Tengo un hijo que empezó en septiembre el colegio. Al principio yo me encargaba del niño por la mañana y mi marido por las tardes. El problema llegó cuando mi empresa se cambió de ubicación y lo que era un trayecto de veinte minutos se convirtió en más de una hora.
Tuve que replantearme mi vida porque llegar a la hora del baño no me parecía aceptable. Así que tuve que comerme mis principios de mujer trabajadora que no cambia por la maternidad y pedir una reducción de jornada.
Las rutinas cambiaron y empecé a ser una madre más presente. A la salida del colegio siempre acabamos en el parque con los amigos de clase. Y, claro, con sus padres también. La tarde da tiempo para jugar con los niños, para que ellos jueguen solos y también para hablar con los padres. Normalmente no están los dos progenitores, solo uno de ellos. Nos hemos ido conociendo poco a poco, con los ratitos que nos dejan los niños. Algunos me caen mejor, otros peor, pero todos parecen buena gente y es agradable el ratito de parque.
Hasta que un día uno de ellos faltó y me sentí decepcionada por su ausencia, y eso que no era la primera vez que faltaba. Pero le eché de menos. No le di más importancia. Al siguiente día me ilusioné al verle y, con alguna excusa tonta, intercambiamos los teléfonos.
Poco a poco hemos ido cogiendo más confianza y contándonos más cosas. Ya sé qué estudió, a qué se dedica, sus gustos musicales, cómo conoció a su mujer… Y también lo preocupado que está por la educación de su hijo, que viven de alquiler y no ve cómo comprarse una casa, los sueños que tuvo de joven y no ha cumplido.
Estoy enamorada de mi marido y nunca me he planteado engañarle. Llevamos más de 20 años juntos y es el hombre de mi vida. La chispa y la ilusión de los primeros años se ha convertido en estabilidad y confianza. Y todo está bien.
Pero me asusté cuando me di cuenta de que pienso en qué ropa llevaré a recoger al niño al cole, me hago la línea del ojo más marcada y subo ilusionada a cruzarme con él.
No intercambiamos mensajes. No hay tonteo. Parece una amistad inofensiva. Pero entonces, ¿por qué estoy deseando verle?, ¿por qué me acuerdo de él cuando me sucede algo especial durante el día?, ¿por qué los días son mejores cuando le veo?.
Y creo que me estoy enamorando de él. Es la primera vez que me pasa en 20 años. No siento que ya no esté enamorada de mi marido; es un sentimiento más. ¿Se lo debería contar a mi marido?.
Sé que no va a pasar nada. No sé si él piensa en mí, pero sé que yo no quiero perder a mi marido. ¿Tiene sentido?
Una parte de mi está deseando que termine el curso para no verle unos meses. Otra parte se pone triste al pensar que no le veré todos los días. El curso que viene no sé si coincidiremos tanto, si concidirán en las extraescolares nuestros hijos, si estaremos tanto en el parque.
Me siento mal y a la vez, tengo que reconocer, que me ha animado estos meses.