida y los pavos esos todavía deben estar flipando con mi culo blanco.