HISTORIA REAL ENVIADA A [email protected]
Cuando era pequeña soñaba con ser una mujer de éxito, una de estas mujeres elegantes que pueden permitirse vivir solas porque tienen un buen trabajo y que no dependen de nadie para hacer su vida.
El primer palo a mis ilusiones infantiles me llegó cuando me encontré con que no podría irme a estudiar fuera como siempre había deseado. A pesar de eso me matriculé a distancia y trabajé muy duro, compaginando mis estudios con trabajos precarios y con la idea inculcada desde siempre por mi madre de que la independencia de una mujer está en su cartera.
Pasaron los años y, a pesar de trabajar y estudiar, he seguido teniendo una vida bastante precaria. Me fui a vivir el año pasado con mi novio aprovechando que yo había empezado a trabajar, pues no quería irme con él hasta que no pudiese al menos aportar algo a la economía familiar. Del sueldo que ganaba se me iba una buena parte en el combustible que gastaba en desplazarme a mi lugar de trabajo, ya que estaba a 70km. de mi ciudad, y otra buena parte lo destinaba a los gastos del piso, con lo cual lo que quedaba para mí era menos y nada. Para colmo, antes de finalizar el período de prueba me despidieron.
A pesar de eso seguí aportando a nuestra economía mientras pude hasta quedarme prácticamente a cero, y después retomé mi trabajo como monitora de natación, un trabajo que me encanta pero con lo que puedo cubrir mis gastos personales, y si acaso.
A mí me mortificaba estar viviendo del sueldo de mi novio, el alquiler era desorbitado y me planteé seriamente el volver a casa de mis padres, aunque la idea de volver a ser una carga para ellos tampoco me hacía ninguna gracia.
La solución que encontró mi pareja al problema del alquiler fue comprar el piso de sus padres: su padre accedió a venderle su parte, pero su madre…su madre le dijo que no. Con lo cual acabé viviendo en un piso cuya mitad es de mi pareja y la otra mitad es de mi suegra, quien por cierto no desaprovecha la ocasión de echarme en cara que mi novio tenga que mantenerme a pesar de saber más que de sobra que en ningún momento he dejado ni de estudiar ni de buscar trabajo.

¿Lo peor? Que a día de hoy tengo no uno, sino dos trabajos, me mato en jornadas de diez horas mientras sigo estudiando y adivinad qué: sigo siendo una mantenida porque no llego ni de coña. Supero por muy poquito el SMI y sé que no se me puede echar nada en cara porque currar curro una barbaridad para que mi única certeza a día de hoy sea que si corto con mi novio no me quedará más remedio que volver a casa de mis padres.
Hay gente que dice que soy afortunada de tener un novio que gana un sueldo lo suficientemente decente como para permitirnos vivir a ambos, que lo mire desde la perspectiva de que puedo aprovechar para seguir estudiando. Hay quien incluso me dice en plan de cachondeo que hay que ver lo bien que vivo. Por lo que sea, nadie ve el tiempo y el dinero que he invertido en que pudiéramos independizarnos, el esfuerzo que realizo a día de hoy para poder aportar algo de dinero y que me quede un poco para ir ahorrando para mí.
Sé que no tengo nada que echarme en cara, y que tampoco debo permitir a nadie mortificarme por una situación que yo no he elegido, pero la verdad es que no deja de ser doloroso ver que en pleno 2023 soy, al igual que fueron mis abuelas, una mujer completamente dependiente de mi pareja.