Hace unos meses ha llegado a mi mundo una pequeña pero gigantesca revolución: un bebé. Por ahora puedo decir que ha sido la cosa más maravillosa que he hecho en la vida, el ser mamá me está llenando la vida y el corazón. Lo malo de la maternidad, no sé si pensáis lo mismo, es todo lo que no tiene que ver con la maternidad: el mercado laboral que nos obliga a estar activas a los 4 meses y en general, la vida moderna llena de presiones en la que nos movemos.
La cuestión es que, como la mayoría de las mamis, a los cinco meses me tuve que incorporar a trabajar. Se me partía el corazón de pensar en dejar a mi retoño solo (bueno, con su papá), sin mí, que llevábamos sin separarnos 14 meses desde el día en que apareció en mi barriga. Lo pasé fatal. No paraba de llorar.
Pero además del hecho de separarme de él lo que me angustiaba profundamente era el tema de la comida. Él tomaba lactancia materna exclusiva y todavía no podía empezar a comer sólidos, con lo cual tenía que sacarme leche los días de antes para que su papá le pudiera dar el biberón con mi leche. Nunca ha querido el biberón, lo ha rechazado siempre. Así que yo me iba a trabajar muerta de dolor y angustia.
Soy profesora en un instituto privado en el que no me dan facilidades para cogerme ni un día más de los que me corresponden por maternidad. Así que volví al trabajo llorando y sufriendo, dejando a mi bebé muy preocupada. Procuro llevar jerseys o camisas holgadas, que no sé marquen mucho, porque mi cuerpo ha cambiado y tengo unos pechos enormes, que no quiero que llamen la atención. Además, me pongo discos de lactancia para que recojan las gotas que se me escapan de leche y no me manchen la ropa.
Uno de los primeros días de mi reincorporación me llamó mi marido y me contó que nuestro hijo no había querido tomar nada de biberón y que no paraba de llorar desde que me había ido. Así que la que se puso a llorar fui yo y me fui a dar mi clase en un estado lamentable. El caso es que, durante la clase, aprovechando una actividad que estaban haciendo mis alumnos, miré un segundo el móvil sin que me vieran y vi una foto de mi bebé sonriendo y feliz y que me acababa de mandar el papá para que me relajara. Sonreí de felicidad y la locura de las hormonas se desató y se desató tanto que de repente noté cómo todos mis niños me miraban y se reían, cada vez con menos disimulo. Hasta que noté humedad en la camiseta y miré para abajo… Me habían brotado dos manchas gigantescas de leche en los pechos.
¡Tierra, trágame! No sabía dónde meterme. Tuve que tirar de todo mi autocontrol y templanza para no salir corriendo y, en cambio, les expliqué que era un proceso normal en el cuerpo de las mujeres que se hacen madres y que las hormonas nos ayudan a alimentar a los bebés y cuando pensamos en ellos, los vemos o escuchamos, segregamos más leche en un mecanismo biológico ancestral mágico.
Mal que bien salí del paso y seguimos con la clase. Pero en buena hora les expliqué eso, cuando quieren son muy espabilados y atienden a lo que les interesa. Se ve que esa lección la aprendieron muy bien, porque a partir de entonces no hay clase en la que no suene un llanto o risa de bebé ni hay día en que llegue a clase y no me encuentre fotos de bebés adorables en la puerta o la pizarra. Incluso les ha dado por recortar cartones de leche y hacer collages muy creativos por todo el instituto.
Lo estoy llevando sorprendentemente bien, dar el pecho es algo que me encanta y que no voy a dejar de hacer por una panda de adolescentes graciosillos. De hecho aprovecho muchas ocasiones para contarles cosas del tema, ya que estoy aprendiendo una barbaridad y me parece fascinante. Pero lo cierto es que empiezo a estar harta del asunto y de las risitas y creo que no lo voy a aguantar mucho más. ¡Así que si sabéis de algún instituto que busque profesores de lengua avisadme!
