Reconozco que yo siempre he sido un desastre, en mi casa se ha comido muchísimo dulce y que no me gustaran las verduras nunca fue un problema. El resultado es una relación complicada con la comida, necesitando azúcar en situaciones críticas. Estoy intentando mejorarlo, pero voy despacio.
Así que para mi hijo no quiero eso. Y ahora que todavía no tiene dos años, sigo las recomendaciones de cero azúcar. Más adelante tendré que ver cómo gestionarlo para no demonizar alimentos, pero, por ahora, es nuestro planteamiento.
Empezamos la alimentación complementaria introduciendo sabores con calma, haciendo BLW, enseñándole a disfrutar de la comida, a conocer texturas, a explorar y, sí, manchando todo.
Hemos conseguido que coma muy bien. Parte será suerte, pero otra parte creo que es gracias a nuestro esfuerzo.
Pues no hay comida familiar (mía o de mi marido) donde no tenga que escuchar que es una tontería lo que hacemos, que no va a servir de nada, que en unos meses comerá azúcar a cucharadas si seguimos así, qué pobrecito. Hasta nos han llegado a decir que le estamos destrozando la infancia.
Normalmente sonrío y contesto educadamente, que es lo mejor para él, que ya tendrá tiempo de tomar dulces, que no hay prisa y que él es feliz con su brócoli. Pero da igual, me siguen machacando día tras día.
A veces hacen el intento de ofrecerle y ya tengo que pararles. Me parece tan irrespetuoso que no entiendan que nosotros decidimos. Además, yo no cuestiono cómo cada uno cría a sus hijos. Estoy de acuerdo en que les dejen no comer pero luego se hinchen a dulces, pues no. Me parece bien que con nueve años tome descafeinado y tinto de verano sin alcohol, pues tampoco (que igual no es lo peor del mundo, pero me parece mala idea). Me parece bien que los niños más mayores sigan comiendo cosas distintas a los adultos, pues no. Pero entiendo que no es mi lugar criticar y empezar a cuestionarles en comidas familiares.
¿Entonces por qué a mí me pueden criticar sin dudar?