Hola WLS aunque esto podría ser un, querido diario,
Conozco a mi novio desde hace 20 años. Nunca fuimos amigos pero siempre estuvo cerca de mi familia. Nos veíamos cada cierto tiempo y siempre supimos el uno del otro con relatividad por las redes sociales.
Hace 2 años me propuso quedar para tomar un vino y ponernos al día de nuestras vidas. Un día, otro, otro y así se fue gestando nuestra relación. De una forma natural, convencional y bonita. Alguien que siempre había estado cerca pero que en determinadas etapas, nos habíamos perdido el salto.
En una de nuestras primeras citas donde ya era muy evidente el interés por parte de ambos, decidí sincerarme y contar las dos relaciones que yo había tenido y el porqué habían fracasado. Él de forma natural hizo lo mismo por su parte y me contó que aún tenía relación con una de sus exs de forma amistosa.
Dada la amistad entre ellos, el día que publicamos nuestra primera foto juntos, yo que nunca volví a preguntar por ella en todo ese tiempo, le pregunté si le había dicho algo. Me contestó que sí, que le había contestado una tontería, y que era una mujer celosilla.
Con toda la paz y armonía que pude reunir, le dije que bajo mi criterio, una amiga de verdad no diría una tontería ni estaría celosa. Se mostraría feliz de verlo feliz a él. Me dio la razón pero ahí quedó la conversación.
Ninguno somos unos críos en edad. La relación tomó consistencia, al parecer ambos teníamos claro nuestros límites y nuestras concesiones, y decidimos iniciar la convivencia.
Yo me sentía querida y mimada como nunca. Os juro que su cara era y sigue siendo, la de una señora de 80 años admirando un huevo de Fabergé.
Pero de vez en cuando salía esta señora a relucir. Nada importante os lo prometo. Pero algo en mi interior me decía que yo no sabía toda la verdad de esa relación de amistad. Me debatí semanas entre el bien y el mal, y opté por el mal. Cosa de la que no me arrepiento en absoluto.
Una noche cogí su teléfono y me fui decidida a su conversación de IG. Tiré hacia arriba aleatoriamente, y comencé a leer desde ahí hasta la fecha que cogí el teléfono, octubre del año pasado.
Me rompí en mil pedazos. No eran amigos. Habían mantenido desde que lo dejaron, una relación de tiras y aflojas sin volver, de una forma a mi parecer bastante insana. Pero me centré en los mensajes cuando yo ya estaba en su vida. No había preguntas sobre qué tal la familia, el trabajo o los amigos, no. Con una periodicidad de 2-3 meses mandaba fotos (normales, en bikini, con una cremallera de un vestido bajada), audios (te quiero llamar pero no quiero ser una molestia, un estorbo, un problema en tu relación), mensajes en presente del indicativo como si yo no existiera y ella continuase siendo su pareja. Sin ser las respuestas de mi novio devoluciones de fotos o mensajes babeantes, en ningún sitio vi pedir respeto por él mismo, por nuestra relación o por mí.
La persona que me había tenido en una nube, de repente me había hecho entrar en el infierno. En el de la insuficiencia, menosprecio, mis posibles carencias y sus bienaventuradas virtudes.
Según él mismo, la persona que más daño le había hecho en la vida, tenía ese espacio secreto y permitido. Lo desperté a las 4h de la mañana, cuando ya me había hartado de llorar en el sillón y me veía incapaz de meterme en la cama con él.
Me dijo que lo entendía, que aquello no significaba nada, que haría literalmente lo que yo le pidiese. Llamarla delante mía para hacerle las preguntas que yo considerase oportunas, mandarle un mensaje diciéndole que por sanidad era mejor que mantuvieran las distancias, bloquearla.
Estuve a punto de dejarlo. Me tomé unos días y cuando volví, decidí “perdonar”. Lo entrecomillo porque perdonar no es fácil. Y mi desdichada memoria me hace volver demasiadas noches a aquellas fotos y conversaciones.
Para más INRI, el puñetero complejo de espíritu de Santa Teresa de Calcuta heredado de mi santa madre, me llevó en unas semanas a darle la siguiente respuesta. No la bloquees ni le digas nada. Pero si te escribe, si te vuelve a mandar lo que sea fuera de lugar, córtala de lleno, sé sincero y cuéntamelo.
En cosa de un mes, sería su cumpleaños. Esperé hasta unos días después la famosa sinceridad pedida, y nada de nada. Una mañana desayunando le pregunté si ella le había felicitado, y me dijo que sí. Que ese día no me lo contó porque yo estaba trabajando, y después se le pasó. Vuelta a la desconfianza.
Un mes después, fue el de ella. Un escueto felicidades atrasadas y un muchas gracias por respuesta.
Ya no hubo más conversaciones. Y aquí viene mi dilema. ¿De verdad alguien que durante 4 años manda mensajes periódicos cada 2-3 meses desaparece sin más? ¿Sin previo aviso tal y como aseguraba él?
Así me mantuve otros 6 meses. No me podía creer que algo tan asiduo de repente se esfumara sin más. Cuando mi cabeza volvió a petar, directamente le pedí que por mi salud metal y mi tranquilidad, y si realmente estaba dispuesto a hacer lo que yo le pidiese, la bloquease de todas partes. Que no podía vivir con la intranquilidad de su reaparición, ni si él había sido o sería sincero al respecto.
Me juró que no había vuelto a pasar, que le dolía que siguiese desconfiando de él y la bloqueó de toda red social y teléfono. Al día siguiente me mandó la captura de un mail por parte de ella, donde mostraba su sorpresa por ese bloqueo masivo, porque no había hecho nada ni actuado de forma diferente a años anteriores. Ojalá hubiese podido ser yo quien le hubiese contestado a la señora. Le pedí por favor que no le diera respuesta porque entonces daría lugar a derecho de réplica, y hasta hoy.
Mi lado del bien me pide que confíe en él, que en ningún otro aspecto ni con ninguna otra mujer me despierta dudas. Que realmente somos felices en el día a día, y que hacemos todo lo posible por hacernos felices el uno al otro. Que basta que uno proponga para que el otro acepte.
Mi lado del mal tiene días en los que pienso en todo, y si esta herida necesita tiempo o es incurable. En si de verdad hay capacidad de romper ese esquema de 4 años de la noche a la mañana, o si aún tienen llamadas y contacto.
Quiero a mi novio, de eso no me cabe la menor duda. Soy feliz el 99% del tiempo en la que estas sombras no aparecen en mi cabeza. Pero siento pavor por esta señora, lo admito. Tengo un miedo atroz a que me estén engañando. A ser la tonta que no lo supo ver a tiempo. Miedo a equivocarme y a tener que contar todo esto en el futuro, como un fallo sabido.
Mi familia y mis amigos, mi círculo cercano, lo conocen desde hace 20 años como yo. No he sido capaz de abrirme con ellos, revelar mis dudas y miedos porque no quiero que piensen mal de él. Que yo quiera continuar como lo estoy haciendo, y lo juzguen por ello.
Gracias de antemano a todos los que lleguen hasta estas líneas y aporten sus comentarios.
