Roberto y yo nos hicimos amigos en redes sociales una noche después de saber que era el hermano mayor de mi colega Nando. Cuando empezamos a hablar pensé que sería igual de cagabandurrias que su hermano, pero a medida que fui sabiendo más sobré él me di cuenta de que no era el típico pesao’ sino que resultó que teníamos los mismos gustos en cuanto a cine, música y literatura. Era un tío diferente, músico, rockero a muerte como yo, muy divertido, con conversación, culto, nada que ver con los chicos que había conocido hasta el momento. Lo cierto es que al rato de habernos conocido sentí una gran conexión con Roberto, me sentía súper cómoda con él, como si nos conociéramos de toda la vida.
A las pocas semanas decidimos conocernos en persona y lo cierto es que a esa conexión tan repentina se le añadió una importante atracción física, así que al final de la tarde terminamos en su casa dándole al tema. La verdad es que me lo gocé cosa bárbara, pero yo no sentí nada especial por él ni se me pasó por la cabeza que aquello fuera a convertirse en algo serio. Por eso flipé cuando, nada más terminar, Roberto me dijo textualmente y mirándome a los ojos: «ha sido maravilloso sentir cómo nuestras almas se han fundido en una sola, eres mi ángel terrenal». Estupendo, me había acostado con el primo de Paulo Coehlo. Nunca he sido muy romántica y las grandes muestras de amor típicas de novelitas decimonónicas siempre me han dado un poco de repelús, no son para mi. Me dije a mí misma que lo mejor era no volver a liarme con él, porque aunque habíamos congeniado bastante, me había parecido todo un poco demasiado intenso para mi gusto.
En ningún momento me planteé que realmente él sintiera nada por mí, pensé que sólo eran bobadas, que se estaba haciendo el enamoradizo porque creía que era lo que yo quería oír y así poder repetir en un futuro. Durante los meses siguientes continuamos con nuestra amistad como si nada, así que supuse que todo había quedado en un polvo sin importancia para ambas partes pero a tenor de lo que sucedió días después estaba muy equivocada. Un día me dijo que tenía que enseñarme algo que había compuesto, así que fuimos a un local de ensayo, servidora feliz en su ignorancia sin saber que no estaba preparada para lo que iba a presenciar. Roberto me dijo que me había escrito una canción, que la había compuesto la noche que nos conocimos y de repente, sacó una guitarra y se puso a tocar. Las caras, Juan, las caras.
Soy una persona bastante empática, no me gusta reírme de los demás ni menospreciar los sentimientos ajenos, pero aquella canción era el mojón musical más gordo que había oído jamás. Por el amor de Dios, ¡que era rockero! Me esperaba una balada con un puntito cañero, un ‘Still Loving You’ de Scorpions, un ‘Always’ de Bon Jovi… pero no un híbrido entre Fran Perea y Flos Mariae (como una loncha de queso en un sándwich preso). El tío estaba ahí tocando la guitarra con los ojos cerrados y cara de sufrimiento, como si estuviese estreñido o tuviera sensibilidad dental, La verdad es que agradecí que cerrara los ojos, porque yo no sabía dónde meterme ni qué cara poner. No era sólo que la letra fuera súper pretenciosa y dijera cosas como «acariciar tu lucero interior» o «siempre vas a ser el edén de mi inspiración», sino que que además cantaba aquello con una vocecita de niña de San Ildefonso que daba mucho repeluco.
Lo peor era que el chaval estaba súper orgulloso de sí mismo, casi rozando la arrogancia, como si fuera Freddy Mercury y me estuviese cediendo el honor de ser la primera persona del mundo en escuchar ‘Show Must Go On’. Cada vez que terminaba una estrofa con un «hummmm» o un «¡uuuhhh!» en falsete las ganas de descojonarme se apoderaban de mí, pero me daba apuro reírme, el pobre estaba tan entregado… Cuando por fin terminó sólo pude pensar «JO-DER». Abrió los ojos y sonrió y entonces pude ver que me miraba como
esperando que se me hubieran caído las bragas ¿Y ahora qué? ¿Debería darle las gracias? ¿Fingir mi propia muerte? La verdad es que me dio una pena terrible y no fui capaz de ser sincera con él, así que preferí soltarle una mentira piadosa y decirle que me
había encantado.
Eso sí, después de soltar aquella trola y agradecerle el tiempo que se había tomado en componer aquella joya visigoda para mí, le dije que sentía mucho si le había dado lugar a error, pero que yo no sentía lo mismo que él y que era mejor que, si él estaba de acuerdo, fuéramos amigos. Para mi sorpresa, aceptó y fuimos amigos durante bastante tiempo; aunque de vez en cuando le daba por intentar tirarme ficha de nuevo, tuve suerte porque nunca más volví a escucharle cantar.
