Yo era una persona decente hasta hace poco. Pero la vida amigos, la vida te pone en situaciones que ni en tus peores borracheras imaginaste.
Descubrí que mi novio me había puesto los cuernos. Clásico. Para darle más dramatismo a la historia os diré que no fue con una desconocida en una noche de descontrol. Fue con esa tía. Esa que yo ya sospechaba, esa que “solo era su amiga”, esa que por supuesto, «qué loca estás amor, de dónde sacas esas cosas». JA.
No monté un escándalo. No le grité. No rompí platos. Le dije que entendía que había sido un error, me tragué la bilis y en lugar de hacer lo que cualquier persona emocionalmente estable haría (obviamente largarse), decidí equilibrar la balanza.
Y así es como en una noche de copas con un chico que llevaba tiempo tirándome la caña, me puse la medalla de infiel compensatoria. Fue fácil. Mientras pasaba mi cerebro iba a toda velocidad: «Así es como lo hizo él. Así de simple. Así de rápido. Así de asquerosamente fácil es cargarte una relación.» Pero no paré. Terminé lo que empecé, igual que él.
Ahora estamos en un empate técnico.
Porque claro aquí llega la parte jodida: ¿qué hago ahora? Si le cuento la verdad ¿se convertirá en un concurso de quién lo hizo peor? Si sigo callada ¿viviremos felices en nuestra burbuja de hipocresía?
Me gustaría deciros que tengo una respuesta, pero lo único que tengo ahora mismo es una resaca emocional y necesidad de leeros. Sé que me vais a poner a parir, quizás es lo que necesito, no lo sé.
