Mis »amigas» las ratas

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    Loversizers on #871305

    La historia que voy a contaros pertenece a mi más tierna juventud, a esa edad dorada en que dejamos el colegio, pasamos al instituto y empezamos a salir con las amigas, a forjar nuestros círculos sociales y a ver cómo nos vamos desenvolviendo en la vida.

    Fue durante el verano previo a primero de Bachillerato. Tras el viaje de fin de curso y teniendo en cuenta que ese año cumplía los 18, mi madre decidió que podía darme la confianza suficiente como para no tener que volver a casa antes de que anocheciera, así que decidí disfrutar el verano a tope. Cabe destacar que yo por aquella época no conocía a mucha gente, apenas había salido anteriormente y no me llevaba especialmente bien con mis compañeras del colegio a excepción de Isabel, una chica que, al igual que yo, estaba un poco apartada del resto del grupo y con la que había trabado amistad durante el viaje de fin de curso. Empecé a salir los fines de semana con ella y con su hermana, y en ocasiones nos acompañaban un par de amigas suyas con las que congenié muy bien desde el primer día. Solíamos volvernos como muy tarde a las 02:00 porque, a pesar de que Sofía, la hermana mayor de Isabel tenía carnet de conducir y coche, no lo cogía nunca con el pretexto de que le daba miedo rallarlo con las columnas del garaje, lo cual a mí me resultaba bastante raro, ya que llevaba al menos un par de años en posesión del carnet. Y claro, si llamábamos a los padres de alguna de nosotras para que nos recogieran tampoco era plan despertarles a las tantas. Yo les propuse en varias ocasiones pedir un taxi, que era lo que mi madre me había recomendado, pero ellas se negaban rotundamente: decían que les daba miedo, que a ver si el taxista les iba a hacer algo, que seguro que se iba antes de que entrasen al portal…

    Yo les hice ver varias veces que si alguien podía tener ese miedo era yo, que al fin y al cabo a ellas las dejaría el taxi en su casa antes que a mí, que vivía a la otra punta de la ciudad, pero ni por esas logré convencerlas nunca de quedarnos hasta más tarde y coger un taxi. Total, que yo todos los fines de semana salía con muchas ganas pero un poco decepcionada, porque además rara vez hacíamos algo que no fuera dar una vuelta y, como mucho, entrar a una discoteca en la que sólo solía estar el camarero, que dicho sea de paso era primo suyo y nos solía invitar a una copa. Era yo siempre quien tenía que tirar del carro a la hora de proponer planes, y si íbamos a un bar o a por algo de cena, normalmente sólo consumía yo. Por ejemplo, en una ocasión en que nos íbamos a quedar hasta más tarde propuse pillar algo de cena en un Burger antes de ir a la discoteca y ellas aceptaron; yo me pedí un menú y ellas un vaso de agua cada una. Cuando les dije que si no querían cenar me lo podrían haber dicho y lo habría pedido para llevar, me dijeron que no tenían hambre. Sí, no tenían hambre, pero al cabo de un rato tuve que echarles el freno para que no me dejaran sin patatas. Y diréis, ‘’igual andaban mal de dinero las pobres’’, pues no: en varias ocasiones en las que las vi abrir el monedero, me fijé en que solían llevar billetes de 50€, cosa que yo en mi vida me he podido permitir y menos aún dependiendo de mis padres.

    Así que yo, que había empezado mi primer verano de semilibertad, el verano del año en que por fin me llegaría la ansiada mayoría de edad con unas ganas increíbles de salir, de hacer planes, de conocer nuevos lugares y nuevas personas, veía como mis ilusiones se iban desinflando poco a poco ante mis ojos por culpa de los muermos de mis amigas, quienes evitaban a toda costa hasta el  más mínimo gasto.

    Hasta que un día me harté, y me harté por el bochorno tan espantoso que me hicieron pasar.

    Resulta que en mi ciudad hay un bar ubicado en la última planta de un centro comercial, un bar con una terraza preciosa y enorme que suele estar a reventar de gente tanto por lo ideal del sitio como por la variedad de bebidas y el buen ambiente. Yo había ido alguna vez en invierno, y las veces que había ido en verano me había tocado quedarme dentro del local al no haber sitio fuera, pero ese día tuvimos suerte; normalmente reservan las mesas grandes para grupos, es decir, si hay una mesa para seis personas y llega un grupo de tres siempre tratan de ubicar al grupo más pequeño en un sitio más adecuado, y mira tú por dónde aquella noche quedaba libre únicamente una mesa para seis personas, que era justo el tamaño de nuestro grupo. Total, que yo estaba encantada con nuestra mesa separada del resto por una celosía con enredaderas, echando un vistazo a la carta de bebidas y tratando de decidirme entre las contundentes cervezas artesanas o los cocktails de fantasía, y la verdad es que mis amigas parecían tan encantadas como yo mientras charlábamos animadamente y comentábamos que caray, para ser bebidas tan buenas y elaboradas no estaban nada mal de precio. Llegó el camarero, pedí una jarra de cerveza y mis amigas dijeron que aún no habían decidido; el camarero se marchó, volvió al rato con mi cerveza y preguntó a las señoritas que qué iban a tomar. Señoritas número uno y número dos, es decir, Isabel y Sofía, dijeron que ellas no iban a tomar nada, y el resto de señoritas dijeron lo mismo. Miré al camarero abochornada, el camarero me miró a mí, las miró a ellas y dijo que debía dejarnos un momento, que enseguida volvía.

    Os juro que, a pesar de que la jarra de cerveza estaba helada, pude notar perfectamente el calor que me subía desde el estómago hasta las orejas pasando por mis mejillas, que debían estar al rojo vivo, y el enfado pudo a la vergüenza cuando les espeté que de qué coño iban, que si no querían tomar nada lo hubieran dicho y habríamos hecho otra cosa en lugar de ir a un bar. ‘’Pero si hemos venido por ti, que tenías muchas ganas’’, dijo Isabel, toda cargada de razón. ‘’¡Pero que me da igual, que lo que no es normal es que vengamos seis personas a ocupar una mesa en un bar y sólo consuma yo, joder, que para eso nos habíamos quedado dando una vuelta!’’, insistí yo cada vez más enfadada.

    Y en estas estábamos cuando volvió a aparecer el camarero, esta vez medio escondido detrás del encargado, quien se acercó muy amablemente y volvió a preguntar a las ‘’señoritas’’ si habían cambiado de opinión y querían tomar algo. ‘’No, gracias, estamos bien’’, respondieron ellas despreocupadamente mientras metían mano al cuenco de patatas fritas que me habían traído A MÍ. ‘’Pues sintiéndolo mucho, señoritas, voy a tener que pedirles que se marchen’’. Cinco pares de ojos indignados se volvieron hacia el encargado; cinco bocas empezaron a atropellarse tratando de discutir con él: ‘’es que no hay derecho a esto’’, ‘’es que en ningún sitio nos han obligado a consumir nunca’’, ‘’es que nuestra amiga sí que está consumiendo’’…Y efectivamente ahí estaba yo, tranquilísima a esas alturas, tomándome mi cervecita mientras lamentaba que las patatas no fuesen palomitas. ‘’Por supuesto, por supuesto, su amiga está consumiendo’’, respondió el encargado, con la mayor cortesía en todo momento, ‘’y es libre de abandonar el local con ustedes si quiere, pero si prefiere quedarse a terminar su cerveza, por nuestra parte no hay ningún problema’’.

    Y así fue: se levantaron, cogieron sus bolsos, se encaminaron muy airadas hacia la salida y sólo entonces Isabel se giró al darse cuenta de que no las seguía; me miró confusa y antes de que tuviese tiempo de abrir la boca, levanté mi cerveza hacia ella y pegué un trago.

    Total, que se largaron y allí me quedé yo, agustísimo después de haber pasado uno de los mayores bochornos de mi vida, liberada por fin de un grupo de amigas con las que salía porque no tenía con quien salir y no por afinidad o amistad.

    Pero, ¿sabéis qué fue lo mejor de esto? Que el encargado me pidió por favor que me fuera a la barra, ya que aquella mesa era demasiado grande para mí. Y en aquella barra había dos chicas muy majas que se acercaron a mí al verme sola, les conté todo el percal, nos reímos muchísimo, intercambiamos redes sociales, empezamos a quedar y a día de hoy son dos de mis mejores amigas.


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    A
    Invitado


    A on #871377

    Dios mio, que panda de ratas tiesas…lo que hace la peña por no gastarse 2€ de mierda en una triste cerveza: el ridiculo. Y lo peor de todo es que te lo hacen hacer a ti tambiéon. Fue muy bochornoso pero imagino que la decepción de tener unas amigas así fue peor.
    Me alegro de que encontraras nuevas amigas en ese momento, debió de ser muy satisfactorio, cerrarles la boca a las tiesas.
    Una pregunta, después de aquello ¿Volviste a saber algo de ellas? ¿Te escribieron? ¿Te dijeron algo sobre lo que había pasado?

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    A
    Invitado


    A on #874514

    Uy que horror de «amigas», yo odio a la gente rata, que no vive ni deja vivir siempre coartando planes… puff de menudas petardas te has librado.

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    carla
    Invitado


    carla on #874701

    En mi pueblo habia uno que estaba forrao de dinero y en el bar se pedia una fanta con dos vasos para el y su señora. Ya sabeis porque tenia tanta pasta jajaja.

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    X
    Invitado


    X on #874797

    Q buena historia la de cómo conociste a tus amigas, buena ejemplificación de no hay mal que por bien no venga

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    CTA
    Invitado


    CTA on #874990

    Hola
    Uhhh eso no es nada,pero da vergüenza y se pasa fatal.
    Tenía yo una amiga que con 25si no era alguno más, era y sigue siendo de la ley del puño cerrao, super rata y para colmo pedigüeña. Ya trabajábamos y salíamos de cañas o cubatas, tardeo o noche, pues la chica PEpa por poner un nombre se pedia una consumicion o dos como mucho, si tenía más sed decía ¿Porfi me das un poco esque tengo sed o garraspera (como se dice en mi pueblo jajaja) ? Al principio le daba, pero más adelante me quitaba el vaso cuando le salía del potorro y ya le corté. No iba yo a pagarle sus fiesta y al día siguiente me decía el dinero que no se había gastado. Total que creo según ella un método de ligoteo, que daba vergüenza ajena, cada vez q lo hacía yo me hacía la longuis, le pedía a cualquier chico sin conocerlo ¿Hola porfi me das un trago esque tengo la garganta seca? Algunos colaba, hasta que un día uno le dijo mira por 5euros te lo dan gratis en la barra, aún la tía tonta insistiendo y el chico le dijo claro q no. Pero eso no es lo peor de lo peor, que da aún más grima, después de este método creo otro y sabeis que en las discotecas hay siempre vasos por hay de la gente que los deja cuando los terminan o lo que sea. Entonces Pepa cogía vaso por caso oloendolo y mirando al transluz y el que interesaba se lo bebía, así decisivamente, alguna vez se llevaba premio con algo dentro claro, que asco!!
    Y más cosas que se quedan en el tintero, que vergüenza ajena me hizo pasar, parecía Torrente. Jajaja ahora me río.
    Deje de irme con Pepa siempre quería fiesta ,que le inviten o rebuscar.

    Seguro que hay casos peores.

    Un saludo

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    Leuros
    Invitado


    Leuros on #875001

    Pues yo estaré muy loca, pero no veo tanta agarrada aburrida, veo chavalas jóvenes que DEPENDEN del dinero o del coche de SUS PADRES. A nadie que yo sepa nos dejaban salir sin un euro, igual de ahí los billetes de 50. Puede que fuese su «paga» de todo el mes y que incluyera que si querían comprarse ropa o algún capricho lo tuvieran que sacar de ahí.

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    Till
    Invitado


    Till on #913077

    Qué graciosa la anécdota!!

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Respuesta a: Responder #874514 en Mis »amigas» las ratas
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