Cuando me dijo que se los llevaba de vacaciones con ella intenté no decir nada porque al final es su tiempo y puede hacer con él lo que quiera y yo no puedo controlar con quién se relaciona ni con quién se lleva a mis hijos siempre que estén bien y seguros. Eso me lo he repetido muchas veces porque sé que es lo correcto y porque no quiero ser el tipo de ex que convierte cada decisión del otro en una batalla.
Pero mis hijos llevan cuatro días llamándome llorando por las noches.
No es que ella sea mala persona, o al menos eso espero porque no la conozco de nada, que ese es otro tema, que mis hijos se hayan ido de vacaciones con alguien que yo no conozco de nada. Es que mis hijos no quieren estar con ella y se lo están pasando mal y están en otro sitio y yo no puedo hacer absolutamente nada más que coger el teléfono y decirles que todo va a estar bien mientras por dentro me estoy muriendo.

Le he escrito a mi ex. Me ha dicho que son cosas de adaptación, que los niños exageran, que en cuanto se acostumbren va a ir mejor. Puede que tenga razón. Puede que mis hijos estén dramatizando porque echan de menos la rutina o porque la situación es nueva y les cuesta. Pero también puede que no estén dramatizando y que estén pasándolo mal de verdad y que yo esté aquí a 400 kilómetros sin poder hacer nada.
Lo que más me revienta no es que esté con alguien nuevo porque eso es su vida y tiene todo el derecho. Es la sensación de que mis hijos están en medio de algo que no han elegido, que no tienen herramientas para gestionar y que encima no me pueden decir lo que sienten sin que eso se convierta en un conflicto entre sus padres que ellos no quieren provocar.
Esta noche me ha llamado el pequeño llorando y le he dicho que quedaban pocos días y que pronto estaríamos juntos y he colgado y me he quedado sentada en el sofá sin saber qué hacer con todo lo que tenía dentro.