Mi historia con Fran arranca en 2012, cuando una noche de fiesta se presentó como un chico de 26 años terminando su complicada carrera. Yo por aquel entonces tenía 28 años y estaba en un momento terrible de mi vida pero Fran me hizo reír como nunca. De esas horas salieron ocho semanas de planes continuos, sexo increíble y una complicidad brutal… hasta que dejó de escribirme y me bloqueó…durante cinco meses. Al quinto mes recibí una llamada en la que me pedía perdón: no tenía 26, tenía 20 años (aparentaba muuucho más) y sus padres (muy clásicos y conservadores) no aprobaban que estuviera con una mujer ocho años mayor porque consideraban que, para cuando él quisiera ser padre, yo ya sería poco apta. Sí, usaron la palabra apta.
De aquella conversación honesta decidimos seguir viéndonos ,pero como amigos, porque teníamos tanta compatibilidad que no podíamos olvidarla sin más. Durante estos diez años hemos construido muchos recuerdos juntos y, siempre que ninguno estuviera con pareja, hemos acabado muchas veces en la cama aunque ambos éramos conscientes de que, si no queríamos joder todo aquello, era mejor obviar que durante el sexo sentíamos mucho más que placer. ¿Podríamos haber intentado algo serio? Sí, lo hablamos en 2018, pero entendió que su plan de ser padre de familia muy numerosa y vida extremadamente clásica me daba un pánico inimaginable.
Y así andamos hasta que el fin de semana pasado me dijo que necesitaba quedar conmigo para contarme algo. Me soltó, de golpe, que esta semana se va de la ciudad a trabajar al extranjero con un contrato de cuatro años para una obra pública, que lo sabía desde hace dos meses pero no tuvo narices a contármelo antes. Respondí con una sonrisa impostada, un enhorabuena sentido y a los pocos minutos me vi obligada a ir al baño a llorar. Me temblaban hasta las piernas al pensar que se iba.

La noche no terminó ahí, nos fuimos como homenaje masoquista a la misma discoteca donde nos conocimos, nos dedicamos a salta, bailar y cantar como locos hasta que en un momento dado, un poquito envalentonada por el alcohol, le grité: “Fran…¡¡te quiero!!”. No sólo no le sorprendió sino que su respuesta fue: “Nos llevamos queriendo diez años, es una putada”. Las horas siguientes solo se dedicó a cantarme todas las canciones con mensajitos muy directos pero finiquitamos la velada con un abrazo interminable y fuerte interrumpido con un seco “nos vemos”. Ni sexo, ni besos, ni nada.
Han pasado tres días desde entonces, esa última frase no para de retumbarme en la cabeza, quedan cuatro días para que se vaya y no he podido evitar escribirle para quedar por última vez con la intención de decirle como me siento. Sin embargo, no contaba con el mensaje tan duro que acabo de leer (transcribo literalmente): “Prefiero recordarte bailando y riéndonos como el sábado que llorando. Ahora mismo no soy capaz de verte ni sé cuánto tiempo necesito para sanar este pensamiento de que tú no puedes ser la madre de mis hijos ni la persona con la que estar hasta que muera. Joder, qué puta mierda. Lo siento. Lo siento en el alma. Cuídate, por favor”.
En fin, está claro que él no quiere ceder en su plan de vida y yo no me veo capacitada para cierta parte de ese plan pero sé igualmente, porque he tenido parejas en este tiempo, que encontrar una complicidad así es muy difícil y que mis sentimientos son de verdad. Eso sí, no quiero parecer una desesperada ni quiero presionarle para que me vea antes de irme, así que supongo que lo más sano es acatar lo que me ha pedido y lidiar como pueda con esta pena y culpa que siento a partes iguales…¿o no?