Hola.
Nunca pensé que acabaría escribiendo esto
La muerte de mi padre me pilló de viaje. Un viaje por el que había ahorrado años. Uno de esos que sueñas con hacer desde que eres adolescente y que por una razón u otra siempre acabas posponiendo.
Mi padre llevaba años enfermo. No era ningún secreto que lo suyo era crónico, degenerativo. Todos sabíamos que el final llegaría aunque en el fondo crees que siempre hay algo de tiempo más. Hasta que un día se termina.
Yo lo cuidé. Le acompañé durante todo ese proceso. Las visitas al hospital, los papeles, las noches malas, el deterioro lento. Estuve. Hasta que me fui. Porque acordamos que me fuera. Porque él me dijo “no vas a parar tu vida por esto”. Y me fui con esa frase grabada.
Cuatro días después de aterrizar mi hermana me llamó llorando que mi padre había muerto. Y se me cayó el mundo. Por un momento pensé en coger el primer vuelo de vuelta, pero algo en mí… no quiso.
Y no es que no me importara. Me importaba TANTO que precisamente por eso no podía imaginarme viéndolo dentro de una caja. No podía.
Decidí quedarme. Terminar el viaje. Lloré cada noche. Lo lloré en otro idioma, en otra cama, en otra ciudad. Pero lo lloré. Porque el duelo también se hace sola y no todos lo hacemos igual.
Desde entonces mi familia no me habla. Incluso se han atrevido a decir que no merezco ni mencionar su nombre. Como si mi forma de despedirme hubiera sido egoísta o indigna.
Pero yo sé lo que viví. Sé que estuve cuando más lo necesitó. Y sé que él lo sabía. Que si me vio no volver fue porque entendía que ya nos habíamos dicho todo.
No escribo esto para que me den la razón. Lo escribo porque tengo miedo de haber hecho algo imperdonable. De haber elegido mal. Pero también porque cada vez que me repito lo ocurrido, me convenzo un poco más de que el amor no siempre se mide por tu asiento en un tanatorio.
¿Tan terrible es lo que he hecho?
Gracias por leerme. De verdad.
