No fue durante mucho tiempo, ni tampoco algo que hiciera todos los días, pero me estuve prostituyendo unos tres años de manera esporádica.
Las razones fueron que mi ya ex, me engañó con una chica que tenía fama de «suelta»… o de puta, llámalo como quieras, pero era toda una leyenda por la zona.
Por entonces era la novia del mejor amigo de mi ex, que no dudaba en contarle las hazañas sexuales que tenían, aunque estuviera ella delante.
Mi ex y yo llevábamos juntos seis años, y desde que su amigo nos presentó a esa chica, empezó a cambiar conmigo, a estar más distante, hablaba mucho de ella y como a veces quedaban los tres, ella tenía hasta su teléfono y se escribían.
Total, que para no alargarme, él se folló a la novia del amigo que obviamente dejó de serlo, y me lo contó a mí.
Me hundí… tuve que volver a casa de mis padres porque mis sueldos de trabajos temporales no me permitían vivir sola… y fue muy frustrante.
Una noche que no podía dormir (porque apenas dormía cuatro horas) puse la tv, y estaban dando un documental sobre prostitución.
Allí hablaban tanto las de polígono y treinta euros el completo, como las de los pisos que cobraban cincuenta.
Luego hablaron las scort de lujo… y sólo sentí pena de las callejeras.
Las demás habían decidido estar ahí, muchas eran españolas, y esas precisamente cobraban más.
Todas tenían un factor en común: el hartazgo de tanta relación fallida, la repulsa hacia los hombres, y que en su día se quedaron en el paro o simplemente ganaban poco con un empleo «normal» y se vendían para sacar algo más.
Y entonces lo pensé.
Lo volví a pensar.
Una de aquellas mujeres decía que era importante que te gustara el sexo.
Y a mí me gustaba. En ese momento también sentía asco hacia los hombres en general pero sobre todo hacia uno: mi ex.
No quería volver enamorarme, más bien lo que quería era desenamorarme, volver a dormir bien, que se me quitara la ansiedad…
Estuve una semana aproximadamente pensándolo y buscando más testimonios de prostitutas, encontré hasta una especie de guía con consejos para serlo.
Una noche me hice fotos sugerentes en ropa interior y las subí a una página de prostitutas, con la cara pixelada, obviamente.
Puse un número de teléfono de una tarjeta prepago, y la metí en un móvil viejo.
En mi anuncio puse claramente que no atendía llamadas, solo WhatsApp.
Evidentemente viviendo con mis padres no podía atender llamadas de ese tipo, además tenía miedo a que me llamara alguien que me conociera por la voz.
Estaba muerta de miedo.
Pero imaginarne el resto de mi vida en casa de mis padres me daba pavor.
Tenía treinta años.
Cobraba cien euros el completo y me negaba a hacer medias horas por cincuenta.
El primer cliente fue muy bueno conmigo, y el segundo, y el tercero… os juro que pensaba que iba a ser mucho peor.
Que alguno me iba a maltratar… o a violarme y no pagarme o a propasarse queriendo hacer cosas que yo no quería… pero amigas, eso jamás pasó.
Por salud mental, cuando juntaba 1000€ (con suerte los conseguía en una semana) lo dejaba un tiempo.
Porque si ya es duro acostarse con alguien por dinero, peor es estar mintiendo.
Los primeros clientes fueron atendidos en pensiones de mala muerte.
Yo les decía a mis padres que me iba a dar un paseo.
A mis amistades, excusas para no quedar si tenía cliente o clientes…
Cuando tuve suficiente dinero me alquilé un pequeño apartamento con vistas al mar en temporada baja (en temporada alta siempre tenía trabajo en hostelería) al que sólo iba a ejercer.
Lo de atender por WhatsApp duró poco. Me llamaban mucho, y un día empecé a aceptar llamadas.
Era mucho más fácil. Me preguntaban si podían pasarse en media hora, y allí estaba yo medio en pelotas esperando.
De cara a mis padres me inventé un trabajo a jornada completa limpiando en un hotel.
Y en un apartahotel estaba…
No trabajaba de noche. Mi horario era de nueve de la mañana a cinco de la tarde, aunque si algún cliente quería quedar más tarde, me inventaba cualquier excusa de cara a mis padres.
Pero mi salud mental se resintió con el tiempo.
Para empezar, dicen que es «dinero fácil».
NO. Es dinero rápido, pero no fácil. Quedar con desconocidos para tener sexo es jugar a la ruleta rusa.
A mí no me pasó nada porque estuve poco tiempo y de forma esporádica.
Otra cosa es que, para poder soportarlo, disocias el cuerpo de la mente. Tú no eres tu, eres un personaje que has creado, con un nombre de mentira, edad de mentira y todo es mentira.
Yo llegué a usar pelucas y lentillas de ojos azules, ya que los míos son marrones.
Me daba pánico quedar con algún conocido sin saberlo y que mi secreto fuera rebelado, eso me habría hundido la vida.
Además, tenía paranoias con que todo el mundo sabía a lo que me dedicaba cuando iba por la calle.
Ganaba mucho, pero también gastaba en ropa/calzado y complementos, además de modelitos a los que yo llamaba «de puta» para recibir a los clientes.
Así vivía en temporada baja pero en cuanto me llamaban de un trabajo, lo dejaba.
Y siempre era de limpiadora en un hotel, por poco más de 800€ al mes a jornada completa, pero mientras hacía camas y limpiaba a toda velocidad, me sentía orgullosa de poder vivir sin ser puta y poder ser yo misma, sin mentir.
Porque eso es lo que era, aunque los clientes me decían que esa palabra era muy fea, que mejor decir «chica de compañía».
Fue curioso, ni cuando era puta me llamaban puta, sin embargo me habían llamado así muchas veces sin serlo.
Fue curioso que siempre me sentí respetada por los clientes.
Pero no dejas de ser una fantasía, un pedazo de carne sin alma.
Los únicos problemas que tuve fueron que algunos no estaban de acuerdo con los precios e intentaban regatear, como si mi cuerpo fuera un kilo de tomates del mercadillo.
Eso me dolía…
Acabé aceptando medias horas por cincuenta euros, hasta ofrecer sólo oral por treinta y cinco.
Cada día debía rentabilizar al máximo.
Trabé amistad con un cliente habitual con el que quedaba de vez en cuando para ir a dar una vuelta simplemente.
Él era putero desde hacía muchos años y me dió muchos consejos.
Me ayudó mucho a sobrellevarlo, pero nada pudo impedir que me quebrara.
Una tarde, después de irse un cliente me miré al espejo con aquel picardías, esas medias de liga, maquillaje excesivo y me eché a llorar.
Me sentí terriblemente sola.
Y es que pasaba muchas horas así, metida en aquel apartamento esperando llamadas, o dando un paseo por donde no hubiera gente…
Fingiendo todo el tiempo.
Renovaba mi anuncio y veía los de otras chicas… aquello era un catálogo de carne, y no somos trozos de carne sin corazón, tenemos sentimientos, deseos, otra vida.
Ahorré mucho dinero, entre el trabajo «legal» y el de puta ocasional, pude independizarme.
Cogí los zapatos/lencería/vestidos sexys/móvil y les prendí fuego en un descampado, estuve un rato viéndolo arder antes de apagarlo, sintiendo que no quería volver a aquella vida, que era más feliz sin conocerla.
Porque todo deja huella. Esos hombres casados o con pareja, algunos las tenían en la foto de perfil de WhatsApp… Imaginaba a esas mujeres tan tranquilas sin saber que su marido estaba pagando por ponerle los cuernos, tranquilas como yo lo estaba mientras mi ex lo hacía, y me sentía una putísima mierda, os lo juro.
Pero gracias a Dios o al universo, encontré un trabajo que me daba para vivir, no tenía tanto dinero como antes, pero me bastaba.
Y no sé… mi vida empezó a ir mejor.
Conocí a un hombre con el que formé una familia, aunque todo lo que hice me dejó trauma, sentir que no podía confiar, espiarle el móvil pensando que todos son iguales…
La relación se deterioró y decidí dejarle.
Algo en mí se había roto para siempre.
Cuando miro atrás pienso en si podía haber salido adelante de otra manera, pero no, no podía. Estaba en un callejón cuya salida era caminar por las brasas del mismísimo infierno… pero era una salida.
Otros roban, estafan o trafican con drogas, yo no hacía nada ilegal que le hiciera daño a nadie más que a mí misma.
Y no ha sido poco…
