Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Tengo 40 años y hace unos meses sentí el llamado de la montaña… pasé de ser la típica que hace deporte en el gym o como mucho correr por la ciudad, a apuntarme a todo tipo de actividades: senderismo, barranquismo… Siempre me ha dado cosa practicar deportes de grupo porque me siento torpe y lenta, por mucho que entrene tengo poco fondo y eso unido al miedo que me dan las alturas, tenía miedo a no poder, pero poco a poco lo iba superando.
A él lo conocí en un curso de escalada, era el profesor y aunque me saca bastantes años y a mí hasta entonces me atraían más jóvenes, empezamos enseguida a conocernos en serio. Me atraía su madurez y su seguridad en sí mismo, cómo me trataba, su conocimiento en tantas cosas de montaña y de la vida que ninguno de mis ex tenía, aunque es verdad que a veces era como muy tajante y criticón con los compañeros, conmigo era amable y cariñoso. En ocasiones me daba la impresión de que quizá era muy creído y despreciaba hacer ciertas actividades de montaña por ser «fáciles», aunque a mí se me hacían un mundo, pero luego proponía planes adecuados a mi nivel.
En estos meses hemos tenido alguna discusión y siempre es él quien propone distancia para pensar y hablarlo días después, y yo soy la ansiosa que quiere arreglarlo ya.
En esta ocasión fuimos a hacer una ferrata, que yo había hecho pocas, y me atasqué en un paso. Iba yo delante (porque él me lo indicó) y tuvo que pasar para ayudarme, pero ya lo noté nervioso. Seguimos avanzando y yo me iba cansando, llegó otro paso complicado, él me daba instrucciones a gritos y yo no podía cumplirlas a la primera, con nervios, y empezó a gritar que no le estaba escuchando y a amenazar con dejarme ahí si no le hacía caso, a decirme que no gritara si me resbalaba porque estaba asegurada con 2 cabos de anclaje. Al final ya le puse límites y le dije que no me gritara, ya enfadada, y me dijo que yo llevaba montando drama ya rato y que no me puedo poner así estando con los pies en una grapa (le parecía una exageración y yo llorando de miedo porque no conseguía subir). Pasado este punto, que superamos dándome un pequeño tirón de la camiseta, él siguió a su ritmo sin esperarme, enfadados, y yo acabé como pude porque estaba al límite de mis fuerzas.
Al terminar le eché en cara que no había actuado bien, que me tenía que haber echado cuerda (luego lo he hablado con un amigo y dice que eso hay que hacer), pero él seguía empeñado en que yo no le había hecho caso y que no hacía falta echarme cuerda, que yo había gestionado mal mis nervios y que también le había contestado mal y que no le convenía esto por su problema (cardiaco) y que no íbamos a hacer ninguna actividad más. Me sentí abandonada en la montaña aunque él lo niega, maltratada y mal acompañada y mi autoestima además tocada porque me veo inferior al resto y que nunca podré tener una pareja montañera. A partir de ahí se negó a hablar más del tema. Ahora estamos otra vez en ese espacio de tiempo sin hablar que tanto odio y no sé qué hacer.
Consejos, compañeras montañeras.
