La historia que voy a contaros pertenece a mi más tierna juventud, a esa edad dorada en que dejamos el colegio, pasamos al instituto y empezamos a salir con las amigas, a forjar nuestros círculos sociales y a ver cómo nos vamos desenvolviendo en la vida.
Fue durante el verano previo a primero de Bachillerato. Tras el viaje de fin de curso y teniendo en cuenta que ese año cumplía los 18, mi madre decidió que podía darme la confianza suficiente como para no tener que volver a casa antes de que anocheciera, así que decidí disfrutar el verano a tope. Cabe destacar que yo por aquella época no conocía a mucha gente, apenas había salido anteriormente y no me llevaba especialmente bien con mis compañeras del colegio a excepción de Isabel, una chica que, al igual que yo, estaba un poco apartada del resto del grupo y con la que había trabado amistad durante el viaje de fin de curso. Empecé a salir los fines de semana con ella y con su hermana, y en ocasiones nos acompañaban un par de amigas suyas con las que congenié muy bien desde el primer día. Solíamos volvernos como muy tarde a las 02:00 porque, a pesar de que Sofía, la hermana mayor de Isabel tenía carnet de conducir y coche, no lo cogía nunca con el pretexto de que le daba miedo rallarlo con las columnas del garaje, lo cual a mí me resultaba bastante raro, ya que llevaba al menos un par de años en posesión del carnet. Y claro, si llamábamos a los padres de alguna de nosotras para que nos recogieran tampoco era plan despertarles a las tantas. Yo les propuse en varias ocasiones pedir un taxi, que era lo que mi madre me había recomendado, pero ellas se negaban rotundamente: decían que les daba miedo, que a ver si el taxista les iba a hacer algo, que seguro que se iba antes de que entrasen al portal…

Yo les hice ver varias veces que si alguien podía tener ese miedo era yo, que al fin y al cabo a ellas las dejaría el taxi en su casa antes que a mí, que vivía a la otra punta de la ciudad, pero ni por esas logré convencerlas nunca de quedarnos hasta más tarde y coger un taxi. Total, que yo todos los fines de semana salía con muchas ganas pero un poco decepcionada, porque además rara vez hacíamos algo que no fuera dar una vuelta y, como mucho, entrar a una discoteca en la que sólo solía estar el camarero, que dicho sea de paso era primo suyo y nos solía invitar a una copa. Era yo siempre quien tenía que tirar del carro a la hora de proponer planes, y si íbamos a un bar o a por algo de cena, normalmente sólo consumía yo. Por ejemplo, en una ocasión en que nos íbamos a quedar hasta más tarde propuse pillar algo de cena en un Burger antes de ir a la discoteca y ellas aceptaron; yo me pedí un menú y ellas un vaso de agua cada una. Cuando les dije que si no querían cenar me lo podrían haber dicho y lo habría pedido para llevar, me dijeron que no tenían hambre. Sí, no tenían hambre, pero al cabo de un rato tuve que echarles el freno para que no me dejaran sin patatas. Y diréis, ‘’igual andaban mal de dinero las pobres’’, pues no: en varias ocasiones en las que las vi abrir el monedero, me fijé en que solían llevar billetes de 50€, cosa que yo en mi vida me he podido permitir y menos aún dependiendo de mis padres.
Así que yo, que había empezado mi primer verano de semilibertad, el verano del año en que por fin me llegaría la ansiada mayoría de edad con unas ganas increíbles de salir, de hacer planes, de conocer nuevos lugares y nuevas personas, veía como mis ilusiones se iban desinflando poco a poco ante mis ojos por culpa de los muermos de mis amigas, quienes evitaban a toda costa hasta el más mínimo gasto.
Hasta que un día me harté, y me harté por el bochorno tan espantoso que me hicieron pasar.
Resulta que en mi ciudad hay un bar ubicado en la última planta de un centro comercial, un bar con una terraza preciosa y enorme que suele estar a reventar de gente tanto por lo ideal del sitio como por la variedad de bebidas y el buen ambiente. Yo había ido alguna vez en invierno, y las veces que había ido en verano me había tocado quedarme dentro del local al no haber sitio fuera, pero ese día tuvimos suerte; normalmente reservan las mesas grandes para grupos, es decir, si hay una mesa para seis personas y llega un grupo de tres siempre tratan de ubicar al grupo más pequeño en un sitio más adecuado, y mira tú por dónde aquella noche quedaba libre únicamente una mesa para seis personas, que era justo el tamaño de nuestro grupo. Total, que yo estaba encantada con nuestra mesa separada del resto por una celosía con enredaderas, echando un vistazo a la carta de bebidas y tratando de decidirme entre las contundentes cervezas artesanas o los cocktails de fantasía, y la verdad es que mis amigas parecían tan encantadas como yo mientras charlábamos animadamente y comentábamos que caray, para ser bebidas tan buenas y elaboradas no estaban nada mal de precio. Llegó el camarero, pedí una jarra de cerveza y mis amigas dijeron que aún no habían decidido; el camarero se marchó, volvió al rato con mi cerveza y preguntó a las señoritas que qué iban a tomar. Señoritas número uno y número dos, es decir, Isabel y Sofía, dijeron que ellas no iban a tomar nada, y el resto de señoritas dijeron lo mismo. Miré al camarero abochornada, el camarero me miró a mí, las miró a ellas y dijo que debía dejarnos un momento, que enseguida volvía.
Os juro que, a pesar de que la jarra de cerveza estaba helada, pude notar perfectamente el calor que me subía desde el estómago hasta las orejas pasando por mis mejillas, que debían estar al rojo vivo, y el enfado pudo a la vergüenza cuando les espeté que de qué coño iban, que si no querían tomar nada lo hubieran dicho y habríamos hecho otra cosa en lugar de ir a un bar. ‘’Pero si hemos venido por ti, que tenías muchas ganas’’, dijo Isabel, toda cargada de razón. ‘’¡Pero que me da igual, que lo que no es normal es que vengamos seis personas a ocupar una mesa en un bar y sólo consuma yo, joder, que para eso nos habíamos quedado dando una vuelta!’’, insistí yo cada vez más enfadada.
Y en estas estábamos cuando volvió a aparecer el camarero, esta vez medio escondido detrás del encargado, quien se acercó muy amablemente y volvió a preguntar a las ‘’señoritas’’ si habían cambiado de opinión y querían tomar algo. ‘’No, gracias, estamos bien’’, respondieron ellas despreocupadamente mientras metían mano al cuenco de patatas fritas que me habían traído A MÍ. ‘’Pues sintiéndolo mucho, señoritas, voy a tener que pedirles que se marchen’’. Cinco pares de ojos indignados se volvieron hacia el encargado; cinco bocas empezaron a atropellarse tratando de discutir con él: ‘’es que no hay derecho a esto’’, ‘’es que en ningún sitio nos han obligado a consumir nunca’’, ‘’es que nuestra amiga sí que está consumiendo’’…Y efectivamente ahí estaba yo, tranquilísima a esas alturas, tomándome mi cervecita mientras lamentaba que las patatas no fuesen palomitas. ‘’Por supuesto, por supuesto, su amiga está consumiendo’’, respondió el encargado, con la mayor cortesía en todo momento, ‘’y es libre de abandonar el local con ustedes si quiere, pero si prefiere quedarse a terminar su cerveza, por nuestra parte no hay ningún problema’’.
Y así fue: se levantaron, cogieron sus bolsos, se encaminaron muy airadas hacia la salida y sólo entonces Isabel se giró al darse cuenta de que no las seguía; me miró confusa y antes de que tuviese tiempo de abrir la boca, levanté mi cerveza hacia ella y pegué un trago.
Total, que se largaron y allí me quedé yo, agustísimo después de haber pasado uno de los mayores bochornos de mi vida, liberada por fin de un grupo de amigas con las que salía porque no tenía con quien salir y no por afinidad o amistad.
Pero, ¿sabéis qué fue lo mejor de esto? Que el encargado me pidió por favor que me fuera a la barra, ya que aquella mesa era demasiado grande para mí. Y en aquella barra había dos chicas muy majas que se acercaron a mí al verme sola, les conté todo el percal, nos reímos muchísimo, intercambiamos redes sociales, empezamos a quedar y a día de hoy son dos de mis mejores amigas.