¿Sabéis ese capítulo de Sexo en Nueva York en el que Samantha (mi personaje favorito de la serie) no puede dejar de mirar y fantasear con su vecino buenorro, aunque ella tiene pareja en ese momento?
Pues eso me está pasando a mí. Yo tenía un vecino de rellano mayor, muy mayor. Y hace un año aproximadamente que murió. Sus hijos remodelaron su pisito y lo pusieron en alquiler.
Hace pocos meses que han conseguido un inquilino. El día que coincidimos en el ascensor, nos presentamos, le di la bienvenida al bloque y poco más. Un chico de unos treinta años, alto y tirando a musculitos. Parco en palabras, así que tampoco me pude hacer una opinión completa.
Pero ha llegado el buen tiempo. Y yo acostumbro a tomarme un café con hielo por las tardes en mi terraza, mientras leo un ratito. Es mi momento de paz. El otro día empecé a escuchar ciertos ruiditos que no sabía identificar, provenientes de la terraza de al lado. Disimuladamente me asomé, haciendo ver que limpiaba de malas hierbas mis macetas, y me veo al vecino en pantalón corto y a pecho descubierto, de espaldas a mí, haciendo pesas. ¡Me cago en mi vida! ¿Pero eso es normal? ¿¡Todo eso!? Todo músculo, sudado, bronceado… Una no está acostumbrada a ver esas cosas tan de cerca y se me hacía la boca agua.
Me agaché un poco, parapetada entre el muro de mi terraza y las flores de mis macetas, y me quedé un rato mirando esa maravilla de la creación, sin poder quitarle los ojos de encima, evitando hacer cualquier tipo de ruido que me delatase.
Cuando acabó su entreno, recogió y entró, supongo que a darse una ducha. He de confesar que esa noche mi marido me “buscó” y me encontró receptiva. Y confieso que, con la luz apagada y los ojos cerrados, no pude evitar pensar en el vecino.
Y para mi desgracia esto se ha convertido en costumbre. Mis tardes de café y lectura en la terraza se han hecho sagradas. No permito que nadie las interrumpa por nada. Incluso he llegado a cancelar o posponer algún plan, para no perderme el espectáculo que me ofrece mi vecino. No obstante, una de esas tardes, me tropecé con la pata de la mesita de la terraza. Se giró, me vio, sonrió (supongo que no pude esconder al cien por cien mi cara de embeleso), me saludó y yo a él. Y siguió, pero haciendo más posturitas que de costumbre. Ahora casi cada tarde, lo veo mirar a ver si estoy y si nuestras miradas se cruzan, me saluda. Creo que es evidente que le gusta gustar. Le encanta ser admirado. Y no pudo negar que yo lo admiro. Lo que no puedo controlar es que, si su sesión de entreno ha sido especialmente dura, esa noche soy yo la que busco a mi marido, porque voy cachonda perdida.
Pero hace una semana que mi rutina de contemplación se ha suspendido. El otro día mi marido no respetó mi sagrado momento y entró en la terraza para comentarme algo de sus padres. Me pilló extrañamente alterada, se asomó a la barandilla y ató cabos.
Que qué poca vergüenza. Que qué es eso de espiar al vecino. Que si fuese al revés (que él mirase a una vecina tomar el sol, por ejemplo) ya le habría caído la del pulpo. Que no sabe qué le veo al vecino que no tenga él (bendita inocencia, yo sí que lo sé). Que si eso es lo que me provoca que últimamente esté más dispuesta. Que a eso que estoy haciendo casi se le puede considerar infidelidad…
Total, que mi marido no me habla, sólo lo imprescindible, no me toca, pero no me deja sola cada vez que salgo a la terraza.
