Estoy con mi pareja por comodidad, no por amor, esa es la verdad.
No hay una sola discusión, ni un mal trato, ni un motivo concreto por el que irme. Desde fuera nuestra relación es estable, tranquila, funcional. Y sin embargo llevo meses —quizá años— preguntándome si estoy con él porque lo amo o porque no sabría qué hacer sin él.
Cuando lo conocí me deslumbró. Fue divertido, atento, me hacía reír. Hacíamos planes, teníamos sexo apasionado, nos ilusionaba pensar en un futuro juntos. Todo eso pasó. Sin dramas, sin infidelidades, sin peleas… simplemente se fue apagando. Lo fuimos dejando estar. Y ahora vivimos como compañeros de piso que se llevan bien, comparten gastos y se mandan memes de vez en cuando.
La cosa es que no me siento infeliz. Pero tampoco feliz. Estoy en una especie de zona neutra emocional donde todo está bien, pero nada me hace vibrar. Hay cariño claro. Hay confianza. Y mucha pereza también. Pereza de imaginarme sola otra vez, de buscar casa, de explicarle a la gente por qué nos separamos si no ha pasado nada. De mirar el papeleo para la hipoteca que tenemos juntos.
No lo odio. No me hace daño. Pero tampoco me inspira. No lo admiro como antes no me ilusiona verlo ni me dan mariposas si me toca la espalda.
Me cuesta hablar de esto porque siento que nadie lo entendería. “Pero si estáis bien”, “hay muchas parejas así”, “el amor cambia con los años”… Puede que todo eso sea cierto, pero ¿dónde queda el deseo, la complicidad, la alegría? ¿Es suficiente con que no haya problemas?
A veces creo que me estoy autoengañando, que lo quiero pero de otra forma. Y otras veces, como hoy, pienso que me he acomodado al punto de convertirme en una espectadora de mi propia vida. Una cobarde que solo sigue con él por inercia y por la hipoteca.
