Reproducimos un testimonio que nos ha llegado a [email protected]
Os cuento el terror que viví el año pasado cerca de Navidades. Tengo una perrita preciosa que adopté en 2017, y que me ha acompañado en mis peores momentos. Vamos, que de no ser por ella hoy por hoy no la estaría contando. En serio, es que es solo mirar su carita y ya se te anima el día.
Como digo, es una perra adoptada, sacada de un refugio, por lo tanto, obviamente, está castrada (para quienes seáis de fuera, no sé cómo irá en vuestros pases, pero en España no te dejan llevártelos sin pasar por ahí). Pues claro, con ello, y sumado a que es muy tranquila (bueno, ERA, mejor dicho, ahora no tanto)… llegó a pesar unos 12 kilos, que, para su tamaño (pequeño), era más o menos el doble del suyo ideal. Y así, en esa tesitura, pasaron varios años. Hasta que a finales de este noviembre (2022) nos dio un buen susto.
De un día para otro, un fin de semana, comenzó a beber demasiada agua, a comer cada vez menos y, para rematar la faena, a vomitar lo que sí ingería. Total, que ese domingo la lleva mi madre a un hospital veterinario (sí, eso existe) y allí nos dieron el maldito diagnóstico: pancreatitis y diabetes tipo 2 (ya sabéis, la que suele venir con la obesidad). Por supuesto, tras ello, el correspondiente ingreso hasta nuevo aviso, si es que conseguía salir de ahí. Perdió 3 kilos en una semana.
Mi madre y yo quedamos destrozadas. El alma del hogar, de repente, se había ido y no sabíamos si iba a volver. Sumamos a esto que yo soy autista, de forma que vivo las cosas con otro nivel de intensidad. También arrastro un historial de salud mental un tanto considerable, puesto que he pasado por épocas de depresión y todavía hoy lucho también contra TCA. Vamos, que el asunto nos cayó cual roca desde la cima de la montaña.
Aunque, oye, no nos lo conseguimos explicar, pero ocurrió el milagro, y la luz al final del túnel se hizo visible. Después de 10 días, ni rastro de la pancreatitis, solo quedó (y sigue quedando) la diabetes.
En fin, que aún la peluda se encuentra en este mundo, alegrando los días y paseándose de un lugar a otro de la casa. Pura ternura.
Y hasta aquí mi relato. Todo mi apoyo a quien ahora mismo tenga una situación similar. Por experiencia puedo asegurar que pocas probabilidades no significa 0, conque hay que mantener la fe y la esperanza.
Un abrazo muy fuerte.