Hay cosas que para mí son antinaturales, cosas que no se le pasarían a nadie por la cabeza. Pero hay personas que nunca dejan de sorprenderme.
Cuando me divorcié de mi marido, no fue un divorcio traumático. Para resumir, se podría decir que existían diferencias irreconciliables. Entre ellas, que él no trabajase y se gastase todo mi dinero, que no hiciese nada en casa y que me mintiese para irse a jugar al pádel cuando se suponía que estaba en una entrevista de trabajo. Eran cosas feas; sin embargo, el divorcio fue pacífico. Lo malo vino después. Eso que se dice que uno conoce de verdad a la pareja en el divorcio es cierto. Cuando ya estuvo seguro de que todo estaba firmado, enseñó su verdadera cara. Malas contestaciones, problemas con el trato a nuestra hija en común, que solo tenía dos añitos, en fin, dramas varios que hicieron que no nos pudiésemos ni ver.
Cada día estaba más segura del paso que había dado al separarme de él y, a pesar de tener una hija en común, esperaba tenerlo lo más lejos de mí que fuese posible.
Pero se ve que lo de la separación no era un concepto que él tuviese demasiado claro. Pocas semanas después de que rompiésemos la relación definitivamente, mis tías dieron una fiesta. En mi familia es tradición que nos juntemos todos el día del cumpleaños de mi abuelo. Ese fin de semana le tocaba a mi pequeña pasarlo con su padre, así que, con toda mi pena por no poder contar con ella, me fui a casa de mis tías. Aquellas celebraciones estaban muy bien, todos aportábamos algo de comida, se compraban bebidas, nos bañábamos en la enorme piscina que había en la casa y, por la tarde, mis primos, que son casi todos músicos, amenizaban la velada.
No hacía ni una hora que había llegado a la casa de mis tías, cuando vi a una de mis primas venir hacia mí con la cara desencajada. No sabía cómo decirme que mi exmarido se había presentado allí con mi pequeña. Al principio, mis tías pensaron que había ido para traer a la niña y que no se perdiese el cumpleaños de su bisabuelo, pero nada más lejos de aquello. Entró a la fiesta con las manos vacías y estuvo comiendo, bebiendo, bañándose y hablando con todo el mundo (menos conmigo, claro) como si allí no pasase nada. Toda mi familia estaba flipando. Nadie se atrevió a decirle nada por no montar un espectáculo en el día de mi abuelo que el pobre, con casi noventa años, no entendía si es que nos habíamos reconciliado o qué era lo que pasaba allí. Estuvimos todos bastante incómodos, menos él, al parecer, que comía y bebía como un cochino.
Aquel día no le dije nada, pero al día siguiente le llamé y le dije que no me parecía bien que se plantase en las fiestas de mi familia. Que había sido incómodo y que no entendía qué hacía allí. Y él, con toda su cara, me dijo que, que nosotros ya no estuviésemos juntos, no significaba que se tuviese que llevar mal con mi familia y que había ido para que nuestra hija asistiese a la fiesta. Le indiqué que la próxima vez me avisase de que me dejaba llevar a la niña en lugar de presentarse él sin estar invitado, pero no me contestó.
En fin, fue un momento desagradable, pero pensé que se quedaría en una anécdota. Unos meses después, una de mis primas decidió celebrar su cumpleaños para toda la familia en la terraza de su edificio. Como siempre, todos aportábamos algo y pasábamos un buen rato juntos. En esta ocasión, la niña estaba conmigo, así que nos fuimos a pasar un día en familia. Cuál no fue mi sorpresa cuando, al llegar, me encontré a mi exmarido charlando con el marido de mi prima mientras le ayudaba a encender la barbacoa. No me lo podía creer, no entendía qué pintaba allí. Mi prima, muy avergonzada, me dijo que se había plantado en la puerta y que le había dado vergüenza decirle que se fuese. Lo entendí, es que era algo surrealista. Nadie le había invitado. Por lo visto, se enteraba de las fiestas porque mi pequeña se lo contaba. A ella le hacía ilusión y, desde que se enteraba de que teníamos algún evento de ese tipo, se tiraba varios días dándole vueltas. Y claro, él con toda su cara se autoinvitaba.
Aquel día le pedí amablemente que se marchase. Que se tomase algo y que nos dejase tranquilos. Que todos estábamos incómodos allí y que por favor no lo volviese a hacer. Y él, muy digno, me dijo que se llevaba muy bien con el marido de mi prima, cosa que no era verdad, porque el pobre solo había sido amable con él por educación, y que no se pensaba ir a ningún sitio.
Así que nada, otro día echado por la cara dura de este personaje. Desde ese momento, siempre que me voy a juntar con mi familia, procuro no contar nada a mi pequeña para que no llegue a oídos de su padre. De esta manera, intento evitar que nos ponga a todos en una situación violenta. Pero él sigue importunando a mi familia. Llama a mis tías, cosa que no había hecho nunca cuando estábamos casados, para ver cómo están y sondear si hay algún evento a la vista. También lo intenta con mi padre, que ya ni le coge el teléfono. Incluso se ha llegado a presentar en casa de mi abuelo y se ha autoinvitado a comer.
Así sigue la cosa. Intentando evitar a este señor que parece no darse cuenta de que hace cosas que no son lógicas y que encima se hace el ofendido si le dices que no tiene el derecho de presentarse allí. Va a llegar un momento en el que la cosa se va a poner fea y a alguien se le van a inflar las gónadas y no le va a dejar entrar. No entiendo por qué fuerza tanto la situación, qué es lo que anda buscando, pero desde luego es algo que tiene toda la pinta de que va a ir a peor y de que al final, terminará en desastre.
