Nunca me he llevado bien con mi madre. Ni yo ni nadie. Parece que siempre ha estado en guerra con el mundo porque nadie le rinde la suficiente pleitesía.
Siempre pensé que en algún momento la razón haría acto de presencia, pero la edad lo único que hace es empeorar las cosas, en todos los sentidos.
Obviamente, no me acuerdo de cuando nací, pero solo hay que ver las fotos de aquella época. Mi madre aparece apática, muy sería cuando me miraba. Solo salía sonriendo cuando estaba sola. Cuando le preguntaba de pequeña por mi nacimiento, siempre me respondía que había tardado muy poco en recuperar su peso. Porque sí, esa siempre ha sido su máxima preocupación: su aspecto físico. Dicen que ser guapa puede ser una maldición, y en el caso de mi madre eso se ha cumplido. Ha sido una mujer extraordinariamente guapa, y en eso ha invertido grandes cantidades de tiempo y dinero. Quizás por eso cuando hablaba de mi nacimiento en lo único en lo que hacía hincapié es en lo delgada que se había quedado al tenerme, porque se machacó a base de dietas milagro y quedó estupenda «a pesar de mí».
En mis primeros años de vida recuerdo a una mujer distante. No recuerdo ni un beso ni un abrazo. Sí de mi padre y de mis abuelas, que me querían con locura y así lo demostraban. De mí madre no recuerdo ni una sonrisa. Parecía que mi presencia la molestaba, por lo que siempre intentaba pasar desapercibida de chiquitaja. Me volví una niña callada e introvertida, pues cuando ella se enfadaba su ira podía ser terrible. Desde muy pequeña aprendí que una mala mirada, contestación o grito fuera de lugar podía dar paso a una larga serie de bofetones. Así que no conocí más forma de expresarme que la de guardar silencio.
Cuando nació mi hermana, todo fue a peor. Me dejaron una temporada con mi abuela paterna y cuando volví a casa me encontré con que me habían reemplazado. Mi madre ni me miraba y se derretía de dulzura con su nueva adquisición. La llamaba «mi alhelí». No recuerdo que para mí tuviera ningún tipo de apodo.
Mi hermana se convirtió en su niña dorada. La compraban todo tipo de ropa, juguetes, dulces. Creció con una madre completamente diferente a la que yo había tenido, y desde muy temprana edad, mi hermana se dio cuenta del favoritismo, porque las peleas conmigo empezaron muy pronto y, oh casualidad, siempre era ella la que salía airosa. Mi madre la daba toda la cancha del mundo, por lo que en las discusiones, yo siempre me la cargaba incluso antes de empezar. Hasta donde llegaría la cosa que hasta las hermanas de mi madre, ante el percal, le llamaron la atención, diciéndole que se cortara un poco con el tema del favoritismo. Mi madre siguió a su rollo, y con eso consiguió que mi hermana y yo nos convirtiéramos en enemigas a morir. Hoy por hoy, ni siquiera nos hablamos.
En primaria nos dimos cuenta de que yo era una estudiante atroz y los profesores recomendaron a mís padres que me ayudarán con los deberes. Mi padre se pasaba el día trabajando y era difícil que me vigilará con las tareas, por lo que fue mi madre la que tuvo que ayudarme. ¿Cual fue el método que usó? Pues que cuando yo no entendía algo, ella me gritaba el título del enunciado para decir luego: ¿lo entiendes? ¿LO ENTIENDES? Y me cogía del cuello y me estampaba la frente contra el libro mientras yo lloraba y decía que sí, aunque obviamente no entendiera nada, porque eso de estamparte la cabeza contra el libro de texto no es una técnica de estudio muy eficaz, por mucho que mi madre se empeñara. Tampoco el gritarme una y otra vez lo tonta y estúpida que era.
Las palizas que me daba cuando llegaba al final del trimestre con varios suspensos eran de órdago. Pero el problema era yo, que debía ser subnormal (palabras textuales). En una de esas, preocupada por la vergüenza de tener una hija retrasada (palabras textuales de nuevo), me llevó a mi pediatra y le dijo que me hiciera pruebas, que seguro que tenía algo. El pediatra estuvo hablando conmigo, y concluyó que yo era una niña perfectamente normal, aunque un poco retraída y tímida.
Al llegar a casa, recuerdo que mi madre le dijo a mi padre: pues nada, que la niña es retrasada. Ha salido a tu familia, porque en la mía no hay nadie así.
Es devastador sentir que tu madre no te quiere. Duele infinito no saber qué has hecho para merecer ese trato, porque no creo que fuera mala niña. Creo que mi único crimen fue no ser como ella quería que fuera.
La adolescencia fue un infierno. Una época que aún me duele, porque no supo estar a la altura. Nunca lo estuvo. No entraré en detalles, pero estuve varios años ahorrando y cometiendo muchas locuras solo por irme de casa y no seguir aguantandola más.
Hoy por hoy, tengo mi propia casa, estoy casada y tengo dos hijos. Y desde que nacieron los niños, mi madre va de super abuela: no para de decir a todo el mundo lo mucho que quiere a sus nietos, que nos ayuda todos los días con ellos y que incluso los niños la llaman con apodos especiales.
Todo mentira. La realidad es que solo los ve cinco minutos a la semana como mucho y no nos ayuda absolutamente en nada. Los niños no saben ni quién es y a mí siempre me ha machacado porque dice que como madre lo hago todo mal porque no tengo mano dura ni hago lo que ella hacía (todo un piropo). Pero lo peor es que, a raíz del nacimiento de mi hijo pequeño -que resulta que se parece un poco a ella fisicamente-, cuando viene, ignora al mayor. Le dice hola de refilón y solo tiene ojos para el pequeño, repitiendo los mismos patrones que cuando yo era pequeña. A mí hijo mayor le da igual porque ya digo que ni la conoce (tiene dos años), pero a mí me duele saber que existe la posibilidad de que vuelvan los favoritismos y que de nuevo «tenga un elegido».
Ya estuvo sobre la mesa la posibilidad de cortar contacto del todo con ella, y estuvieron a punto de cortarse las relaciones, pero ella amenazó con denunciarnos por no dejarle ver a los niños. Se ve que le gusta tenerlos de complemento.
Cada vez que viene yo casi ni la hablo. Pero ella viene, me sonríe, me da los abrazos que no me daba de pequeña, arrulla a mí hijo pequeño, me dice lo guapos que están, lo mal que estoy haciendo al no bautizarles y se larga. Y ya no volvemos a saber de ella hasta que le da por venir una semana después. Y vuelta a empezar.
La realidad es que no la soporto. La realidad es que la odio. Y que daría lo que fuera por no verla más y que mis hijos no tuvieran relación con ella.
Es lo que tiene el narcisismo. Que termina de quemar todo lo que te rodea.
