Da tela de coraje cuando por fin una conoce a alguien que medio le cuadra y de pronto salta una bandera roja de manual.
Yo trabajo y soy autosuficiente, es decir, no pretendo que nadie me invite por el hecho de aprovecharme de su dinero, sino que lo veo como un gesto bonito, una especie de regalo. En ambas direcciones, además. Para nada me refiero a que los hombres tengan que invitar a las mujeres. Igual que veo un buen gesto el que me inviten, yo suelo invitar también y soy muy desprendida. Es decir, esto no va de machismo ni de caballeros andantes, porque me pasa igual con mis amigas. Si vamos a tomarnos un vino, un día invita una y otro día otra, no paga cada una su vino en plan cutre. No sé, yo lo veo así.
Pues bien, conocí hace poco a un chico en Tinder y la verdad es que me cuadró bastante. Guapete, educado, con conversación… de base ya tenía unos cuantos puntos ganados.
En la primera cita, quedamos para cenar. Había feeling y la conversación fue bastante amena, pero a la hora de pedir la cuenta, coge el pavo y me dice que vamos a medias. Bueno vale, no es mi estilo, pero en ese momento pensé que lo mismo el muchacho no se había atrevido a decirme que invitaba por si yo era una talibán del feminismo o algo así. No quise anclarme en eso y fuimos a otro garito a tomar unas copas.
En el pub igual, todo bien entre él y yo, aunque yo ya, sinceramente, un poco tensa cuando llegó la hora de pagar y cruzando los dedos para que no me hiciera otro feo y se cargase la cita. Efectivamente, se cumplieron mis presagios, le dijo a la camarera que le desglosase las bebidas, porque él había pedido tres cervezas, que eran más baratas que el par de copas que me pedí yo.
En fin, me daba cosa porque el tipo estaba en toda la pompa creyendo que yo estaba colada por sus huesos y yo en lo que estaba pensando era en que su actitud con el dinero era de todo menos seductora. Insisto, por el gesto, no por el dinero. Tremenda cobra le hice esa noche. Vino a besarme y le volví la cara, no sé, no lo hice queriendo, es que no me nació viendo el percal de lo poco detallista que era.
Con los días volvió a escribirme y pensé que lo mismo el chico tuvo un mal día, y como de base en realidad me cuadraba bastante, quise darle una segunda oportunidad. Esta vez, para para romper todo tipo de prejuicio desde el principio, insistí en invitarle yo, como así hice, por si acaso era lo que el buen muchacho necesitaba para terminar de fluir.
Cuando más tarde fuimos a tomarnos algo, yo le dije que lo invitaba de nuevo y el muy cabrón, en vez de pedir cerveza, pidió una copa e incluso bromeó con que ya que lo invitaba iba a aprovechar.
A todo esto, me parece importante dejar claro que este hombre para nada tiene una situación económica ajustada, y de hecho gran parte de su conversación era sobre sus inversiones y patrimonio. Es decir, que es más agarrado que un piojo porque su madre lo ha hecho así. No responde ni a tener poco dinero, ni a pensar en igualdad ni en no ofenderme por feminista. Es agarrado como un mono a un columpio. Sin más.
Y ahí ando. Nos hemos visto otra vez más, en la misma línea. Y por un lado me parece un tío bastante completo, pero por otro, el hecho de que sea tan agarrado me parece un hándicap que no me termina de convencer.
