Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Soy de un pueblo pequeño y siempre quise vivir en Madrid. No me gustaba que todo el mundo me conociera, que no hubiera casi opciones culturales, que pareciera que en el pueblo se acababa el mundo.
Cuando tuve que elegir carrera, ninguna de las mil excusas que busqué les pareció suficiente a mis padres para irme a vivir a Madrid y acabé en la capital de provincia más cercana. Allí pude sentirme más libre, pero no era lo que yo quería.
Así que el momento de buscar trabajo era la ocasión perfecta y solo busqué en Madrid. Pronto encontré una empresa a la que le encajaba y no le di más vueltas.
Unas amigas de la universidad justo tenían una habitación libre y tampoco dudé.
Las primeras semanas estuve en una nube: conociendo a muchísima gente, haciendo mil planes, enamorándome en cada esquina. Los findes no quería volver al pueblo; había tanto que descubrir.
Han pasado unos meses y la situación ha cambiado; bueno, la situación igual no, pero yo sí.
De casa a la oficina tardo casi una hora los días que no hay problemas en el transporte, que son pocos; parece que siempre se complica algo y tardo más y voy aplastada. No me dejan teletrabajar, pero ni lo pregunté en la entrevista
Los planes me gustan. Pero me mata que para algunas entradas de conciertos y teatros haya que comprarlas meses antes. ¿Dónde queda la improvisación? Hasta para muchos restaurantes hay que reservar con mucho tiempo.
Y después, los precios de todo. El alquiler de la habitación se lleva gran parte del sueldo. Las entradas entiendo que sean caras, pero no me entra en la cabeza que salir de cañas tenga que ser un drama para mi economía, por no hablar de las copas, que ya son una locura. Los planes en casa, bueno, parecen buena idea, pero, ¿quién pone la casa? Después toca limpiar infinito y por supuesto no nos llega para contratar a alguien para limpiar. En general, me parece que nuestra casa está sucia y ya no puedo hacer más.
Podría hacer planes más económicos, claro . Pero para irme al campo ya me voy en el pueblo. Me gusta ponerme guapa, ir a tomar algo, bailar, ligar. Y me da rabia tener que mirar el bolsillo cada vez.
La convivencia con mis compañeras de piso no es mala, pero las tensiones por la limpieza, las fiestas y las visitas ya están apareciendo.
Y luego, no consigo sacar tiempo para cocinar, y ya no sé cuántas veces me he llevado tupper con pasta a la oficina
En solo unos meses me parece que ya no soporto esta ciudad. Mi pueblo no me parece mi lugar para vivir, pero una capital de provincias, como en la que estudié la carrera, ya no me parece tan mala idea; y venir de vez en cuando a disfrutar de lo bueno de Madrid.