Nunca había sido de tener un grupo de amigas. Amigas, sí, pero no grupo entre ellas. Hasta que terminé la carrera y parece que surgió un grupo de manera natural. Mi mejor amiga del instituto tenía una amiga de la universidad, que a su vez tenía una amiga del instituto y otra amiga del barrio.
Yo conocía a todas de varios planes, pero justo todas terminamos la carrera más o menos a la vez, seguíamos viviendo con nuestros padres (lo que suponía que teníamos algo de dinero) y estábamos solteras. Sin darnos cuenta, empezamos a quedar todos los fines de semana.
Los planes eran variados, desde exposiciones, conciertos, restaurantes chulos hasta salir de fiesta e incluso viajes. A veces con más gente, les presenté a otras amigas mías, pero muchas solo nosotras. Era todo sencillo. Cada una teníamos nuestros gustos, pero nos adaptábamos. Para mí no eran amigas de amiga, eran mis amigas.
Todo se complicó cuando mi amiga del instituto comenzó a salir con un chico. Y ella, que siempre había ido de muy independiente, empezó a depender de él todo el tiempo. Le decías de quedar y te decía que un rato, pero que si él la llamaba se iría con él. Empezó a ser realmente incómodo. Pero estaban todavía definiendo su relación y yo entendía que tenía que ser comprensiva.
En mi cabeza nada iba a cambiar con el resto. Si ella no venía, no pasaba nada. Así que seguí como siempre: proponiendo planes, esperando propuestas. Hasta que empecé a ver que cada vez nos veíamos menos e, incluso, hacían planes y no me avisaban. Además, nuestra amiga cada vez estaba más desaparecida.
Así que un día escribí a una de ellas, en plan de que, aunque nuestra amiga no quedara con nosotras, nosotras podíamos seguir como siempre. Su respuesta fue que no eran el segundo plato de nadie. Me quedé a cuadros. Respondí que, para mí, ellas eran mis amigas también. Me dijo que quedara yo con nuestra amiga común y que me lo pasara bien.
Estoy muy dolida. Pensaba que eran mis amigas y me he equivocado.
