Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Mi hija de ocho años me ha dicho que no quiere ser gorda como yo. Yo he luchado contra el sobrepeso toda la vida, no desde niña, pero sí desde adolescente. He tenido épocas de estar más gorda, menos gorda, pero a raíz del divorcio del padre de mi hija he engordado veinte kilos y lo cierto es que estoy más gorda que nunca. Lo que pasa es que no estoy en una buena situación mental para hacerle frente. Es algo que he ido postergando y que pretendo hacer, pero ahora mismo es lo que hay y estoy intentando mantenerme a flote por mí y por mi hija.
Por eso lo que me dijo me ha dejado muy tocada. No sé de dónde lo saca, no sé si le han dicho algo en el colegio o ha visto algo en la tele o si me compara con los primeros referentes que empieza a tener de música y series. El otro día estábamos cenando las dos, me estaba contando sobre una función que va a hacer en el colegio y el disfraz que se va a poner y de la nada, entre bocado y bocado, me suelta:
—Mamá, ¿tú crees que yo de mayor voy a ser gorda? Es que no me gustaría ser gorda como tú.
Me pilló totalmente fuera de combate. Conseguí aguantarme las lágrimas porque en el fondo no hizo más que desatar mis propios demonios. Le dije que no tenía por qué, que ella sería una persona que tomaría sus propias decisiones, que yo le ayudaría a comer lo más saludable posible y a gestionar bien sus emociones. Y que, en el caso de que le tocase ser gorda como mamá o que en el futuro lo fuera, tampoco pasaba nada, que no era ningún problema.
Pero me sentí un poco mentirosa, porque le dije eso sabiendo que era lo que debía decirle, pero no me lo creo ni yo cuando estoy sufriendo por estar gorda. Y me siento fatal pensando cómo voy a convencerla de que ser gorda no es malo cuando yo misma estoy en la mierda.
