Lo estoy pasando muy mal con esta situación. Sofía y yo somos amigas desde el instituto. Hemos pasado por todo juntas: primeros novios, primeras fiestas, primeros desengaños amorosos, años de instituto, convivencia durante la universidad, primeros trabajos. Todo. Más que hermanas, pues nosotras nos elegimos. Aun así, somos parte de un grupo de amigos más grande que llevamos también años conociéndonos. Con nuestros más y nuestro menos, como todos, pero siempre hemos intentado hacer piña.
Sofía es enfermera, así que a veces ha tenido horarios distintos a los míos o a los del resto del grupo y no hemos podido vernos como quisiéramos, pero nunca había un supuesto ningún problema. Siempre sacaba un ratito para nosotros, para mí. Hace dos años empezó con un chico, Rubén, también enfermero, al que conoció en el trabajo. Hasta ese momento se había llevado ya algunos desengaños, pero con este chaval estaba ilusionadísima porque sentía que era ÉL. No hacía más que hablar de él, de lo maravilloso e increíble que era y de las ganas que tenía de presentárnoslo. Yo me sentía muy feliz viéndole a ella ese brillo en los ojos de cuando estás realmente enamorada. Le hubiese gustado presentármelo a mí primero por nuestra relación tan estrecha, pero por trabajo al final no pudo ser y quedamos todos los amigos a cenar para la gran presentación.
Rubén nos cayó genial. Era un chico simpático, abierto, agradable, cercano y miraba a mi amiga de una forma en la que pensé: “este, sí”. Cuando al día siguiente Sofía me preguntó qué me había parecido Rubén, solo tuve buenas palabras porque realmente me había transmitido muy buena sensación. Ella me dijo que estaba encantada de que opinara así de él porque para ella era muy importante lo que yo pensara.
Las semanas fueron transcurriendo y entre una cosa y otra se complicaba el quedar con Sofía. Estaba liada trabajando, le surgían otros problemas de los que tenía que encargarse o quería pasar tiempo con Rubén. Yo lo entendía y me parecía bien: además de los quehaceres diarios, al principio de una relación lo que más apetece es estar con tu pareja y disfrutar a solas todo el tiempo
posible.
Alguna vez de forma muy esporádica conseguíamos quedar con ellos, pues por horarios u otros motivos no podían venir a los planes que hacíamos todos juntos. Aun así, siempre intentábamos integrar a Rubén en el grupo como si fuera uno más. Sin embargo, esas quedadas empezaron a esparcirse en el tiempo. Y para mí, siendo Sofía mi amiga íntima, empezó a parecerme extraño. Casi no nos veíamos en grupo, ni a solas, ni siquiera ellos dos con mi pareja y conmigo. Aquello no era normal, pero no conseguía entender qué ocurría.
Hablé con ella explicándole cómo sentía, pues nuestras conversaciones de whatsapp casi no salían ya del “hola, qué tal” cuando antes hablábamos mucho y de todo y me dijo que no pasaba nada, que todo estaba igual y bien entre nosotras, así que decidí no darle mayor importancia. A veces, siendo adultos, las relaciones de amistad pasan por etapas diferentes y no significa que esa persona vaya a dejar de ser tu amiga, simplemente el momento es distinto.
Sin embargo, hace poco, todo explotó. Un día llamé a Sofía, aunque me hubiese gustado hacerlo en persona pero era imposible quedar con ella, porque aquella distancia entre nosotras ya no era normal y me contestó en un tono muy hiriente que estaba enfadada con el grupo por no haber integrado a Rubén. Que lo tratábamos de forma diferente al resto de parejas y que ya se estaba hartando de la situación. Y que, sobre todo, estaba enfadada conmigo porque yo, al ser su mejor amiga, tendría que haber sido la que más empeño hubiese tenido que poner en hacer sentir a Rubén uno más.
Me quedé en shock. No me esperaba nada de aquello. Le dije que no era cierta su percepción, que siempre que nos veíamos lo tratábamos como a otro amigo más, sin hacer distinciones, pero ella insistía en que le habíamos defraudado y en que no le tratábamos igual que a los demás. Yo le intenté hacer ver que nuestra relación con él era todo lo cercana que las circunstancias nos permitían, pero que ellos rara vez podían quedar con nosotros y que el resto del grupo llevábamos muchos años conociéndonos y que era normal que entre nosotros hubiese más intimidad y cercanía que con Rubén, pero no porque no quisiéramos integrar a Rubén en el grupo, sino porque en los dos años que llevaban juntos había venido a nuestros planes muy poquitas veces (después conté que solo ocho, normalmente en comidas de Navidad, algún fin de semana o alguna boda).
Por más que insistí en que las relaciones tienen que desarrollarse de manera natural y que con Rubén estábamos en ello pero que necesitábamos compartir más tiempo con él, no daba su brazo a torcer. Estaba muy enfadada y yo sentía que perdía a mi amiga.
Desde esa charla nuestra relación es ya casi nula. Yo sigo sin entenderlo. Creo que no he hecho nada malo y he intentado más de una vez acercar posturas pese a todo, porque me duele perderla como amiga después de tanto pasado juntas, pero siento que ella ya ha pasado página y lo peor de todo es que no hay un motivo real, justo ni coherente para ello.