No quise a mi hija hasta los quince meses. Lo admito. Mea culpa. Y lo verbalizo porque forma parte de un proceso de sanación que, aunque no soy consciente, ha sido mental, pero también física.
No era primeriza cuando vino al mundo, pero como si lo hubiera sido. Había tenido un niño trampa y eso, amigas, juega tan malas pasadas como todo el mundo dice.
Algunas ingenuas, o imbéciles como yo, piensan que no será para tanto lo de no dormir, pero sí, lo es. No dormir ha sido lo peor que me ha pasado en la vida (a nivel físico e, indirectamente, emocional).
Mi hija nació y no se enganchó al pecho. Fue niña de biberón desde la primera semana y, aunque esa primera semana fue un suplicio porque lloraba y no se enganchaba, pensamos que con el biberón llegaría la calma. Spoiler: no, no llegó. Y me cago’en to’ el que diga que los niños de biberón duermen como unos benditos.
Empezamos con el biberón y se lo tomaba con cuentagotas y, entre medias, no paraba de llorar. Era horroroso: sólo lloraba, comía un poco y lloraba. Se echaba siestecillas que no duraban más de una hora. Y así pasaron los seis primeros meses sin visos de que la historia cambiara porque no había alergias, intolerancias ni nada que pudiera causar la situación.
Ilusos de nosotros, confiábamos en que la alimentación complementaria nos daría un respiro. Y no. La niña seguía despertándose cada hora. Repito: cada-hora. Todos los días. Todos los puñeteros días. Mi marido y yo nos turnábamos: un día uno con la niña en colecho (y el otro en la habitación inutilizada de la bebé) y, al día siguiente, el otro. Y ni por esas lográbamos remontar.
Esos meses no sólo me planteaba por qué habíamos buscado un segundo hijo. Me arrepentía cada vez que oía berrear a mi “vástaga”(y, tened en cuenta, que no paraba). En fin, que yo ya pensé que jamás se iba a hacer la luz y que, el día menos pensado, iba a desaparecer con una maleta y abandonar a mi familia. Podía empezar de cero: sin hijos, sin marido y durmiendo.
Fueron los quince meses más duros a nivel anímico de mi vida. Pasaron, sí, pasaron: pero a qué precio. No me acuerdo de mi hija de bebé: no sé si porque no quería verla o porque la falta de sueño ha afectado a mis neuronas. No sé cómo le salieron los dientes, ni me acuerdo de cómo dejó el chupete o empezó a ir a la Escuela Infantil. Tengo una laguna mental severa.
Pasados los catorce meses, desesperados, fuimos al pediatra. Nos hizo un plan de cómo hacer que abandonara los biberones nocturnos (sí, porque se tomaba cuatro). Fue jodidísimo, pero nos hizo apuntar las veces que se levantaba en una pizarra. En 15 días pasó de despertarse siete u ocho veces diarias a ninguna. Cambiamos el biberón por agua en botella y la paciencia se unió a la ciencia. Eso sí, lo hicimos en días de vacaciones porque nos tocó despertarnos mucho, dormir poco y confiar en el proceso.
Gracias a dejar los biberones nocturnos la niña empezó a hace la noche del tirón. Era como si nos hubiera tocado la lotería. Ya no lloraba cada rato y empezó a ser una niña risueña, dormilona y feliz. Y fue entonces, a los quince meses, cuando empecé a querer a mi hija.
