Nunca lloras cuando discutimos porque no te importa nuestra relación. Eres demasiado maja con los tíos. Quieres estar con tus amigas porque no me quieres lo suficiente. Nadie te va a querer como yo. Los tíos no quieren ser tus amigos, te hablan porque tienes las tetas grandes y quieren follarte. Eres demasiado independiente. Deja de opinar de todo y ser el centro de atención. Lo haces porque te gusta que te miren. Soy celoso porque te quiero. Cuando bailas todos te miran y lo haces por eso.
Conocí al chico que me dijo en algún momento cada una de esas frases cuando tenía quince años. Era lo opuesto al chico malo. Amable, atento, considerado y divertido. Me enamore de él y empezamos a salir a los diecisiete. El primer año fue maravilloso, pero después me empecé a preguntar por qué mi novio era genial con todo el mundo menos conmigo. Por qué cuando estaba conmigo el chico que había conocido, el que era mi mejor amigo, se transformaba y solo volvía a ser como era cuando estábamos con gente. Todo el mundo me decía que afortunada era por tenerle. Yo siempre fui a ojos de la gente la de carácter fuerte e indomable, la que lo quería menos, la que estaba menos enamorada, la mala de la relación; él, el chico que era un trozo de pan. Y llegue a creérmelo. Llegué a sentirme culpable por cada vez que él hacia las cosas y yo terminaba pidiéndole perdón porque me convencía de que era mi culpa
Una noche de verano tomando algo en una terraza con nuestros amigos, uno de ellos se despidió de mí con un «adiós, preciosa». Él no dijo nada, ningún atisbo en su cara que me avisara de que algo iba mal, pero tan pronto como montamos en su coche y bloqueo todas las puertas, mis sentidos se pusieron alerta. Condujo el coche acelerando a tope hacia una de las salidas del pueblo, comenzó a gritar fuera de si reprochándome por qué su amigo me había llamado preciosa. Yo trataba de buscar frenética las palabras adecuadas para calmarlo porque nos alejábamos del pueblo y tenia miedo. Paró en medio de la carretera, en medio de la nada, la oscuridad rodeándonos y con tono burlón se preguntó qué pasaría si me dijera que me bajase del coche y me dejase ahí. Vi el desprecio y el odio en su cara, y supe que sería capaz de agredirme y dejarme tirada en medio de esa carretera desierta.
Sentía el miedo en cada centímetro de mi piel, temía que me dejase tirada en medio de esa carretera desierta o que me agrediese. Todavía hoy no sé cómo conseguí que diese la vuelta y me llevase a casa, pero aún recuerdo el miedo y en cada centímetro de mi piel y como mi corazón desbocado solo empezó a calmarse cuando puse un pie fuera de ese coche.

Al día siguiente y los sucesivos me pidió perdón llorando desconsolado. Que me quería demasiado, que no supo controlar los celos, que le había podido la ira, que es que yo era muy inocente y no me daba cuenta de que los tíos no me veían como a una amiga. Al final lo perdoné, aunque terminé con nuestra relación unos meses mas tarde.
Escuché su voz por última vez hace ocho años, pero hace como dos semanas me vino el recuerdo nítido de esa noche y desde entonces no paro de pensar en ello y tengo una sensación extraña en el estómago. Jamás le conté a nadie sobre ese suceso porque me moría de vergüenza y porque yo era la mala de la relación.