Tengo 35 años y tengo dislexia leve y discalculia. Si no sabéis lo que es esto último es un problema de aprendizaje que dificulta la comprensión y la realización de procesos matemáticos. Mi vida escolar no fue agradable, sobre todo porque como le pasó a mucha gente como yo, en aquella época nadie se preocupaba por eso. Yo era la niña vaga que no quería aprender. No fue hasta cerca de los 30 que me apunté a un Ciclo Formativo y tuve la suerte de que vieron mi problema y me mandaron a la orientadora del centro y al psicólogo. Tuve mi primer diagnóstico a los 31.
Hace un año y viendo que ya no se me trataba de estúpida y que los profesores me adaptaban ciertos aspectos, me entusiasme y me hice el superior de la misma rama. Ahí conocí a mi compañera, nos hicimos muy buenas amigas incluso fuera de clase y me ha ayudado un montón, nunca he sido de pedir ayuda con esto, me cuesta sentirme estúpida a veces, pero ella siempre se sentaba a mi lado y me decía que ella me ayudaba, sobre todo siendo mi “traductora de números” o corrigiendo mis ejercicios cuando veía que mi corrector ortográfico me marcaba una palabra en rojo pero yo no tenía ni idea de porqué.
El otro día nos avisaron de que iban a venir a darnos una charla. No importa el tema, pero iba a haber muchos números, fórmulas, estadísticas y Excel. Me eché a reír, porque ya me vi ese día. Y sinceramente desde que soy adulto, y más desde que tengo el diagnóstico, siempre he procurado tomarlo con humor. Pero en el fondo me frustré de antemano sabiendo que mi cerebro tarde o temprano iba a colapsar. Sobre todo con el Excel y sus fórmulas. Es una pesadilla para mí. Cómo hago a veces, bromeé acerca de que ya me dolía la cabeza solo de pensar en la charla y entonces mi compañera soltó: Es que si vas con esa actitud, seguro que lo confundes.
Me sorprendí porque la vi molesta de verdad. Le recordé tranquilamente que no era algo que yo pudiera prevenir, no era algo que pudiera evitar o eliminar. Le dije como ejemplo que un daltónico siempre iba a confundir los colores por mucho que alguien le dijese que no lo hiciese, y de la misma forma yo siempre tendría problemas con los números y las letras. Pues me giró la cabeza y me soltó con desprecio que vale, lo que tú digas.
No supe qué decir así que me callé. Es cierto que forzarme a escribir y leer mucho ayudaron durante años con la dislexia. Pero no con los números, eso una. Y dos. Aunque practicar haya ayudado, es eso, una ayuda. Sigo confundiéndome a diario, mucho. Tengo que tener supervisión para temas del banco y necesito dos o tres tipos de correctores diferentes para ayudarme a escribir. No os penséis que yo escribo así de buenas a primeras. Es un trastorno que siempre voy a tener. No es cuestión de actitud, es mi realidad. No me lo puedo quitar o poner según me apetece. Y el día de la charla aunque me lo tome con humor y alegría mi cerebro tendrá problemas para procesar lo que me digan nada mas empezar. Lo que más odio es que nunca tuvo esa actitud conmigo, pero cada vez más, me mira así y suelta ese tipo de comentarios. Intenté abordar el tema con ella como adultos, pero me da la razón como a los tontos, resopla y me cambia de tema.
¿Es un problema mío? ¿Estoy haciendo algo mal?
