Por casualidades de la vida, mi prima y yo nos quedamos embarazadas a la vez. Lo cual nos hizo mucha ilusión, porque siempre hemos estado muy unidas. Era su segundo embarazo y el mío el primero, así que compartir la experiencia me hacía especial ilusión. Y, como si el destino se riera de mí, las dos íbamos a tener niñas.
Yo siempre había tenido claro que, si tenía una hija, se llamaría Sara. A mi chico le bastaba con que fuera un nombre corto y que sonara bien. Mi prima, en cambio, no tenía ni idea de qué nombre ponerle a la suya. Ya había usado su nombre favorito con su hija mayor, así que estaba un poco perdida.
En aquella época no estaban de moda los baby showers, así que los nombres se revelaban cuando ya estaban decididos. Como ella no sabía qué elegir, preguntaba a todo el mundo como si le fuera la vida en ello. Y cuando me preguntó a mí, le dije la verdad: el único nombre que me gustaba de verdad era el que iba a ponerle a mi hija, Sara. Me dijo que era muy bonito y que ya decidiría el nombre cuando viera su carita por primera vez.
Pasaron los meses y llegó el primer parto. Mi prima dio a luz antes que yo. Toda la familia estaba en la sala de espera, expectante, por conocer al nuevo miembro… y, por supuesto, por saber cómo se llamaría.
Cuando entramos en la habitación, soltó el bombazo: ¡Sorpresa! Nuestra pequeña se llamará Sara.
Mi chico me miró con cara de espanto. Yo me quedé paralizada, con la mandíbula floja y el corazón en modo locura total. Era como si me hubieran atravesado con un cuchillo y partido en dos. Empecé a sentir un nervio y un ardor que me iban consumiendo poco a poco. No me enfadé en ese momento… entré en shock. Por un par de segundos quedé inmóvil, como una estatua, sin poder creerlo.
De pronto, perdí el control. Tuve un ataque de ansiedad total. Salí corriendo de la habitación llorando como una loca poseída, embarazada y totalmente descontrolada. Parecía que estaba haciendo una maratón por todo el hospital y con el corazón apunto de estallar. Las enfermeras salieron disparadas, pensando que algo grave pasaba. Yo solo podía repetir: “¡Mi nombre, mi hija, mi Sara!” Surrealista total.
Mi chico apareció buscándome, intentando explicar la situación mientras las enfermeras intentaban calmarme y que no dejara un rastro de lágrimas por todo el hospital. Chicas, os juro que si alguien me hubiera grabado en ese momento, sería viral seguro.
A las pocas semanas llegó mi gran momento: mi chico y yo fuimos padres de una niña preciosa. Durante unos días… fue una niña sin nombre. Yo era incapaz de pensar en otro; y aunque no lo dijera, mi pareja también estaba tocado. Porque, seamos sinceros, no es fácil digerir que te roben el nombre que llevabas meses imaginando. Ya me veía firmando el DNI con su nombre y apellidos.
¿Queréis saber cómo elegimos el nombre al final? Esto sí que tiene gracia.
Un día, mi chico fue al mercado. Mientras yo estaba con la peque, y escuchó a alguien gritar: ¡Alba!
Como quien grita: ¡Oferta! Y, en un impulso épico, pensó: “Así se tiene que llamar nuestra hija”. Cuando me lo dijo, me quedé sorprendida… y la verdad es que nos encantó. Con el tiempo, entendimos que era perfecto: Alba, la luz que iluminó nuestras vidas. Y os juro que cada vez que lo digo sonrío recordando que la vida tiene un sentido del humor muy retorcido.
Después de todo, mi prima me pidió que fuera la madrina de Sara. ¿Culpabilidad? Puede ser. Pero fue un bonito gesto. Nunca le eché nada en cara y ella nunca volvió a sacar el tema. Aunque siendo sincera… en el fondo aún le guardo un poquito de rencor. Y sí, a veces pienso que algún día, de una forma u otra, mi pequeña venganza llegará.
