Por fin me animo a participar. Al principio he pensado que quizás lo mejor sería contarlo en plan «tengo una amiga que», pero mira no, soy yo, la que sigue aquí, soy yo, y sin pedir perdón.
Hace unos meses que todos los reveses imaginables no han dejado de sucederme, todavía hay quien me dice «al menos tienes salud». Mátame camión.
En fin, pa’fuera lo malo, sin afán de revolcarme en el lodo, os animo a que imaginéis un mes de diciembre sin un duro, con ya una edad en un piso compartido al que te has mudado recientemente para trabajar hasta fin de campaña navideña como azafata. Y todo esto, ¿Por qué iba a estar dispuesta a llevarlo una en lo alto?
La respuesta es la de siempre: la puñetera droga del amor. Así que en esas estoy, gritando por las esquinas a lo Mónica Naranjo, Sobreviviré.
Tanto y tan alto que buscando y rebuscando una manera de hallar cierta estabilidad, una compañera en el trabajo me comentó la existencia de vacantes en prestigiosos centros de masajes sensoriales. Y eso qué es, pues qué va a ser, masajes con alto contenido erótico. Pero cómo sabes eso, «yo es que entré de recepcionista y me ofrecieron hacerlo, pero no seguí». Mentira. Mentira, cochina. Pero vamos a ver, en qué consiste. Masajes cuerpo a cuerpo, pero desnudos. Sí, estimulación manual. Pero solo manual. Bueno, vamos a echarlo a ver qué pasa.
Claro, yo y mis noventaitantos kilazos dijimos: sí, que soy muy simpática y muy bonita de cara, pero para esto cogen solo a modelitos con las tetas de diseño. Sorpresa, soy muy sexy perra (me dije yo a mí misma la primera vez que me vi ante el espejo en aquel sitio).
No sé cómo o quizás no quiero pararme a analizarlo demasiado, pero no me creáis si no queréis cuando os diga que me está sirviendo de terapia. Qué subidón de autoestima, qué chute de adrenalina, ¿habré encontrado por fin algo con lo que puedo sentirme realizada más allá de perseguir gente para que compren cosas que no necesitan? El mundo está muy necesitado de contacto físico, y yo de dinero.
Así que ahora el dilema consiste en cómo lidiar con esta doble vida, porque no resulta algo muy honroso que digamos, y personalmente, sé que sonará hipócrita, pero tampoco me gustaría que mi pareja sobase ni fuese sobada por cualquiera solo para ganar pasta, por otro lado.
Una lista interminable de pros y contras que por ahora no me he parado detenidamente a sopesar para ver hacia dónde se decanta la balanza, pero que creo que tarde o temprano se volcará y puede que haya sido peor el remedio que la enfermedad.
Esperemos que al menos está etapa tenga un Happy ending.