Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Partiendo de la base de que nadie está obligado a hacer nada en contra de su voluntad, pienso que hay situaciones más lógicas que otras.
Trabajo como ingeniera en una conocida marca internacional de coches. Soy el sueldo más fuerte de mi casa y digamos, quien aporta la buena calidad de vida. Mi marido trabaja en una oficina y gana un sueldo, pero es de menos de la mitad que el mío.
Con esto lo que quiero decir es que nos beneficiamos los dos de mi buena nómina, pues desde el minuto uno se decidió que así fuera. Todo lo mío es suyo y viceversa y de momento nos ha ido genial hacerlo así porque es como entendemos que debe funcionar la economía de un matrimonio.
Todo ha ido de dulce y somos unos afortunados, pues podemos permitirnos viajar y comer en bonitos restaurantes además de otras muchas cosas. El problema ha venido cuando en mi empresa, para desarrollar un proyecto concreto de ingeniería, me han “propuesto” pasar dos años en Francia. Cuando digo “propuesto”, en realidad me refiero a que obviamente no es una obligación como tal, pero en cierta manera sí lo es. No me ponen un cuchillo en el cuello, pero siento que me debo a mi proyecto y a mi empresa, que me cuida y me da tanto. Además, que hayan contado conmigo es un honor, porque significa que pretenden que sea yo quien encabece ese proyecto, que apuestan por mí y no por un tío. En un mundo de hombres donde es difícil sacar la cabeza, me siento orgullosa de mi papel y siento que no puedo rechazar esa oferta. Todo ello sin contar que, de no irme, estoy convencida de que esto me lastraría profesionalmente, y también que económicamente, los números son flipantes: son dos años de sacrificar vivir fuera de nuestro país a cambio de mucho dinero y de ascender astronómicamente en mi carrera profesional.
Mi marido y yo no tenemos hijos, por lo que, técnicamente, él podría pedir una excedencia y venirse conmigo. Podría aprovechar para hacer otras cosas en Francia, pero se niega en rotundo.
Me dice que me vaya yo, pero me parece muy injusto sacrificarme sola para los dos, porque no me imagino mi vida lejos de él y me conozco y sé que no llevaría bien una relación a distancia.
Llevo semanas intentando convencerlo y no hay manera de bajarlo del burro. Me siento mal porque a veces pienso que no me necesita cerca y que bien que también disfruta de nuestro dinero. Pienso que llegados a este punto lo normal sería irnos juntos, y volver dentro de dos años a retomar nuestra normalidad. Él dice que soy muy egoísta y que no quiere pedir una excedencia, se hace el ofendido porque dice que yo no valoro que, aunque su estatus no sea el mío, el también tiene un puesto reconocido, aunque su empresa sea mucho más humilde.
¿Pensáis que soy egoísta? ¿El egoísta es él? ¿Me voy y lo dejo atrás o rechazo la oportunidad de mi vida?
