El verano de 1999 mientras vivía en República Dominicana, fue el momento en el que el curso de mi vida cambio para siempre. Un cambio demasiado grande para una niña de sólo nueve años, a la que dijeron que venía a pasar un verano a España junto a sU madre. Recuerdo perfectamente esos últimos días en lo que había sido hasta ese entonces mi lugar seguro: mi país, mi casa, mi abuela, mis amigas, mis costumbres y la alegría de ser niña. Recuero despedirme de mis amigas, pero sin tomarlo del todo en serio pues me habían asegurado los mayores, que pronto estaría de vuelta.
Y así llegué a Galicia, a conocer a mi madre después de años separadas.
Llegué con un primer engaño y una primera mentira a conocer a alguien a quien llamaban mi madre pero que yo no sabía quién era, para mí el amor de madre (el único que tuve) me lo dio mi abuela hasta ese momento.
A ella “mi madre” la había visto alguna vez, si…pero había pasado tanto tiempo que, en realidad, no sabía quién era.
Yo era una niña y aún así ya estaba aprendiendo a que la vida te pone frente a desconocidos que se supone que deberían ser tu familia.
En el aeropuerto de A coruña no la reconocí ¿cómo iba a hacerlo?
Tras mucho papeleo pudimos irnos a casa
ese momento marcó el primero de muchas palizas, y fue un choque de realidad en toda regla. Se me había quitado de lo conocido, de la ternura, de la niñez que los mayores cuidan y de repente aterricé en un lugar inhóspito, y con una primera advertencia bastante fuerte.
NO recuerdo cómo me sentí ese día, pero sí tengo una escena grabada del después, yo no parecía triste, estaba en la que sería mi habitación, repleta de juguetes y ahí estaba yo jugando con ellos después de recibir el primer golpe. Sin saber que ese golpe ni siquiera veintiséis años después ha sanado. Os lo podría representar como una imagen yo dentro de un círculo de color, jugando, pero por fuera ese círculo sin yo saberlo se hacía más y más oscuro y cada vez más grande. Tal vez allí empecé a ponerme mis primeras tiritas invisibles. Quizás allí en mi silencio entendí que tendría que aprender a sobrevivir allí sin que nadie me lo explicara.
Pero, al fin y al cabo, yo seguía pensando que todo pasaría pronto. Que solo era un verano, que volvería a mi tierra, a mi abuela, a mi casa. A mi vida.
Fueron pasando los meses y yo ya me había resignado en que esa era mi nueva realidad, aunque nadie me lo había dicho en voz alta, lo entedí.
Pasó el verano y yo ya sabía dentro de mí que viviría con alguien a quien no quería y que además le tenia miedo…y tenía llamarla mamá.
Las palizas, los golpes y los menosprecios empezaron a convertirse en algo normal. No eran diarios, pero llegaban sin aviso, sin explicación…como todo. Un día había normalidad, playa, piscina, juegos y al día siguiente silencios, castigos y violencia.
Antes de que terminase el verano ya nos habíamos mudado dos veces, y yo pronto empezaría en un colegio nuevo. Otro reto más.
Era una niña mulata, en un colegio privado y un lugar en dónde no había nadie como yo, y me lo hacían notar. Ya no solo no me sentía bien ni segura en casa, sino que fuera pasé a ser una atracción para comentarios racistas y miradas que nunca había sentido porque en mi país casi todos se parecían a mí.
Aquí era diferente mi madre se parecía a las niñas blancas que me rodeaban y, en casa, ella también me hacía notar que no le gustaba mi color. Así empezó el rechazó hacía mi misma. Así empezó esa sensación de no encajar en ningún sitio. Increíble como en tan solo unos meses, se pudo despedazar todo lo que se había construido en mi hasta llegar aquí.
Muchas veces me imaginaba siendo una de ellas. Mientras caminaba por el pasillo del colegio, o estaba en clase, o mientras me preparaba en casa, fantaseaba con ser otra persona. Reconozco que de vez en cuando, aun lo hago.
Hice una amiga en el barrio, paloma, aun somos amigas y mantenemos el contacto, recuerdo que ella salía más tarde que yo del colegio, porque hacía extraescolares, un día fui a esperarla a la parada del bus y recuerdo como le preguntaban si yo era ala niñera o la que limpiaba la casa a pesar de que las dos teníamos la misma edad. Ya empecé a darme cuenta de que mi color o mis rasgos significaban algo menos para ellos, no me consideraban una niña más y aunque yo a veces me lo cuestionaba, ya iba aprendiendo que lo mejor era no destacar.
Para este entonces yo ya tenía casi diez años y empecé a enterarme de cosas que ninguna niña debería saber. Yo nunca me había cuestionado de que trabajaba mi madre, o como se permitía tantos lujos, creo que a esa edad no lo piensas. Un día en el colegio una niña me gritó que mi madre era prostituta, que su madre se lo había dicho. Yo ni sabía lo que significaba esa palabra, así que en el patio me fui a la biblioteca y busqué la palabra, y después busqué las otras para entenderlo mejor. Fue una bomba que no sabía cómo sostener, lo que sí que tenía claro es que a mi madre no le podía preguntar.
No hizo falta, tiempo después ella empezó a explicarme con detalles lo que hacía, demasiado detallado para una niña, y casi siempre con la frase ¿ves lo que tengo que hacer para darte de comer? Yo recuerdo mucha rabia, que evidentemente no podía expresarle, pues sabia muy bien las consecuencias. Así que cuando eso pasaba fingía beber agua mientras ella hablaba… apretaba con tal fuerza el borde del vaso que lo rompía entre mis dientes. Pensaba que ella no se daba cuenta; ahora de adulta, sé que es imposible que no notase el crujido.
Con el tiempo no sé cómo lo asimilé y lo normalicé. Cuando ella se iba a trabajar yo me quedaba con una niñera y era feliz, ella se podía ir un mes entero, pero ese mes yo podía ser niña de nuevo, así que no sufría por su trabajo, porque para mí significaba descanso. No había golpes, nadie me decía en casa que no me iban a querer, nadie me insultaba, no me despertaba ansiosa preguntándome como seria el día, ¿hoy seremos normales, u otra vez pasara algo que la desestabilice?
Tal vez, después de leer este trocito de mí, os peguntéis ¿ Dónde estaba el padre de esta niña? ¿ qué hacían los profesores? ¿nadie notó nada raro?
La verdad es que sí, había adultos alrededor conscientes de algo no iba bien, pero ninguno intervino.
Recuerdo llegar un día a natación con un ojo morado porque días atrás ella, me había pegado por no hacer un recado, que me había dicho que no hiciera, como una prueba a ver si yo lo hacía porque sí, un juego maquiavélico. La profesora me preguntó qué había pasado y yo puse una excusa muy tonta, que sabía que nada tenía que ver con un ojo morado, para que viera que estaba mintiendo, pues me daba miedo decir la verdad. Ella lo vio y no hizo nada.
En otra ocasión, ella me había amenazado con sacarme del colegio, como castigo. Yo estaba tan nerviosa cuando la vi aparecer que me hice pis encima, delante de toda la clase. Mi tutor lo vio, tampoco hizo nada.
¿Mi padre? Siempre que hablaba con él le hacía entender que me quería ir, que no estaba contenta, que quería volver a mi país. Tampoco hizo nada.
Las niñeras que iban y venían se daban cuenta de todo. Tampoco hicieron nada.
Los vecinos que escuchaban mis gritos. Tampoco hicieron nada.
Me encantaría deciros que todo acabó ahí, que alguien vino y me salvó. Pero esta parte solo fue el comienzo de una larga lista de abusos, y de muchos años más de no ser escuchada, aún cuando pedia ayuda a gritos. Hasta que entendí, siendo casi adulta, que me tenía que salvar sola y me escapé.
Pero el resto, os lo cuento otro día. Hoy me desahogué, y aunque duele, también libera. La niña que fui, y la mujer que soy se han encontrado hoy… Gracias por leerme. (L)
