No sé si me vais a funar, como se dice ahora jajaja pero seguro que no soy la única. Últimamente sigo a una madre que se llama Didi en tiktok y me parece un soplo de aire fresco que dice una verdad destrás de otra. Verdades como:
ODIO JUGAR CON MI HIJA
La quiero con todo mi ser. Me parto la cara por ella cada día. Me desvelo si tiene fiebre, me emociono con sus dibujos, me muero de amor cuando me dice “mamá eres mi favorita”. Pero cuando me mira con esos ojazos y me dice ¿jugamos? solo quiero salir por patas.
Porque no me apetece. Porque no tengo energía. Porque jugar es estar alerta, disponible, creativa… y muchas veces siento que no me queda nada para dar.
En mi caso el juego no es liberador. No me sirve para reconectar con mi niña interior. Me aburre. Me agota. Me frustra cuando me distraigo o no entiendo las normas cambiantes que ella se inventa. Lo intento y lo hago, pero muchas veces con una culpa tremenda por dentro, porque estoy ahí físicamente pero no emocionalmente. Y luego viene la culpa, claro. Porque ¿cómo puede una madre no disfrutar de estar jugando con su hija? ¿Qué clase de monstruo soy?
Me he comido esos pensamientos muchas veces. Pero hace poco empecé a leer sobre esto y me tranquilizó ver que no soy la única. Que hay muchas madres y padres que no conectamos a través del juego y no por eso somos peores.
Porque resulta que nuestros hijos no nos necesitan jugando todo el tiempo. Nos necesitan presentes, atentos, disponibles. Nos necesitan descansado. Y a veces eso implica decir: Ahora no puedo jugar.
Lo que sí quiero que sepa mi hija es que su madre es humana. Que la ama con locura. Que está para ella aunque no se le dé bien ser dinosaurio a las ocho de la tarde después de una jornada laboral de mierda.
Ojalá se hablase más de esto sin que pareciera una confesión horrible y cuanto más lo aceptamos, menos nos castigamos.
Y menos daño nos hacemos a nosotras mismas y por tanto también a ellos.
