Tengo pareja estable desde hace quince años. Mi chico, Carlos, es un ser humano excepcional: inteligente, brillante, divertido, sociable, cariñoso y empático. También es una persona que necesita altas dosis de independencia y mucho espacio personal. Precisa de ratos para leer sus libros, jugar a fútbol con sus amigos y tocar la guitarra (es músico profesional, aunque actualmente no ejerce).
Hace unos cuatro años se produjo el punto de inflexión en nuestra relación que marcaría para siempre el rumbo de nuestras vidas. Yo siempre había deseado ser madre, pero Carlos no quería ni oír hablar del tema. Durante mis años de juventud fui dejándolo pasar, aunque la idea siempre me rondaba la cabeza. Pero el tiempo iba pasando y a mis treinta y seis, tras una visita al ginecólogo en la que me sugirió congelar mis óvulos, decidí que tenía que coger el toro por los cuernos y enfrentar el tema con él.
En un primer momento, su posición era inamovible: No deseaba ser padre ni perder todos esos momentos de libertad e independencia de los que tanto disfrutaba. Insistía en que estábamos muy bien así, que disfrutábamos de una vida plena en pareja, colmada de viajes y ocio, que nos iba bien económicamente, que podíamos vivir para siempre de una forma relajada y feliz. Opinaba que traer un hijo al mundo supondría añadir complicaciones innecesarias a nuestra existencia. Le escuché con paciencia, pero fui taxativa: Yo deseaba ser madre, y era algo que tenía meridianamente claro, así que si no iba a poder ser con él, nuestra relación tendría que terminar. Ambos lloramos durante horas y, finalmente, me pidió unos días para pensar. Hice una maleta con cuatro cosas y marché a casa de mis padres, quedando él en el hogar que hasta ese momento habíamos compartido. Fueron exactamente nueve días los que tardó en contactar conmigo, nueve días que pasé llorando a moco tendido en la cama, pero convencida de que estaba haciendo lo correcto. Me sentía fuerte y mi decisión era firme.
Finalmente, Carlos me llamó y quedamos en una cafetería. Hablamos largo y tendido y me hizo partícipe de su decisión: No sentía el deseo de ser padre, pero estaba dispuesto a hacer lo que fuera para no perderme. Si mi sueño era tener un hijo, claudicaría, porque aseguraba no poder vivir sin mí.
En ese momento solo pude sentir alivio. No medité las consecuencias, y no me paré a pensar que no resultaba razonable que una persona tomase una decisión de tal envergadura basándose únicamente en su incapacidad para poner fin a una relación sentimental. Se trataba de un hijo, no era muñeco ni una tortuga. No obstante, cerré los ojos ante lo desafortunado de sus argumentos. La realidad era que yo tampoco quería perderle por nada del mundo. Decidí que, aunque a priori sus razones fueran esas, la práctica sería diferente. Cuando viera la carita de su bebé, Carlos se enamoraría perdidamente de él.
Empezamos a buscar el bebé y debo hacer hincapié aquí en lo que considero un dato crucial a la hora de que podáis formaros una opinión. A lo largo tanto del proceso de búsqueda como del propio embarazo en sí, Carlos hacía comentarios del tipo “Descansa ahora, que ya sabes que cuando venga el bebé, la que vas a pringar serás tú, que para eso querías tenerlo”. Cuando algún amigo nos `soltaba la típica frasecita de “Aprovechad ahora, que ya pronto no vais a poder dormir por las noches”, Carlos respondía: -“¿Yo? La que no dormirá es ella, que es quien quiere tener un hijo y quien va a apechugar con las consecuencias”. Todo lo decía entre risas, así que no terminaba de darle demasiada credibilidad, pero se me puso la mosca detrás de la oreja.
Finalmente, nuestra hija vino al mundo. Soy plenamente consciente de que mi pareja ama a nuestra hija y que daría la vida por ella. Sin embargo, en el tema de los cuidados, la cosa es distinta. Apenas se ocupa de nada, casi nunca le cambia los pañales, ni le da de comer, ni se interesa por los asuntos de la guardería. Todo lo hago yo. Él se limita a hacerle alguna carantoña ocasional y a cogerla en brazos cuando le apetece. Se le cae la baba con ella y suele decir que es una obra de arte. Pero nuestra pequeña da mucho trabajo, y él, para que mentir, más bien se lava las manos.
No puedo evitar recordar los comentarios que Carlos hacía durante todo el proceso y, en cierta medida, no me siento legitimada para reprocharle nada. Él no quería hijos, cedió por mí y además me advirtió de que la cosa iría más bien en esta línea. Quizás fui yo la que se puso la venda en los ojos, y decidió creer que sus comentarios eran jocosos, sin serlo realmente. Sin embargo, por otra parte, considero que nunca le puse una pistola en la sien; es una persona adulta y tiene que entender que su decisión conlleva una serie de derechos, pero también de obligaciones. Estoy hecha un lío y no sé si estoy siendo una tonta o si tengo que asumir, que en cierta forma, yo acepté las condiciones del trato sin pararme a leer la letra pequeña.
