Para ti, lo peor y lo mejor que me ha pasado en la vida:
A los 13 años, mi tía tomó la mejor/peor decisión de su vida: ponerme un profesor particular de matemáticas. Aún recuerdo el día en el que entraste por la puerta. Aún me acuerdo de lo alucinada que me quedé. Pensarás que exagero, pero en ese entonces no había visto a nadie igual. Por desgracia, las clases fueron pocas, porque me hospitalizaron por mi trastorno alimenticio.
Pasaron tres años sin ni siquiera acordarme de tu existencia y tú aún menos de la mía. Cumplí los 16 y tú los 23. Nos vimos de casualidad en las fiestas de tu barrio. Intercambiamos Instagrams, pero en breves desapareciste. Tú aún no lo sabes, pero ahí ya me gustabas.
Pasó el tiempo y no sé por qué razón se me hacía imposible no pasar un solo día sin pensar en ti. Diciembre de 2017: Mis 18. Mi queridísima y esperada mayoría de edad. Yo aún estaba… bueno, ya sabes, “wish you were here”. Febrero de 2018: Vuelves a mi vida. Tú ya tienes los 25. Dios mío, qué fuerte, no has cambiado nada. “¿Quieres que quedemos para tomar algo y nos ponemos al día?” Pues ya ves, mandando fotos a mis amigas de modelitos 5 días antes de vernos. Llegó el día. Andaba hacia la cafetería y te vi. Te vi mirándome y empezaste a sonreír. Escúchame: me-de-rre-tí. Qué guapo estás. Me empiezas a contar tu vida. Joder, hasta pagaría por escucharte durante horas. Hostia, ¡ya has acabado el máster de ingeniería!
Hablando y hablando, acabamos los dos en tu moto de camino a mi casa. Esa fue nuestra primera noche. Aunque para mí, literalmente la primera con alguien. Empezamos a vernos cada vez más. Mierda, me acabo de dar cuenta de que no puedo decirte que no. ¿Es que te estás volviendo una aducción? ¿Una debilidad? Me daba igual. Cada vez quería más y más. Diciembre 2018: ¡Felices 19, Sara! Y de regalo, un viaje a Londres. Nuestro primer viaje. Joder, me encantó descubrir Londres contigo. Sobre todo la cama del hotel. Cómo me pone que sepas tanto inglés y que lo pronuncies tan bien.
Llegamos de nuevo a Barcelona y estás un mes sin dar señales de vida. No entiendo nada, ¿dónde te has metido? ¡Te necesito! Espera… ¿lo necesito? ¿Estoy enamorada? Jo.der. Pues sí. Una noche bebo hasta perder el conocimiento. Una amiga te encuentra en mis contactos así que te llama. Llegas tú, esta vez con el coche (y menos mal), y me llevas a tu casa. Me desvistes, me pones una camiseta tuya, me acuestas en la cama y me tapas. No sin antes darme un beso en la frente y acariciarme la mejilla. Días después te vas de nuevo. Luego vuelves. Luego te vas. Eres intermitente y yo fija. Madre mía, qué putada.
Hace exactamente dos semanas que decidí acabar todo esto. Tienes que saber que sigues siendo mi debilidad. Que sigues siendo mi hilo rojo y la persona con la que quiero encontrarme de nuevo dentro de 5 años. Sigo queriéndote. Dios mío, te juro que más que a nada en este mundo. Estoy enamorada de ti y te quiero como no he querido a nadie, Gerard. Pero tengo que poner una distancia de por medio. Al menos hasta que sientas lo mismo que yo.