Cuando llevas siete años con alguien crees que ya no quedan sorpresas. Que si habéis superado mudanzas, crisis económicas, cambios de curro y peleas absurdas por el lavavajillas… ya está todo dicho.
Pero hace unas semanas en una comida con antiguos amigos comunes, una de ellas —con una copa de más— me suelta:
—Tía, ¿nunca te enteraste de Salou?
Yo me reí nerviosa. Recordaba el viaje a Salou de mi chico pero nada reseñable
Le pregunté y me dijo: ah nada nada, se me ha ido la olla
y me fui a casa con la frase en bucle
Lo hablé con otra amiga del grupo y me confirmó que en esa escapada cuando aún llevábamos un año se comentó mucho que él se lió con una del camping, pero que tampoco tenían pruebas y por eso no me habián dicho nada.
¿Y ahora qué hago?
Yo no tengo pruebas pero tampoco tengo paz.
Es de hace años y no hay señales de que se haya repetido pero puedo vivir con eso sabiendo que podría haber pasado?
Me corroe el estómago pensar que he construido una vida con alguien que pudo mirarme a la cara después de hacerme eso.
No quiero destruir algo bonito por un quizá
Pero tampoco quiero ser la última en enterarme. Otra vez.
