Cuando me di cuenta de que esto podría ser un problema estaba en clase de body pump. No fue tanto el contenido de la actividad sino el contenedor: el aula forrada de espejos que me devolvía mi imagen sudorosa enfundada en unas mayas del Decathlon. Ahí estaba mi cuerpo, si, con 10 kilos menos que hace un año pero sintiéndose exactamente igual. Claro que, objetivamente hablando, había llegado a ese objetivo soñado, esas dos cifras divinas que ahora marcaba mi bascula. ¿Por qué no me veo mejor? ¿Acaso no me merezco el carnet de delgada que llega junto a los vaqueros de la talla 34 del Bershka? ¿Por qué, a pesar de estar cerca del infrapeso (según la confianza que os pueda dar el IMC) seguía viendo mi cuerpo rechoncho? Siempre he pensado que mi problema era una cuestión numérica, ahora comienzo a pensar que es proporcional… pero no de una manera curvilínea Kardashiana, no amigas. Imaginad dos columnas dóricas ensambladas en un culo carpetero. Esa es mi parte inferior, por arriba soy todo huesos y angulosidades. Soy delgorda.

Soy consciente de que una no puede adelgazar por fascículos. La solución, por mucho que una parte de mi lo insinúe, no es perder más peso. No es algo que me obsesione, me lo tomo con deportividad, pero siento que me he estado centrando en lo equivocado. Tengo miedo a no verme nunca bien, a buscar esa perfección imposible y perderme en el camino. No idealizo la delgadez, afortunadamente gracias al maravilloso mundo de internet, se pueden ver y ensalzar todo tipo de cuerpos maravillosos, gordos, delgados, altos y bajos. Veo la belleza tanto en la curva como en la recta.
El problema siempre ha sido y será mi propio cuerpo. ¿Por qué soy incapaz de aceptarlo? ¿Por qué siempre he buscado que sea algo que nunca va a ser? ¿El problema está en mi cabeza o en mis muslos?