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MI HIJA SUFRE MALTRATO Y NO SÉ CÓMO AYUDARLA
Tengo una hija que ya no es una niña, pero es la única chica: sus hermanos mayores son varones. Así que estoy lidiando con mi primera —y última— adolescencia femenina. Está siendo un proceso intenso, más aún teniendo en cuenta que yo también estoy en plena revolución hormonal, aunque en el sentido contrario.
Mi hija está a punto de cumplir 16 años. Es una joven con carácter, con las ideas claras, buena estudiante y con un grupo de amigas sólido, que se mantiene desde la escuela primaria. Hasta aquí, todo dentro de la normalidad. La relación con sus hermanos es buena, especialmente con el mediano, con quien siempre ha compartido planes, ya que entre los tres no se llevan más de cinco años.
Todo era estable… hasta que apareció el novio.
No es la primera pareja que entra en casa: sus hermanos mayores han tenido relaciones y, en su momento, todo se gestionó con normalidad. Sin embargo, esta vez empezaron a aparecer señales que nos hicieron desconfiar. Esa sensación incómoda de que algo no encaja y no puedes dejar de darle vueltas.
Lo primero que detectamos fue una recaída en su TCA, que hasta entonces estaba controlado: un día desayuna, otro no; tira el bocadillo del instituto; deja de comer… y luego se da atracones. Sus amigas, que conocen la situación, me avisaron. Hablé con ella, establecimos normas y retomamos con más frecuencia las sesiones con su psicóloga, que hasta ese momento estaban más espaciadas porque ella se encontraba estable.
Tengo la suerte de haber construido con mis hijos una relación de mucha confianza. Soy la primera persona a la que acuden para contar lo bueno y lo malo. Eso no ha sido casual: ha habido años de crianza, de conversaciones, de insistir incluso cuando parecía que hablaba para una pared. Y, por suerte, algo de todo eso ha quedado.
Poco a poco, mi hija empezó a explicarme comportamientos de su pareja: comentarios inadecuados, manipulación emocional, actitudes de control. Para mí eran señales evidentes, pero ella está en su primera relación y trata de entenderlas, de justificarlas, de gestionarlas.
Con el tiempo, fui viendo el patrón. Por ejemplo: si acuerda dormir una noche fuera, él insiste hasta el agotamiento para que se quede más tiempo. Yo me mantengo firme y ella vuelve cuando corresponde, pero en una conversación me soltó algo que me hizo saltar todas las alarmas:
“Si no insisto en quedarme, él dice que es porque no quiero estar con él. Que si le quisiera de verdad, insistiría más”.
A partir de ahí, todo encajó. Cuando él se enfada —por cualquier motivo absurdo— se va y la deja sola donde estén: en la ciudad, en el pueblo, en la montaña o en la playa. Se niega a hablar para resolver conflictos. Le monta escenas si no contesta al WhatsApp. La responsabiliza de su enfado constantemente.
He ido trasladando toda esta información a su psicóloga para que puedan trabajarlo y ayudarla a establecer límites claros. Pero la situación ha ido a más.
Hace unas semanas, después de una discusión, llegó a casa completamente desbordada y confesó que él le dice que su familia quiere separarlos, que no aceptamos la relación. Nada más lejos de la realidad: lo único que hemos hecho ha sido intentar sostenerla y ayudarla.
También le dice que sus amigas no son verdaderas amigas, porque le piden que pase tiempo con ellas. Según él, si lo fueran, entenderían que debe estar con él los fines de semana. El resultado es evidente: mi hija ha empezado a aislarse. Está cerrando su círculo.
El chico tiene 17 años. No estudia ni trabaja. Su única ocupación es estar pendiente de mi hija. Ella misma lo ha verbalizado, y no con orgullo, sino con angustia:
“Si al menos hiciera algo, me dejaría tranquila en clase. Pero como no tiene nada que hacer, está todo el día pendiente de mí, y se enfada si no le contesto o si hablo con otra gente”.
Ante esto, hemos actuado. Su padre y yo —estamos divorciados— y su psicóloga hemos acordado con ella una serie de límites claros, concretos y trabajados. Uno de ellos es innegociable: una parte del fin de semana debe dedicarla a sus amigas. Ha conseguido retomar el contacto con ellas, y ver que vuelve a vincularse con su grupo ha sido un pequeño alivio.
Aun así, vivo en un equilibrio constante y agotador. No puedo apretar demasiado, porque es adolescente y sé que eso puede empujarla en la dirección contraria. Pero tampoco puedo mirar hacia otro lado. Así que estoy ahí: sosteniendo límites que intenta erosionar poco a poco, coordinándome con su psicóloga, manteniendo comunicación con su padre —con quien llevo diez años divorciada y cuya vida me importa más bien poco— y gestionando una preocupación constante que no da tregua.
Y, sinceramente, estoy agotada.
Mi hija sabe, en el fondo, que esta relación no va a ningún sitio. Lo verbaliza. Pero no puede salir. Y yo, mientras tanto, convivo con una impotencia enorme… y con unas ganas muy poco pedagógicas de ir a buscar a ese chico y dejarle claras un par de cosas por la vía rápida.
