Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Se casa mi mejor amiga. Esa que sabe mis secretos más oscuros, la que siempre está para darme un consejo y con la que he compartido mis mejores risas. La misma que ha estado ahí en todos mis momentos importantes, y que ahora me pide que esté presente en el suyo más especial y, sin embargo, aquí estoy, planteándome si realmente quiero ir a su boda. En realidad “planteándomelo” no, sinceramente, no quiero ir. Porque, aunque suene frío o egoísta, la verdad es que no me apetece y no es por una cuestión de cariño o amistad, sino de pura logística, agotamiento y estrés.
Para empezar, está el tema del viaje. Ella vive en la otra punta de España, literalmente. Tendría que recorrerme todo el país para llegar a tiempo, lo que ya de por sí es un gasto considerable. Y eso sin contar con el alojamiento, porque claro, tendría que quedarme dos noches en algún hotel, lo que significa más dinero del que realmente quiero gastar.
Luego está el tema del vestido. No solo es mi vestido, sino también el traje de mi marido. Es una boda de día y solo tengo vestidos largos y sinceramente, no quiero gastar más dinero en ropa que probablemente no volveré a usar, ni de buscar algo que se ajuste a las expectativas del evento. Y, por si fuera poco, tendría que peinarme yo misma, porque planeo llegar la noche antes, súper tarde, y la boda es al día siguiente por la mañana por lo que no hay tiempo para citas de peluquería ni preparativos elaborados.
Pero ahí no acaba todo. Tendríamos que pedir días libres en el trabajo y, la verdad, quiero gastarme esos días en hacer planes con mi familia y no en una boda en la que apenas conoceré a nadie y que me dejará agotada. Y esto me lleva al siguiente punto: no conoceré a casi nadie.
La boda de mi amiga está llena de familiares y amigos que no he visto nunca en mi vida. Ella, por supuesto, estará radiante y encantada, rodeada de gente a la que quiere, pero yo me sentiré como un pez fuera del agua. Habrá saludos forzados, conversaciones de cortesía, y ese incómodo momento en el que te das cuenta de que eres «la amiga de la novia» y que apenas tienes conexión con el resto de los invitados.
Y ya para ponerle la guinda al pastel, están mis hijas. Tendría que organizar quién se queda con ellas, y no es una tarea fácil. No solo es la logística de dejar todo preparado, sino que ellas perderían días de colegio por nuestra ausencia. La idea de que falten a clases ya me da dolor de cabeza, porque implica más estrés para ellas, tener que ponerse al día con las tareas, y más cosas que gestionar cuando regresemos. Además, no quiero pedirle a nadie que se haga cargo de esa responsabilidad, sobre todo cuando ya de por sí mi ausencia será lo suficientemente larga como para complicar todo.
Lo peor es que todo este esfuerzo, y el gasto económico, no voy a ser sería para una boda en la que, sinceramente, no voy a disfrutar tanto como se espera. No soy fan de las bodas ni de las que disfrutan socializando con desconocidos. Además, no suelo beber, así que me encuentro aún más fuera de sintonía con el resto de los invitados, ya que normalmente durante la cena la gente ya se pone “contentilla” y yo estoy “sin más”. Y claro que me importa su felicidad y su día especial, pero al mismo tiempo, no puedo evitar cuestionarme si todo esto vale la pena. ¿Realmente tengo que sacrificar tanto por un solo día?
Me siento fatal, pero, aunque se trate de la boda de mi mejor amiga, no puedo evitar pensar que a veces decir «no» es la única manera de mantenerse fiel a lo que realmente necesitas.
