El otro día este post y el que le sigue me removieron tanto, que por fin he decidido contaros mi historia. A ti, autora de ambos, espero que mi experiencia te ayude a sentirte menos sola y un poco más tranquila. Estoy contigo.
¿Sabéis la típica pregunta sobre si perdonarías una infidelidad? Siempre que me la hacían, contestaba que no lo sabía. Y sí, me pasó, de repente me vi convertida en “una de esas mujeres a las que han puesto los cuernos”. Nunca me había imaginado en ese papel, la verdad. Es muy jodido.
El caso es que me obsesioné con tener pareja. Todas mis amigas tenían y me sentía rara por no tenerla. Leo muchos comentarios de personas que no entienden por qué ese puede ser un problema para alguien, pero para mí lo era. Me sentía defectuosa, sola y asustada ante la perspectiva de una vida en solitario. Me metí en Tinder. Tuve muchas citas. Excepto un par de chicos a los que rechacé porque no me atrajeron sexualmente, a todos los demás los veía como mi futuro marido, el padre de mis hijos. Me ilusioné varias veces, y me desilusioné otras tantas. Leí por aquí un comentario de una chica que preguntaba a otra: “¿eliges tú o dejas que te elijan?”. Eso me hizo reflexionar. Sabía que necesitaba terapia, que una psicóloga me ayudaría a centrarme. Pero preferí pasar del tema y seguir mi búsqueda.
Y entonces llegó él. Desde el principio detecté ciertas señales de alarma, e incluso compartí mis dudas con mis amigas. Pero, de nuevo, silencié mi yo interior y seguí adelante. Dejé que me eligiera. Me autoengañé diciéndome a mí misma que solo seguiría con él mientras no apareciera un candidato mejor. Fuimos conociéndonos y la cosa iba muy rápido. Llegó la pandemia, pasó el confinamiento y me compré un piso. Yo no quería vivir aún con él, prefería que todo fuera más poco a poco, pero él siempre me convencía. Y de repente me vi inmersa en una reforma (que, por cierto, no me gustaba y ocasionó unas cuantas discusiones con mis padres), solo para que él se sintiera cómodo. Y en tres meses ya estaba viviendo en pareja (y manteniéndolo yo, pero ese es otro tema) sin saber muy bien cómo había pasado y sin haber tenido tiempo de asimilar nada.

Si una reforma siempre genera tensiones entre una pareja, imaginad entre una pareja no consolidada. Fue un proceso durísimo. Pero lo superamos, compramos nuestro árbol de Navidad soñado y vivimos, por fin, la paz que da tener tu propio hogar, sin más polvo que limpiar ni remiendos pendientes. Hasta que ocurrió.
Un día estábamos haciendo unos trámites con su teléfono y le pedí que me enviara un documento a mi Whatsapp. En los contactos sugeridos había uno llamado “Una noche”. Le pregunté extrañada, soltó una burda excusa y olvidamos el tema, o eso creía yo. Porque una semana después salimos con unos amigos y se emborrachó. Una borrachera malísima, le dio por llorar al llegar a casa y se quedó dormido en el sofá. Su teléfono estaba cargando y algo me impulsó a cogerlo. Os prometo que nunca lo había hecho, y os prometo también que tuve una relación anterior perfectamente sana, jamás había sentido celos ni había sospechado nada extraño ni de él ni del anterior. Pero esa noche algo me movió a hacerlo.
Lo que encontré en ese teléfono no tiene nombre. Tenía decenas de chats, tanto en Whatsapp como en Instagram, con chicas a las que prácticamente acosaba para quedar. DECENAS. Imaginad cómo latía mi corazón al leer esas repugnantes conversaciones y tenerlo a él roncando recostado en mi regazo. Con alguna incluso se intercambiaba fotos guarras. Algunas le seguían el rollo, otras no, pero él insistía. ¿Sabéis en qué fechas se intensificaban esos chats? Justo cuando discutíamos por la reforma. El tipo era tan impresentable que el mismo día de Navidad, el primer día de Navidad que yo compartía con su familia y que estuvimos tan a gusto los dos, mandaba mensajes subidos de tono a una de ellas durante la sobremesa en casa de sus padres.
Lo que pasó a continuación fue tan duro que todavía me cuesta contarlo. Se resume en gritos, llanto, él recogiendo sus cosas, yo en el suelo agarrada a sus tobillos rogándole que se quedara y suplicándole una explicación, él enfadado, distante y altivo. Al día siguiente lo eché de casa y rompí la relación. Eso en resumen, ya os digo. Fue muy traumático.
No sabéis la de tiempo que perdí buscando publicaciones de alguna de vosotras contando que habíais perdonado una infidelidad y que había salido bien. Mi caso, además, era peor que los que se le parecían, porque él no me contó las infidelidades sino que fui yo quien las descubrió, y él, encima, las negó hasta que las evidencias le estallaron en la cara. Nunca supe con cuántas había llegado a quedar, ni si se había acostado con ellas, él juraba que solo habían sido conversaciones telefónicas, menos con una con la que sí se dio unos cuantos besos. No encontraba experiencias que se parecieran a la mía y me dieran esperanza. Además, los comentarios a esas publicaciones solían ser muy hirientes.
Me sentí juzgada por todo el mundo. Todo el mundo sabía lo que yo tenía que hacer. ¿Todo el mundo era más listo que yo? ¿Qué le importa a todo el mundo lo que yo decida hacer con mi relación? Me dio tantísima rabia recibir palabras y gestos de consuelo… Yo soy una tía fuerte, dura, valiente, segura de mí misma. ¿Por qué me tengo que ver en esta situación? Estaba hundida.
Empecé terapia. Él también buscó un psicólogo y me convenció para volver. Como nunca había dicho que no perdonaría una infidelidad, no me estaba fallando a mí misma. Le prometí que intentaría perdonarlo. Le pedí que fuéramos despacio, que me dejara marcar los ritmos. A los 5 meses me propuso matrimonio. Me cagué en todo internamente y le dije que sí.
Os cuento el desenlace en otro post.