Jugando con la ley. Cap. 2: Una no-oferta y una fantasía.

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  • Ilenia
    Ilenia on #226834

    Prólogo: https://weloversize.com/topic/jugando-con-la-ley/
    Capítulo 1: https://weloversize.com/topic/jugando-con-la-ley-2/
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    Capitulo 2: Una no-oferta y una fantasía.

    Estaba en tensión, probablemente por eso actuaba como en una película. Puse las manos en alto y me di la vuelta lentamente para no hacer ningún movimiento brusco, lo que menos quería era que el agente pensara que iba armada y me friera a balazos.
    –Queda usted detenida–me quedé petrificada. El corazón me latía a mil por hora. Mis brazos cayeron bruscamente al igual que mi boca. Tenía ante mí, al hombre más guapo que había visto en mi vida.
    Vi como sacaba unas esposas, eso hizo que mi cerebro se pusiera en marcha, debía hacer algo.
    – ¿Por qué agente? No he hecho nada malo.
    –Le parece poco hacerme correr como un loco.
    – ¿Puedo hacer algo para que me perdone? –dije intentando poner el tono de voz más inocente posible.
    –Aunque estemos en un callejón oscuro, no me interesa–ese cretino había malinterpretado mis palabras, pero lo que más me molestó fue el desprecio con el que me hablaba.
    –Por supuesto que no…–me tragué el insulto.
    –No quiero nada suyo. Por esta vez la dejaré marchar, pero le puedo asegurar que la próxima no seré tan generoso.
    –No habrá próxima vez–nos quedamos mirándonos por unos segundos. Sus ojos eran negros como la noche, podían sumergirte en un mar de oscuridad en unas milésimas de segundo sin que te dieras cuenta. Además, estaba segura que debajo de ese uniforme se escondía el cuerpo de un dios. Su pelo era castaño oscuro con un corte normal. No parecía malgastar mucho tiempo en su peinado, al igual que tampoco debía hacerlo a la hora de afeitarse, no tenía una barba frondosa, pero sí de al menos unos cuantos días.

    Anduve lo más rápido que mis piernas cansadas me permitieron, quería salir cuanto antes de aquel callejón, llegar a mi coche e irme a la casa para poder descansar y olvidar la última parte de esa noche.
    Odiaba reconocerlo, pero en cierto modo mi padre llevaba razón. Mis amigos no salían de una cuando ya se metían en otra. Eran un poco conflictivos pero buenos.

    Prácticamente ya estaba amaneciendo. No conocía los horarios de mis padres, así que no tenía ni idea de si aún dormirían o ya andarían haciendo sus cosas cada uno por su lado.
    Esperaba que la nueva actitud de mi padre no incluyera regañarme por llegar demasiado tarde y sin avisar. Ya era mayorcita para esas cosas. Había andado más camino del que ellos pudiesen imaginarse, incluso alguna vez había cogido algún atajo.
    Entré con cuidado, intentando hacer el menor ruido posible, en realidad no sabía porque lo hacía. Se suponía que no me importaba lo que pensaran de cómo hacía y deshacía mi vida.
    –Se te ha hecho un poco tarde ¿no? –escuché una voz a mis espaldas cuando estaba a punto de entrar a mi habitación.
    –Según por donde lo mires, es pronto–contesté sin girarme. Debería haberlo hecho para haber podido contemplar la cara de mi padre reteniendo sus ganas de gritarme. Se mantuvo en silencio durante unos segundos, supuse que intentando buscar una respuesta que no diera paso a una discusión.
    –Es cierto, en algunas ocasiones llegasteis más tarde–me tensé. No entendía con qué propósito me tiraba en la cara aquella bomba. Tampoco se lo iba a preguntar. Nada de aquello me hacía bien.

    Dormí hasta la tarde, hubiese seguido durmiendo, pero un ruido de la calle me despertó. Me dolía un poco la cabeza, nada que no pudiera calmar con una pastilla.
    Al mirarme en el espejo no pude evitar soltar un grito ahogado. Tenía un aspecto horrible, no me había desmaquillado antes de meterme a la cama. Como consecuencia de ello, tenía todo el lápiz de ojos corrido. Mi pelo parecía un pajar. Me costó un tremendo dolor quitarme todos aquellos enredos.
    Además de despertarme con dolor de cabeza y un aspecto horrible, tenía un hambre feroz. La hora del almuerzo hacía horas que había pasado, tenía la esperanza de que hubiese sobrado algo.
    Para mi mala suerte no había nada Me dediqué a sacar todos los embutidos que me gustaban y me hice un par de bocadillos. Cuando terminé y los miré, se me hizo la boca agua de las ganas que tenía de hincarles el diente.
    Di el primer gran bocado y lo saboreé gustosa, si alguien me hubiese escuchado en ese momento, seguro hubiese pensado que estaba teniendo un orgasmo. No había nada mejor que comer, pero mejor era si comías con un hambre endiablado como el mío.
    Casi me atraganto cuando vi entrar por la puerta de la cocina a mi madre y segundos más tarde a mi padre, parecía que a ambos les había dado sed en el mismo momento.
    –Diría que tienes hambre–dijo antes de beber de la botella de agua que había en el frigorífico. Aún no había perdido su mala costumbre de poner el morro.
    –Podrías haberme dejado algo de comer.
    –De eso nada, en esta casa se come a una hora y si no estás a esa hora te tendrás que conformar con lo que haya en el frigorífico. Quizás así aprendas a llegar antes a casa-me limité a sonreír. Mi padre volvía a intentar controlarme a su modo.
    Mi madre no intervenía en la conversación, solo había ido a la cocina para prepararse un café. Por como tamborileaba los dedos sobre la encimera, podía adivinar que estaba impaciente por irse de allí, probablemente le molestaría aquella escena familiar.
    – ¿Tienes planes para esta tarde? –preguntó sentándose en una de las sillas, justo en frente de mí. El café de mi madre terminó de hacerse, rápidamente cogió la taza e intentó salir de la cocina, pero no pudo, mi padre estiró el brazo para impedirle el paso. Cruzaron una mirada rápida y sin decir nada, ella se sentó a su lado.
    –No–dije ignorando lo que acababa de suceder.
    – ¿Y para la noche?
    –Papá acabó de despertarme, déjame margen para pensar si me apetece hacer algo.
    – ¿Quieres margen para ver si te apetece hacer algo o para que se te pase la resaca? –rio. Empezaba a agobiarme con tantas preguntas.
    –No tengo resaca, sé beber–se puso serio. Cualquier padre sabía que su hija de veintitrés años bebe, pero oírlo de mis labios no pareció sentarle muy bien.
    –Alejandra estas intentado acabar con mi paciencia, pero te aviso que no lo vas a lograr–le miré directamente a los ojos.
    –Ya lo veremos–era un reto en toda regla que probablemente ganaría. Mi padre siempre presumía de tener una excelente paciencia con todo el mundo, pero no era cierto. En realidad, su paciencia se solía acabar a la segunda o tercera metedura de pata, dependía de la persona.
    –Si decides no salir y llegar para la hora de la cena, voy a encargar comida china–eso sí que era un chantaje en toda regla. Sabía perfectamente mi debilidad por la comida china, acababa de escucharlo y ya tenía más que claro que esa noche cenaría con ellos.
    No dijo nada más, se levantó de la mesa y se fue. Mi madre le dio el último sorbo a su café. Sin mirarme, se levantó de la mesa, enjuagó la taza y también se fue.
    De nuevo estaba enfadada, cada vez que mi madre actuaba de eso modo no podía evitar sentir una ola de rabia y tristeza invadirme. Me había dicho mil veces a mí misma que tenía que asumirlo, que no podía hacer nada para cambiar aquella situación, pero por más que me lo repetía me era imposible no sentir nada cuando la veía y actuaba con esa indiferencia hacía mi persona. Me hubiera gustado tanto saber que había hecho tan mal para ganarme su odio de la noche a la mañana. Yo estaba dispuesta a hacer lo que fuera porque me volviera a hablar, a seguir sus consejos de madre, a cuidarme cuando cogía algún catarro… pero eso era algo que no diría en voz alta.
    Me fui a mi habitación y me tumbé en la cama. Probablemente esa tarde ninguno de mis amigos me llamaría para hacer algo, algunos estarían de resaca y otros saliendo de la cárcel por lo ocurrido anoche.

    Cárcel, policías, aquel policía en concreto, del que me había acordado nada más despertarme, pero había evitado a toda costa. Tenía su imagen grabada en la mente. No creía que llegara a los treinta años. Solo de pensar en él se me calentaba la sangre a pesar de que se había comportado como un estúpido. En ningún momento le ofrecí nada, pero me sentí tan despreciada ante su respuesta.
    Solo lo había visto una vez y en un callejón muy mal iluminado, pero estaba totalmente segura de reconocerlo en cualquier lugar, vestido de policía o de paisano, no importaba, lo reconocería perfectamente.
    Mis pensamientos comenzaban a asustarme, yo no creía en los flechazos a primera vista, quizás en un cuento de hadas o en una novela romántica si eran posibles, pero en la vida real no. Se necesitaba más que músculos, una sonrisa perfecta y una voz seductora para enamorar a una mujer. Mucho más.

    Intenté pensar en mil cosas diferentes, pero siempre el rostro de ese hombre se posicionaba por delante, quería sacármelo de la cabeza con todas mis ganas, pero era imposible. Necesitaba hablar con mi psicóloga.
    Llamé a Tania, por su voz juraría que aún le duraba la resaca de la noche anterior, pero aun así no se negó a ir a nuestra heladería favorita.

    Cuando llegué ella ya estaba allí, sentada en la que se había convertido en nuestra mesa gracias a años de fidelidad a aquel lugar. Era tan nuestra que incluso la dueña de la heladería, Ángela, una chica estupenda y una buena amiga, nos la reservaba siempre.
    Cuando Ángela me vio me saludó muy efusiva al igual que yo a ella. Unos segundos después se dirigió a nuestra mesa con nuestros helados preparados. Era tanto tiempo yendo a la misma heladería y pidiendo casi siempre lo mismo que ya con solo vernos la cara sabía que queríamos tomar.
    La heladería solo era su trabajo de verano, en invierno se dedicaba a la odontología. Tenía una clínica compartida con otros dos especialistas. Le iba tan bien, que podía darse el lujo de pasar todo el verano sin dar consulta. Según nos había contado, la heladería era una afición más que un trabajo. La conservaba porque había pertenecido a su abuelo y de su abuelo pasó a su padre y su padre cuando se jubiló se la dio a ella.
    –Aquí tenéis lo de siempre, si me necesitáis para algo ya sabéis–nos dedicó una sonrisa y volvió detrás del mostrador.

    – ¿De qué quieres hablar? –me preguntó mi amiga antes de darle la primera cucharada a su helado.
    –Anoche cuando paso todo aquel jaleo, salí corriendo.
    –Como todos–me interrumpió.
    –Ya, pero un policía comenzó a perseguirme. Tuve la mala suerte de meterme en un callejón sin salida y cuando me giré y le vi, me quedé sin palabras. No puedo parar de pensar en lo guapo que es ese hombre.
    –Bueno ¿y en realidad quien no ha tenido una fantasía sexual con un policía, en la celda, contra los barrotes? –me quedé con los ojos muy abiertos al escucharla. Por un momento olvidé que Tania podía sacar una fantasía sexual de la nada.
    –Vale amiga, respira–ella se rio y por supuesto no mostró signos de vergüenza. Se había dejado llevar, a veces le costaba separar la realidad de la ficción. Para sacarse un dinero extra escribía aventuras eróticas para una conocida revista.
    –No creo que sea nada serio. No eres a la única que un hombre muy atractivo se le queda en la mente por un tiempo, pero finalmente se te acabará olvidando.
    –Eso espero, tengo cosas más importantes en las que pensar.
    Después del helado fuimos a dar una vuelta por el paseo marítimo. Me gustaba ver a todas aquellas personas en la calle. Parejas paseando, niños jugando, lo normal en verano.
    La playa no se quedaba atrás, estaba llena de una punta a la otra. Los que no se bañaban, tomaban el sol y algunos jugaban en la orilla.
    Cuando nos quisimos dar cuenta, se había hecho de noche. Pensé en la comida china y rogué porque la hora de la cena no hubiese acabado.
    Llegué a la casa justo cuando el repartidor estaba tocando a la puerta, la abrí y le invité a pasar. 5 segundos después apareció mi padre con cartera en mano.
    Subí corriendo las escaleras para ponerme algo más cómodo mientras preparaba la mesa.
    Mi padre me chantajeaba con mis puntos débiles para obligarme a ir a esas cenas familiares. Un día acabarían muy mal.
    En esa casa todos teníamos un carácter fuerte y era más que obvio el ambiente hostil cuando nos reuníamos los tres, aunque solo fuera para comer.
    Teniendo en cuenta la situación, me mataba la curiosidad por saber si mi padre intentaba hablar con mi madre. Suponía que algo hablarían ya que al menos a comer si se quedaba, aunque lo hiciera como el fantasma de la navidad pasada.
    Mi presencia en la casa no era fácil para ninguno de los tres y ellos sabían que no estaba en esa casa por gusto.

    Cuando bajé, mi padre había comenzado a abrir los paquetes de comida. Mi madre ya estaba sentada a la mesa, mientras se bebía un vaso de agua antes de comenzar a cenar.
    Seguía con sus viejas costumbres y su obsesión con las dietas. Cada año practicaba una diferente, aunque lo que nunca cambiaba era ese vaso de agua antes de comer para engañar al estómago.
    En una ocasión cogí unos kilos de más, me puse a dieta con ella y también me bebía mi vaso de agua antes de comer, pero al parecer mi estómago era muy inteligente y se daba cuenta del intento de engaño.

    Para mi suerte, mi padre recordaba cuales eran mis platos preferidos. Se me caía la baba, estaba tan deseosa que no sabía por dónde empezar.
    Primero cogí un poco de arroz, unas cuantas gambas rebozadas, también quise coger un poco de pollo al limón, pero mi madre y yo agarramos el plato al mismo tiempo, esa fue la primera vez que nos miramos a los ojos.
    Sentí un profundo golpe en el pecho, rápidamente solté el plato y bajé la mirada intimidada. A ella no pareció importarle, se echó su ración en su plato y comenzó a cenar tranquilamente como si nada hubiese pasado, pero a mí ese cruce de miradas me había encogido el estómago.

    Prácticamente no toqué la cena, me sentía triste y unas inmensas ganas de llorar me estaban consumiendo, pero no lo haría. Yo ya no lloraba por su culpa.
    –Creía que la comida china era tu preferida–no sabía porque mi padre se hacía el extrañado cuando sabía perfectamente lo que me había quitado el apetito.
    –Lo es, pero esta tarde he estado tomando un helado con una amiga y no tengo hambre.
    – ¿Enserio? Pero si cuando eras pequeña había que quitarte el plato porque si no también te lo comías–era cierto. Siempre me encantó comer y para mi suerte no engordaba, al menos no demasiado.
    Mi madre terminó de cenar, cogió su plato, lo dejó en la cocina y rápidamente subió las escaleras, supuse que iría a su estudio, como siempre.
    –Te guardaré la cena en el microondas por si luego te da hambre–mi padre se levantó con ambos platos.
    Hice todo lo posible porque ese simple gesto tierno no me afectara.
    No quería más a mi madre que a mi padre, pero sin duda la extrañaba mucho más a ella que a él, por razones obvias. Nunca más me preguntaría por chicos, por la universidad, por mis amigas. No me haría esas preguntas incomodas con las que quería que me tragara la tierra ¿Usas condón verdad? O ¿Te tomas la píldora? ¿Quieres que te la compre? Tampoco volvería a pintar con ella, eso era lo peor.

    No sabía qué hacer, era pronto para irme a la cama, pero tampoco estaba de humor para otra cosa. Hacía mucho tiempo que había dejado de usar la televisión como un recurso de entretenimiento. La llegada de las nuevas tecnologías había hecho que la televisión fuera mi último recurso contra el aburrimiento, pero tampoco sentía ánimos para navegar por internet o para chatear con alguna amiga.
    Pensé en ver una película, hacía unos meses me había descargado una película muy interesante en el portátil que por falta de tiempo no había podido ver.
    La televisión de esa casa era muy moderna, estaba segura de que podría conectarla al ordenador para poder verla en la pantalla grande.

    Por la mitad de la película, mi padre salió de su despacho. De reojo lo vi encaminarse hacia mí, hice como si no le hubiese visto y estuviera muy interesada en la película, pero no, sinceramente no estaba siendo lo que me esperaba y comenzaba a aburrirme.
    – ¿De qué va la película? –preguntó sentándose en uno de los respaldos del sofá.
    –Una mujer que mata.
    –En muchas películas las mujeres matan–me contestó paciente. Resoplé.
    –Esta va matando a todos aquellos que cree culpables de la muerte de su hijo.
    – ¿Cómo murió su hijo?
    –No se sabe.
    –Parece entretenida.
    –No, en realidad no lo es. Yo creía que si, pero es una película más, por ahora no destaca por nada.
    –Entonces ¿Por qué la ves? –era una pregunta bastante lógica. Nadie perdía el tiempo viendo cosas a las que no les encontraba sentido y yo no encontraba sentido a que esa mujer fuera matando a todos sus vecinos desde el primer piso y los demás no huyeran, en vez de ello se quedaban a esperar su turno como dulces conejitos.
    Pero aún quedaba bastante rato para que la película terminara, quizás diera un giro inesperado que consiguiera engancharme. Por desgracia todas las películas de mi ordenador ya las había visto y yo era de esas personas que no podían ver la misma película dos veces porque siempre acababa viendo solo mis partes favoritas.
    –No tengo nada mejor que hacer–ya no hubo más preguntas, mi padre se fue. Pensé que habría ido a acostarse, pero no, fue a la cocina a preparar un bol de palomitas. Se acomodó en el sofá y se quedó viendo la película conmigo.
    Puso el bol de palomitas entre los dos. Al rato cuando vio que no había cogido ni una sola palomita, lo empujó hacía mí, pero yo me excusé con que tenía el estómago revuelto, cosa que no era mentira.
    Él si parecía bastante entretenido, no apartaba la vista de la televisión ni para coger palomitas. Estaba tirando más al sofá y al suelo de las que se estaba comiendo.
    Finalmente se descubrió como había muerto su hijo. Una tarde cuando estaba jugando con una pelota se le escapó al balcón, fue corriendo hasta ella con la mala suerte de que resbaló y los barrotes del balcón estaban flojos por lo que se soltaron y cayeron junto con el niño desde un quinto piso. Su madre pensó que se había suicidado a causa de las burlas que le hacían los hijos de sus vecinos ya que el niño sufría una deformidad en el brazo derecho. La película acabó con el suicidio de la madre al enterarse de la verdad.
    –Tenías razón, no ha sido una película demasiado entretenida–apagué la televisión y me disponía a irme, pero mi padre no me lo permitió, me hizo un gesto para que volviera a sentarme.
    –Se porque no has podido cenar–le miré, pero no le contesté. Probablemente ahora intentaría ir de psicólogo conmigo, darme algunos consejos para intentar que la relación con mi madre mejorara. No era necesario, ya tenía mi propia psicóloga no licenciada.
    –Sé que es duro, para mí también lo es. No es contigo con la única que ha cambiado, no es la misma de antes.
    –Ninguno somos los mismos, es imposible. Pero actuasteis como si yo también hubiese muerto. Ahora tú parece que quieres que eso cambie, pero ella no, para ella sigo muerta.
    –Hija me di cuenta de que había perdido un hijo y por ser débil también estaba perdiendo a mi hija. Llegué a la conclusión de que no quería perderme tu vida, pero tu madre aún no ha llegado a ese punto. Necesita tiempo. Sé que su actitud te hace daño y por eso intento por todos los medios que esta situación cambie–los ojos de mi padre se habían puesto demasiado rojos.
    –Sé perfectamente lo que haces y por qué. A pesar de todo siempre te considere el mejor padre del mundo–me levanté del sofá y me fui de allí antes de que aquella conversación terminara por sobrepasarme.

    Respuesta
    MarSoñadora
    MarSoñadora on #227928

    Ilenia me gusta cómo escribes. La historia ha comenzado muy triste pero estás tratando todo el tema de manera muy realista a mi parecer. Espero que pronto empiece a intercalarse la tristeza con algo más feliz y/o romántico-erótico jajaja

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