Tengo una amiga desde hace 2 años y medio con la que congenié bien de primeras. Al principio, me parecía madura y muy hecha a sí misma. Yo tenía 35 cuando la conocí y ella 38. Solíamos quedar para hacer deporte, salir algún día de tapeo y, en algún momento, nos hemos visitado en casa.
Ella ahora se ha ido a vivir con su novio y desde ahí nos vemos menos, sin embargo, hablamos mucho. Admito que ese contacto tan seguido se mantiene gracias a que ella me escribe diariamente, yo soy más despegada de WhatsApp y a veces me resulta más un compromiso que una herramienta útil.
La cuestión es que ambas procedemos de una familia tóxica. Yo llevo un tiempo en terapia para sanar algunas cuestiones y muestro mi vulnerabilidad y mi dolor, pero ella lo disfraza todo de independencia, éxito y siento que quita importancia a mi proceso, ojo, sin yo hacerme la víctima. No es que quiera que me consuele, solo sentirme escuchada sin que me esté siempre dando como lecciones de superioridad desde la condescendencia de aquella que ya tiene clarísimo todo y se pone un poco como ejemplo para muchas cosas.

No sé cómo decírselo para no hacerle mal, pero justo en terapia he visto cómo una forma de reaccionar al trauma es esa huida hacia delante con fijación en el éxito y me recuerda mucho a ella. En realidad, a la mínima que algo no le sale bien se frustra mucho. Con su pareja, por ejemplo, si ella quiere X y él no lo quiere y tenga sus razones, ella lo cuenta como si él fuera un ingenuo sin neuronas.
Tiene muchas características buenas porque es valiente, trabajadora, atenta… Pero a mí que me hable así ya me molesta y también que me he dado cuenta que es mi lado más inseguro el que un día conectó con esa imagen que ella proyecta y que hoy por hoy no soy aquella ni me gusta que me traten como una niña.