Ante todo decir que he escrito estoy para desahogarme. Si alguien lo lee entero, gracias, pero es una manera de soltar todo lo que tengo en la cabeza dando vueltas.
Me siento una estúpida. Sé que no tiene ningún sentido esto que me pasa. Tú y yo nunca hemos sido nada. Ni siquiera amigos.
Recuerdo el día que empezamos a hablar. Pasé por tu lado y te dije, que si querías, en mi mesa había galletas. Cogiste una y estuvimos hablando más de media hora. Desde entonces siempre que venías o cuando me escribías al trabajo tuvimos muy buen rollo. Muchas veces esperaba que vinieses a pagar o pedir más clases solo por hablar un rato contigo, porqué me alegraba verte. Sin más.
Fue casi al final, cuando faltaba poco para que dejases de venir cuando empecé a notarlo. Me empecé a poner nerviosa porqué nunca pensé que pudieses tener ningún interés en mi pero parecía que sí. ¿O me lo estaba imaginando?
Una de las últimas veces que viniste hablamos un rato de varias cosas. Nunca de nada muy personal. Me preguntaste mi edad y yo te pregunté la tuya. Nos dijimos cuando son nuestros cumpleaños y te fuiste. Sabía que te volvería a ver. Tenías que volver. Aún dudo si dejaste esa pequeña «deuda» porqué no podías pagarla en ese momento o para volver. Recuerdo perfectamente qué me dijiste – Escríbeme si no vengo a pagar. Y eso hice.
– Hola, acuérdate de pasarte a pagar.
– Sí, me paso en estos días.
– ¿Solo me escribías para eso? Pensé que también para saludarme.
Yo seré una ingenua, una tonta, pero a mí esas cosas me ilusionaban. Será porqué nunca le he interesado a nadie y por fin parecía que lo hacía.
Viniste unos días después y lo primero que dijiste, incluso antes de saludarme fue;
– Que detalle que me escribas para saludarme, eh.
Enseguida me puse nerviosa, pero te seguí el rollo. Rápidamente me dijiste que ahora que ya no tenías que venir ni pedir clases, podía seguir escribiéndote para preguntarte qué tal estabas, a lo que yo respondí que tú también podías hacerlo y tengo tu respuesta clavada en la memoria. – Hombre, sí das tu el primer paso…
No pude dejar de darle vueltas durante todo el día y les pregunté a unas chicas con las que hablaba por un grupo de WhatsApp que qué les parecía a ellas. Todas me dijeron que estabas tonteando conmigo y que no fuese tonta y te escribiese para preguntarte qué tal estabas, así que al día siguiente me decidí y lo hice.
– Hola, qué tal? Te saludo para que no te quejes.
Tuvimos una conversación algo tonta, hablando del frío y chorradas varias y en una de esas me dijiste que qué detalle que te hubiese escrito. Al final me preguntaste que si cerraba a las 21.00 (porqué siempre hablábamos por el móvil del trabajo) y te dije que no, que los viernes cerraba antes. No recibí respuesta y pasó el fin de semana. Y un mes. Y unos días. Y me escribiste.
Era el día de mi cumpleaños, unos días antes de Navidad. Cuando leí tu nombre en la pantalla no me lo podía creer. Me preguntaste que qué tal estaba, que qué tal en el trabajo y hablamos de los planes para Navidad, de los regalos y no sé porqué te dije que era mi cumpleaños. – Por eso te he escrito. Casi me da algo. No podía creermelo. Acabamos hablando de que a ver si me tocaba la lotería y me iba al Caribe y enseguida me dijiste que si me tocaba te llevase también. Hecho, te dije.
Pasaron unos días y el día del sorteo te escribí para decirte que no había tenido suerte y que el viaje sería otro año y tú me dijiste que si no era al Caribe podía ser a cualquier otro sitio, que lo dejabas a mi elección. Ahí ya vi que el tonteo era más que evidente, pero nunca había una propuesta clara para ir a tomar algo o vernos fuera del trabajo. Esa conversación fue muy corta y unos días después te escribí haciendo ver qué me había equivocado. Enseguida me dijiste que seguro que era una excusa para hablarte. Lo era, sí, pero te dije que cuándo me había hecho falta una excusa para escribirte y respondiste que era verdad. Me preguntaste por mis planes para fin de año y te dije que no tenía. Cómo ya estaba harta de que no me dijeses nada claro ni me pidieses hablar con mi número (mi inseguridad no me dejaba convencerme de que tonteábamos) te dije que mi jefe no se enteraba, pero que si fuese otro me diría que qué hacía tanto rato con el móvil. Te dije que me iba ya y enseguida me dijiste que te escribiese con mi número. ¡Por fin!
Más de tres horas estuvimos hablando esa noche. Por fin hablamos de nuestros gustos, supe qué estabas estudiando, de qué trabajas y al final hubo propuesta. Me volviste a preguntar por mis planes para fin de año. Volví a decirte que no tenía, y tú te sorprendiste. Te dije que no se me daba muy bien la gente (que no tengo amigos básicamente) y quisiste saber más pero no profundicé. Enseguida me dijiste que te ibas un par de días fuera a esquiar y que si quería ir contigo. Habías quedado con gente de allí, porqué ibas sólo. Otro día habías quedado para esquiar pero que si iba yo ya quedarías con ellos otra vez que fueses. Casi me da un infarto. No podía creermelo. Me moría de ganas de ir pero me daba miedo. Realmente no nos conocíamos tanto. Te di largas y tú me volvías a sacar el tema y al final me dijiste que si iba si tendrías que llamar para cambiar la habitación doble por dos. Sorteé la pregunta como pude pero me volviste a preguntar. Te dije que seguramente era mejor dos habitaciones y que ya te diría algo por la mañana. Pero no te dije nada. Mi miedo. El maldito miedo.
Si vas le tendrás que decir que no has salido nunca con nadie. Eres virgen. Ni siquiera puedes decir que te has besado con alguien más que una vez. ¿Y si vas y no le gustas?¿Si no le caes bien? En realidad no te conoce de nada. Ni sabe cómo eres. Mis inseguridades volvieron. Tenía un cosquilleo constante en el estómago porqué al fin habíamos hablado fuera del trabajo. Habíamos tenido una conversación más personal. Me habías invitado a pasar un par de días contigo pero fui incapaz de escribirte y tu lógicamente no me escribiste a mí. Te dije que te diría algo y no lo hice.
Me sentí muy tonta y más cuando iban pasando los meses y tú no me escribias nunca. ¿Qué pensaba? ¿Que me irías detrás? Te escribía yo de vez en cuando pero no volvimos a tener una conversación como la de aquella noche de horas en la que los dos nos íbamos preguntando cosas. Solían ser conversaciones cortas, como de compromiso. Saber qué tal estabas y poco más. Tú siempre correcto y respondiendo enseguida. Alguna conversación fue más fluida pero no solías dar mucho pie. No podía parar de pensar que la había cagado al no responder a tu propuesta, o al menos haberte dicho que me daba miedo. Siempre el miedo.
Llegó tu cumpleaños y te escribí. Te sorprendió que me acordase. Me preguntaste que tal y poco más. Volvieron a pasar los meses y llegó la Navidad otra vez. Te escribí. Me decidí a tener una conversación contigo. Me gustaba hablar contigo. No podía ni puedo decir que me hayas gustado pero me gusta hablar contigo. Me siento bien. Enseguida me respondiste. Siempre respondes rápido. Charlamos de las Navidades y te pregunté varias cosas. Estuvimos hablando durante siete horas y no me lo podía creer. Volvimos a tontear. Te pregunté si habías cenado y enseguida me preguntaste si era una propuesta. Te dije que sí pero que estaría mi madre y respondiste que para una primera cita sería violento con mi madre. Nervios. Usaste la palabra cita. Si no estuviese ella vendrías dijiste. Al día siguiente tenía que ir a trabajar y te dije que me iba a dormir pero insististe en que me quedase hablando contigo un rato y lo hice.
Los días siguientes no podía parar de pensar en esa noche y volví a escribirte otra vez. Esta vez estuvimos hablando hasta las cuatro de la mañana. Enseguida me preguntaste si te escribía para invitarte a cenar seriamente. En mi casa seguía habiendo gente. Seguimos hablando y hablando y nos pusimos a ver una peli cada uno. Te comenté que quería ver una de miedo pero sola me daba miedo y me dijiste que si era una propuesta. A partir de ahí la conversación fue básicamente si te invitaria de verdad y si lo hacía por qué sería. Yo no podía parar de pensar que parecía que había algo de interés por tu parte pero también estaba la vocecita de, quiere follar y ya está. Pero mi cabeza daba vueltas y vueltas. Ha hablado de cita, está hablando contigo hasta las dos y cuatro de la mañana. Yo no estaría hasta esas horas hablando solo para follar.
Lo comentaba con una amiga y me decía que tú nunca me escribías y no le daba buena espina. Y nunca me proponías ir a cenar o ver una peli en tu casa. Estaba de acuerdo con ella aunque me desilusionaba. Decidí dejar de escribirte, y una tarde mientras estaba en el trabajo, recibí un mensaje tuyo. Te respondí pero hasta que salí no pudimos hablar bien. Charlamos. Me preguntaste y te dije que cuando llegase a casa me ducharia y cenaría y me dijiste que si tampoco era propuesta esa vez.
– ¿Quieres venir a cenar?
– Ah, no decía a cenar.
– En mi casa están mis padres.
– ¿Pero me invitas o no?
En serio que te habría invitado. Sentía un cosquilleo que me encantaba. Me propusiste ir a algún sitio y ahí vi que sí, que querías follar aunque esperaba que algo más. Era tarde y al día siguiente tenía que trabajar y te dije que no pero tú quisiste saber si lo haría. Te dije que sí y quisiste saber porqué. Siempre me preguntabas el porqué. Te habría soltado que me encantabas desde que empezamos a hablar y que siempre había esperado quedar contigo, charlar y ojalá llegar a ser amigos o algo más pero no podía decirte eso. Al final te dije ;
– ¿Qué quieres, que te diga que me gustas?
– No esperaba que me dijeses eso pero ¿Si?
Te dije que no, y me lo volviste a preguntar un par de veces. Al final me dijiste que si quedase contigo para ducharnos sería porque al menos me atraes y te dije que sí, que claro. Yo soy una cobarde y no fui capaz de preguntar si yo te atraigo. Me dijiste que tú lo haría para verme desnuda. Volviste a escribirme unos días después. La conversación se volvió a poner interesante cuando me dijiste que te ibas a duchar y te pregunté que si cuando te duchabas tú no había propuesta. Al segundo me preguntaste que si quería ir y te dije que sí pero que no iría porqué era tarde, tenía que madrugar y además ya me había duchado.
– Pues ven y me voy duchando yo.
– ¿Y para que voy entonces? ¿Me invitas a cenar?
– Vale. Pero dime ya si vas a venir o no. No lo alargues más.
– No, porqué es tarde y mañana trabajo.
– Bueno, si esa es la excusa te puedes quedar a dormir, pero vale.
Te dije que hacía más de un año que no nos veíamos y que sería raro y al día siguiente apareciste en mi trabajo. Casi me caigo de espaldas. Entraste y saliste. Pasabas por allí y viniste a saludar. Eso dijiste. Te escribí unos días después pero no hablamos mucho y no volví escribirte mas. Decidí dejarlo estar. Pasaron un par de meses sin saber de ti y volviste a venir a verme. Esta vez entraste y como no había nadie te sentaste conmigo. Me preguntaste que a qué hora salía y que qué haría después. Te dije que nada, que no salgo mucho. Quisiste saber qué suelo hacer los findes y me puse nerviosa porqué me los paso en casa. Entró alguien y tuve que atenderle pero entró más gente y aunque esperaste un rato al final me dijiste que te ibas.
Un mes y algo después me desperté y tenía un mensaje tuyo. Pensé que soñaba. Estuvimos hablando todo el día y enseguida me dijiste que cuándo quedábamos porqué llevábamos ya meses hablando. Me propusiste quedar para tomar algo por la noche y preguntaste que qué querría hacer. Te dije que fuésemos a tomar algo y veíamo, pero insististe en saber qué haríamos después. Al final me dijiste que vives fuera de la ciudad y si te quedabas hasta cierta hora ya no podías volver a casa. Me propusiste ir a tomar algo y después ir a un hotel. Sería más romántico y tendríamos más intimidad y no tendríamos que madrugar. Fueron tus palabras. No sabía cómo decírtelo pero tenía que hacerlo. Te confesé que no tenía experiencia y me dijiste que por ti no había ningún problema. Te apetecía y a mí también así que quedamos.
Cuando nos vimos yo estaba atacada. Me dijiste que tenía que explicarte lo que te había dicho. Me dijiste que no me pusiese tensa, que no pasaba nada. Estuve muy a gusto contigo. Nada nerviosa aunque me estabas preguntando cosas personales. Te dije que no había salido con nadie, que no suelo salir porque no tengo muchas amistades. Todo fue muy bien pero yo no soy capaz de abrirme a la gente y hablar de mí. A veces creo que tengo un trauma que viene de pequeña y me he creado una coraza que me impide abrirme. Hubo un momento que noté que estabas más serio. Todo culpa mía, lo sé. No parabas de hablar tú e intentar conocerme y yo me resistía. No soy ninguna niña y a veces lo parezco. Llegamos al hotel y sinceramente no fue como pensé. No llegamos a hacer mucha cosa. Fuiste muy atento y procuraste que yo estuviese agusto y cómoda pero pensándolo ahora fue todo muy frío. No estaba nerviosa, ni siquiera cuando me desnudé, pero sí algo tensa. Creo que no estaba ni excitada. Estábamos los dos desnudos y no estaba excitada. No nos besamos. No hubo caricias. No sé si siempre serás así o es por lo que yo creo. Si no soy capaz de hablar contigo, abrirme, la cosa no puede fluir. Llevaba mucho tiempo deseando que pasase y cuando pasa va así. Dormirnos separados porqué solo encontramos una habitación con dos camas y no las juntamos.
Por la mañana al final madrugamos. Unos amigos te dijeron de ir a la playa por la mañana y pusiste el despertador. Nos levantamos y nos fuimos. Dos besos y ya hablamos. A los cinco minutos me escribiste diciendo que podía haber ido peor. Y al poco una propuesta. Qué sí quería hacer un trio pero esta vez en tu casa. Me sorprendió y pensé que tan mal no habría ido si querías repetir aunque esta vez fuese un trio. Te dije que no me veía haciéndolo, pero que gracias por pensar en mí. Te comenté que me habías dejado marcada. Marcas de tus dientes y morados en los muslos. Había sido frío pero intenso. Me preguntaste si me había gustado y alguna cosa más y fin.
Han pasado dos meses y hemos hablado un par de veces. Conversaciones cortas. En una te pregunté si estaba todo bien y dijiste que sí. En la otra te escribí para felicitarte por tu cumpleaños. Un detalle, me dijiste. Y ya. Hace unos días me apareció en Instagram que te habías hecho una cuenta. Tardé pero te di a seguir. Y aquí estoy esperando a que me sigas tu, pero nada. Me siento idiota. Tío, ¿Sigues a diseñadoras de vestidos de novia de México y cuentas súper chorras y no me sigues a mí? Parece que estoy pillada de ti pero realmente no lo creo. Me gusta tu humor, y la manera que tienes de decir las cosas. Me gusta que no te importa lo que piensen de ti. Me atraes, sí. No lo puedo negar pero realmente no creo que pudiésemos llegar a ser más que amigos. Eso me encantaría ser tuyo. Tú amiga. Pero no sé porqué no podemos serlo. Supongo que no te intereso ni para eso. Igual si hubiese sido más yo, si te hubiese contado un poco sobre mí y me hubiese abierto la cosa sería diferente. Igual no. Igual hablas con un montón de tías hasta las cuatro de la mañana, hablas de citas, de romanticismo y realmente lo único que quieres es follar y ya. Me duele. Me duele incluso que no me sigas en Instagram y me siento ridícula.
Ojalá decirte todo esto a ti, pero tú nunca me prometiste nada. La que se ha ilusionado soy yo. Nunca me dijiste que te gusto, ni que te atraigo ni nada de nada. A veces quiero escribirte y decirte que seamos amigos, que quiero que me conozcas y podamos charlar e igual quedar de vez en cuando pero me siento ridícula solo de pensarlo. ¿Por qué tienes que ser tan correcto y responder siempre enseguida? ¿Por qué no puedes ser como otros tíos que cuando consiguen follar pasan de ti? Casi que lo preferiría.