Jugando con la ley. Cap 3. Un sirope y escalofríos.

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  • Ilenia
    Ilenia on #226838

    Prólogo: https://weloversize.com/topic/jugando-con-la-ley/
    Capítulo 1: https://weloversize.com/topic/jugando-con-la-ley-2/
    Capítulo 2: https://weloversize.com/topic/jugando-con-la-ley-cap-2-una-no-oferta-y-una-fantasia/
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    Capítulo 3: Sirope y escalofríos.

    Llevaba varias horas en la cama. Hacía rato que me había despertado por culpa de los rayos de sol que se colaban por las rejillas de la persiana de mi habitación.
    Estaba sumergida en mis pensamientos. Principalmente pensaba en la conversación que había tenido con mi padre la noche anterior. Había conseguido crearme dudas y sentimientos encontrados.

    Mis tripas rugieron y dejé de pensar en mis padres para pensar en comida. Con el segundo crujido fui totalmente consciente del hambre voraz que tenía. Ni siquiera me vestí, bajé en pijama a la cocina en busca de algo rico que llevarme a la boca.
    Mi padre estaba haciendo las labores de cocinero y por el olor, podía asegurar que no lo estaba haciendo nada mal.
    Mis tripas volvieron a rugir de un modo exagerado. Hasta el vecino las podría haber escuchado.
    Una mañana más el desayuno era cosa de dos personas y una presencia de pelo castaño y metro setenta de altura que leía el periódico como si nadie más estuviera en la habitación.
    Me senté y mi padre me puso un plato con cuatro tortitas, debía imaginar que tenía muchísima hambre. Busqué el sirope de chocolate por toda la mesa, estaba al lado de mi madre. No me iba a molestar en pedírselo pues ya sabía que me ignoraría.
    –Papá ¿Puedes pedirle al fantasma de la navidad pasada que me pasé el sirope de chocolate? –mi padre se quedó estático unos segundos antes de ser él quien me pasara el sirope. Me miró reprobatoriamente pero lejos de sentirme mal, le sonreí. Le daría a mi madre todo el tiempo que necesitara, pero eso no significaba que no le diera a probar un poco del desprecio que ella, a su modo, usaba conmigo.
    Cuando probé el primer bocado me sentí en el cielo, aquello era como un orgasmo. Mi padre se reía ante mi cara de placer
    –Parece que tenías hambre.
    –Un poco–dije con la boca llena. Se me escurrió un poco de sirope por la boca, mi padre puso cara de asco y yo un poco avergonzada me tapé mientras buscaba una servilleta con la que limpiarme.
    Cuando terminé de desayunar fregué mi plato y subí a mi habitación para vestirme y adecentarme un poco.

    Me aburría demasiado, quizás debía buscarme un hobby para las vacaciones, como construir maquetas, leer, ver películas y hacer críticas sobre ellas…
    Siempre me había llamado la atención la escritura. Cuando tenía quince años comencé a escribir un libro, pero al poco tiempo por falta de inspiración y paciencia acabé abandonando el proyecto, pero me seguía interesando.
    Nunca me había propuesto volver a intentarlo porque pensaba que no me saldría nada bueno, pero quizás con los años, había adquirido madurez y paciencia como para desarrollar una buena historia o al menos algo aceptable.
    Otra cosa que me llamaba mucho la atención era la cocina, al igual que a mi padre me gustaba cocinar, y no se me daba muy mal. Al menos en todo el tiempo que llevaba viviendo fuera no me había intoxicado con ninguna comida que hubiese preparado. En realidad, en una ocasión les provoqué gastroenteritis a mis amigos por una paella que preparé, pero en mi defensa diré que no fue culpa mía. No me di cuenta de que la carne que usé llevaba mucho tiempo en el frigorífico y estaba en mal estado. Después de aquello me costó mucho que volvieran a aceptar una invitación a comer.

    Después de estar más de 2 horas delante del ordenador, había conseguido escribir cinco páginas del primer capítulo de mi libro. No estaba muy convencida, pero no importaba, con el tiempo lo perfeccionaría.
    Me quedé tan absorta en la escritura que no me di cuenta de la rapidez con la que pasaban las horas. Mi padre tuvo que venir a avisarme a mi cuarto de que el almuerzo llevaba unos minutos servido.
    – ¿Qué estás haciendo? –mi padre se acercó a mi escritorio y comenzó a leer la pantalla de mi ordenador. No me sentía muy cómoda permitiendo que lo leyera, pero lo dejé pasar.
    –He pensado en escribir para entretenerme los días que no tenga planes.
    –Me parece muy buena idea. Cuando lo termines podríamos intentar publicarlo, si quieres.
    –No creo que consiga hacer algo tan bueno como para publicar.
    –No digas eso. Escribir es arte y tú llevas el arte en las venas por partida doble–fue lo último que dijo antes de salir por la puerta de mi habitación, no sin antes recordarme que ya era hora de comer.
    En una ocasión mi profesora de literatura me había dicho que tenía talento a la hora de desarrollar historias, sinceramente no le di demasiada importancia. Quizás por no haber seguido practicando, mi “talento” se había oxidado un poco y eso hacía que me bloqueará cada dos por tres. Sabía lo que quería hacer, pero no sabía cómo.

    Después de almorzar con total normalidad teniendo en cuenta por supuesto, lo que significa la normalidad en esa casa, me tumbé en mi cama a mirar el techo. No podía pensar en nuevas ideas para mi libro con el estómago lleno.
    A la media hora de no hacer nada, recibí una llamada de Tania, quería ir a la playa. Antes de darle una respuesta, abrí la ventana para comprobar si hacía tan buen día como ella decía. Para mi amiga podía hacer sol, llover o tronar que siempre era buen día si estaba muerta del aburrimiento.

    En una hora ya había preparado la mochila y me ha había puesto protector solar, mi piel era muy sensible y siempre que no me ponía una buena cantidad de protector acaba con alguna parte de mi cuerpo quemada.
    Habíamos quedado en que ella vendría a recogerme, hacía unas semanas que se había sacado el carnet de conducir y se pasaba el día para arriba y para abajo con el coche de su madre.
    Cuando llegamos a la playa y vimos cómo estaba la situación ambas resoplamos. No había un solo trocito de arena donde no hubiese colocada una sombrilla. La gente estaba una encima de otra, cosa que yo odiaba. Tenía la impresión de que si queríamos encontrar un hueco más o menos despejado para nosotras nos tocaría andar demasiado.
    –Sube al coche, vamos a ir a una playa que me llevaron el otro día donde no hay demasiada gente.
    –Podrías haber ido allí desde un principio–dije un poco fastidiada por tener que volver a meter las mochilas y la sombrilla dentro de aquel bonito, pero pequeño coche.
    Tardamos poco más de quince minutos en llegar a la playa misteriosa.
    Era cierto, apenas había gente por allí, unas pocas parejas y algunos adolescentes buceando. Nos pusimos a una distancia más que considerable de la pareja de enamorados que no dejaba de acariciarse.
    –Se podrían cortar un poco–noté en la voz de mí amiga algo de fastidio. Supuse que se debía a que acababa de salir de una larga relación de tres años y medio a la que ella misma había puesto punto y final cuando su chico decidió marcharse al extranjero para probar suerte.
    Por más que dijera que lo había superado, no era cierto. A mí no me engañaba. Era mi mejor amiga y la conocía.
    –Déjales, se les ve felices–la verdad es que a mí también me molestaba un poco, pero no por celos. Simplemente me incomodaban las parejas que no sabían tener un comportamiento decente o adecuado en público.
    –Sí, serán muy felices hasta que él decida darle una patada en el culo–quise decir algo para consolarla, pero me quedé en blanco.
    –Date tiempo. He oído por ahí que el tiempo es el único capaz de arreglar cualquier cosa–fue lo único que se me ocurrió para intentar, en la medida de lo posible, animarla.
    ¬–Lo tengo más que olvidado–dijo antes de ir corriendo hacía el agua, quizás para ocultar las lágrimas que habían comenzado a brotar de sus ojos.
    Me quedé sentada en la toalla observándola, quedándome atrapada en mis pensamientos. Sabía muy bien lo que era sufrir por la pérdida de seres amados, pero no del modo en el que Tania sufría. Podía afirmar sin ninguna duda que nunca me había enamorada. Sí había querido e incluso había estado muy encaprichada pero no nada había florecido.
    Si viví una mala experiencia cuando perdí mi virginidad. Aquel imbécil juró quererme y me dejó dos semanas después de entregarme a él como la chica ingenua de dieciséis años que fui en aquel momento. Él en si me dio igual, pero lo que sí quedó magullado fue mi orgullo. Me sentí ridícula, engañada y utilizada.
    Me costó volver a confiar en los hombres, pero lo volví a hacer. Conocí a chicos geniales, pero a pesar de ello no volví a tener pareja. Siempre encontraba defectos para poder dar una negativa. A veces pensaba que era muy exigente, pero me inclinaba más por la opción del miedo a ser herida.
    –Siento miedo de que lleguemos a meternos en un buen lio–me asusté un poco al escuchar la voz de mi amiga que estaba sentada a mi lado, no me había dado cuenta de cuando había salido del agua.
    –No te entiendo.
    –A nuestros amigos. Es como si un aura negativa les rodeara
    –No digas tonterías. Estás exagerando-no comprendía a que venía todo aquello.
    –Son buenas personas, pero no me puedes negar que se meten en demasiados problemas. Son como imanes–siendo sincera no le faltaba razón. En más de una ocasión sentí verdadero miedo por mi integridad. Hubo una ocasión en la que un grupo de chicos vino a nuestro almacén en busca de problemas. Aquello se convirtió en un verdadero caos. En mi intento por escapar de allí, uno de esos tipos me empujó y traspasé una ventana. Acabé en urgencias con varios moratones y por supuesto me tuvieron que dar puntos.
    – ¿Por qué me cuentas esto ahora?
    –Porque te considero mi mejor amiga y porque me siento culpable. Cuando empecé mi relación con el innombrable–era gracioso y a la vez triste las muecas de desprecio que empleaba cuando mencionaba a su ex novio–me fui introduciendo en su grupo, una parte de mí me decía que no lo hiciera, pero él en esos momentos lo valía todo. Luego sabiendo muy en el fondo de mí que no debía presentártelos, lo hice. Fue egoísta por mi parte, pero sentía que necesitaba tener a alguien como yo dentro de aquella gente que en unas ocasiones me encantaba y en otras me asustaban–no iba a culparla por aquello. En realidad, debía darle las gracias. Fuere como fuere, ellos me habían ayudado. Creía sinceramente que sin ellos y sin Tania no habría logrado salir de aquel pozo oscuro sin salida en el que me sumí tras la muerte de mi hermano.

    Algunos jugaban con drogas, otros bebían en exceso, otros organizaban carreras ilegales, pero yo había sabido mirar más allá de aquella fachada de personajes duros que todos y todas empleaban como protección. Sabían escucharte e intentaban ayudarte siempre que podían, quizás sus métodos no eran los mejores, pero lo intentaban y a diferencia de muchas otras personas que habían pasado por mi vida como supuestos amigos, estaba convencida de que nunca me traicionarían.
    La traición para ellos era como mil agujas pasadas por fuego clavadas en lo más profundo del corazón. No era de extrañar, había escuchado el pasado de todos y cada uno de ellos.
    Álvaro, por ejemplo, había sufrió maltratos por parte de su padre hasta que un día decidió no aguantar más y huir de aquel lugar. Se trasladó de ciudad y para su suerte encontró trabajo con el que pudo ir pagando el alquiler de varias habitaciones cutres hasta que finalmente las cosas le fueron lo suficientemente bien como para instalarse en un piso compartido del centro.
    De hecho, una de sus compañeras de piso era una buena amiga de Tania y mía. Siendo sincera nunca entendí que esos dos compartieran piso. Eran como el agua y el aceite y por lo que tenía entendido, no había semana en la que no tuvieran una discusión, pero Álvaro siempre decía que le había costado mucho sudor y lágrimas encontrar un hogar decente y no lo abandonaría. Por su parte María se reprochaba no haber puesto más interés en conocer a quien metía en su piso antes de firmar el contrato, pero eran tan orgullosa que había llegado a decir, en un ataque de furia, que, aunque aquello se convirtiera en el mismísimo infierno, si alguien se marchaba de ese piso, sería Álvaro.

    En resumidas cuentas, todos tenían historias similares, algunos incluso más traumáticas, pero gracias al apoyo mutuo que todos se habían brindado pudieron apartar, incluso olvidar aquel horrible pasado para construir un futuro. Gracias a ellos había aprendido a mirar a las personas más allá de las apariencias.

    –Quiero salir de todo eso, pero no quiero hacerlo sin ti.
    –Tania, son nuestros amigos y sabes que pocas veces nos involucran en sus problemas, algunas veces ha ocurrido, pero no voluntariamente. Créeme, yo conseguí abrir los ojos, si en algún momento considero que debo marcharme porque ese no es mi lugar, lo haré y no te dejaré sola. Gracias a ti aprendí a mirar hacia delante y ser fuerte–Tania asintió y me abrazó con fuerza.

    No dijo nada más y yo di por concluida la conversación. Deberíamos haber seguido hablando. Cierta persona se había colado en mis pensamientos. Estaba cansada de que mi subconsciente no dejara de ponerlo en primer plano.
    No sabía si había tomado demasiado el sol, pero llegué a la conclusión de que debía dejar de engañarme. Me moría de ganas por encontrarme a ese hombre. Quería saber cosas de él, su nombre, su edad, que había debajo del uniforme. Me iba la marcha, era un hecho.
    Lo mejor para mí hubiese sido ocupar mi mente en cualquier otra cosa, pero yo no solía hacer lo mejor para mí, ni siquiera por equivocación. También podría haberme dado la vuelta y sacar algún tema de conversación a Tania, pero no, prefería estar allí tumbada, imaginándolo con ese uniforme, sus ojos, su boca y su voz. Su voz me producía escalofríos.
    Antes de que pudiera evitarlo e incluso de darme cuenta, una oleada de calor fue bajando por mi vientre hasta instalarse en mi entrepierna.
    Tomé la mejor decisión del día y fui a darme un baño para conseguir bajar la temperatura de mi cuerpo.

    Cuando salí del agua Tanía me informó de que María, la compañera de piso de Álvaro, quería quedar por la noche para tomar unas copas y ponernos al día, como en los viejos tiempos. Tania ya había aceptado por las dos. No me parecía una mala idea. Al contrario, estaba deseando volver a verla. Tuvimos unos roces hacía un par de meses por culpa de un malentendido con mis amigos. Ella no los soportaba, ni siquiera le gustaba estar en el mismo lugar que ellos, aunque estuvieran a veinte metros. Estaba convencida de que la culpa de esa actitud era más responsable Álvaro que cualquiera de los demás. Yo misma había sido testigo de cómo en una ocasión a Álvaro se le fue un poco de las manos la discusión con María y acabó amenazándola con llamar a sus amigos y destrozar toda su habitación y quitarle toda su ropa para que tuviera que ir desnuda por toda la ciudad. Aún no sé cómo no me eché a reír. Sin embargo, mi amiga se puso roja de ira y juró a gritos que si se le ocurría poner un pie en su habitación se lo cortaría.

    Cuando entré en la casa no me encontré con nadie, no se escuchaba ni un solo ruido. Mi padre quizás estaría fuera o encerrado en su despacho, y mi madre intuía perfectamente donde estaba. Algún día me atrevería a hacerle una visita a su estudio de pintura, aunque probablemente me echaría a patadas.
    Tras darme un buen baño me quedé como nueva y un poco adormilada, pero no me dejaría vencer por el sueño, la noche de chicas prometía y me apetecía muchísimo.
    – ¡Qué guapa! –gritó mi padre cuando me vio entrar a la cocina a por un vaso de agua fría. – ¿Has quedado?
    –Gracias. Sí, con dos amigas.
    –Noche de chicas, miedo me dais. ¿A quién vais a despellejar? –comenzó a reírse con todas sus ganas, un poco más y se hubiese caído del taburete el muy exagerado.
    –Eso suena realmente machista.
    –Hija solo era una broma. Pásalo bien, pero con cabeza.

    Debía darme prisa o llegaría tarde a recoger a Tania. Me despedí de mi padre. A mi madre, que había entrado a la cocina en mitad de la conversación la ignoré.
    Fui corriendo hacía el garaje donde estaba mi tesoro, no podía evitar sonreír cada vez que lo veía, si el amor que sentía por mi coche seguía creciendo, comenzaba a pensar que el día que me lo rayaran me moriría, o mataría al que se atreviera a hacerlo. En realidad, eso era exagerado. Me gustaba mi coche, pero no estaba tan vacía como para sentir amor por él.
    Dejé de pensar tonterías y comencé la marcha hacía la casa de Tanía, aunque yo iba con el tiempo justo, estaba segura de que cuando llegara, ella no estaría lista, como de costumbre, mínimo me hacía esperar veinte minutos, cuando eran diez me podía dar con un cartón en los dientes. Algún día le daría una lección y me marcharía en sus narices por hacerme perder el tiempo.
    Más ganas me daban de hacerlo cuando me obligaba a entrar en su casa y esperar en el salón con sus padres. Era una situación horrorosa porque odiaba los silencios incomodos hasta el punto de comenzar a hablar cosas sin sentido. En una ocasión le hablé a sus padres de lo abundante que estaba siendo mi menstruación ese mes. Desde entonces jamás volví a entrar en su casa.

    Cuando por fin se dignó a aparecer le dediqué una mirada asesina a la que ella, como siempre, me respondía con una sonrisa tímida a modo de disculpa.
    Al llegar al local en el que habíamos quedado, no vimos a nuestra amiga por ningún lado. Probablemente estaría dentro, pues su coche sí estaba estacionado en el aparcamiento.
    Allí estaba, sentada en una mesa removiendo con la pajita lo que parecía un mojito. Cuando la saludamos, nos disculpamos por el retraso, más bien le eché la culpa a Tania.
    –Hacía mucho tiempo que no quedábamos las tres solas–dijo María con un poco de nostalgia.
    –Para la próxima vez no dejaremos pasar tanto tiempo–aseguró Tania mientras llamaba al camarero.
    –Contadme un poco de vosotras, ¿Cómo estáis? –nos pasamos la noche poniéndonos al día sobre nuestras vidas.
    María no se podía quejar, había conseguido aprobar el año con muy buenas notas y se estaba planteando pedir una beca para realizar el siguiente curso en Francia o Italia.

    Conforme pasaba la noche, fui siendo más consciente de lo mucho que había extrañado esas noches de complicidad con mis dos mejores amigas. Podía llegar a entender que María no quisiera tener relación con mis amigos, no por temas de discriminación, sino porque todo el mundo debía ser libre para relacionarse con quien quisiera. Siempre tuve claro que no se los impondría, pero tampoco elegiría.

    Nos reímos bastante, los mojitos no pararon de rular y sí, alguna que otra crítica llovió para una persona en concreto, alguien al cual mi amiga no soportaba, pero tenía que hacer de tripas corazón porque era su compañero de piso. Hablaba de Álvaro como si se tratara del mismísimo demonio.
    El hecho de que Álvaro y yo nos acostáramos era un detalle que había preferido no contar a mi amiga por miedo a su reacción, pues, aunque ni torturándola lo reconocería, sospechaba que ella se sentía atraída por él. Siendo sincera, creía que entre ellos más que diferencias y odio, lo que había era una tensión sexual brutal, y yo sabía cómo se solucionaban las tensiones sexuales.

    El modo de tambalearnos al salir del local, me hizo sospechar que nos habíamos pasado con los mojitos. Beber sin comer era una mala idea la miraras por donde la miraras. No podíamos conducir en ese estado.
    Nos sentamos en uno de los bancos que había frente al puerto, donde la brisa marina nos despejara un poco los sentidos.
    Compré tres perritos calientes en un puesto que había allí cerca. Me encantaban los perritos calientes. Se convirtieron en una tradición desde la noche que los descubrí. Siempre que salía de fiesta, antes de irme a mi casa, buscaba un puesto de perritos calientes y me compraba uno.
    Nos los comimos en silencio, observando el puerto y el cielo que estaba estrellado.
    Una hora más tarde, las tres nos sentíamos bastante mejor, los efectos del alcohol casi habían pasado. Ya no veía borroso ni me tambaleaba.
    Aunque me encontraba mejor, preferí que esperáramos un poco más, no me parecía responsable ponerme al volante sin estar completamente segura de mis facultades. En ese sentido, me consideraba bastante responsable, culpa de ello la tenían los anuncios de la DGT, me calaban hondo. No quería que esa fuera la noche más cara del mundo.
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    Atentas/os al próximo capítulo. La vuelta a casa para va a ser muy larga para Alejandra.

    Respuesta
    silvia
    silvia on #226858

    Me gusta!! Sigue escribiendo por favor:)

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Respuesta a: Jugando con la ley. Cap 3. Un sirope y escalofríos.

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