Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Os voy a contar la vez que alguien murió por mi culpa.
Es probable que dicho así, parezca que soy una homicida, y todo y que ya no me siento responsable de lo que ocurrió, cierto es que durante muchos años me sentí muy mal, y callé por miedo a que el resto de personas también me culparan ( aunque sí que se lo expliqué a gente de mi entorno más cercano). Y aún cuando lo pienso sigo sintiendo que tuve parte de la responsabilidad de lo que pasó, justo 20 años después. Fui la primera pieza del domino.
En realidad fue un conjunto de coincidencia fatales que llevaron a una chica joven, con toda la vida por delante y con mucho que dar, a morir cuando aún no le tocaba.
Corría en año 2003 y yo salía con un chico motero. Fue todo muy rápido con él y bastante tóxico, pero lo importante fue que conocí gente fantástica y fue una época muy divertida y bastante desfasada. Cuando solo hacia unos días que lo conocía y “salíamos”, me presentó a una chica motera. Y ahí empezó todo.
Dentro del mundo de los clubs moteros las mujeres no pueden ser miembros, al menos entonces, y solo te dan un “título honorario”. No recuerdo exactamente qué día conocí a la otra chica. Ella era la guía de ruta de cuando salíamos con las motos, preparaba los itinerarios e iba la primera abriendo camino. Un fin de semana fuimos a la concentración de “perros del Ebro” en Zaragoza. Y recuerdo que un señor muy majo se nos acercó a preguntar cosas y una de ellas fue: ¿no tenéis miedo de ir en moto? ¿Nunca habéis tenido accidentes? A lo que le respondimos que no, que de momento por suerte estábamos todos, y todos y todas estábamos bien. Cualquiera en este punto vería “el mal fario” de haber dicho tal cosa.
Cuando se acabo el fin de semana, el domingo salimos de Zaragoza y nos pusimos en camino, con (vamos a llamarla Alba) en cabeza. Justo antes de salir, Alba dijo algo así como que solo paradas necesarias y que no paráramos para hacer pis cada 2×3. Y yo ese comentario lo recibí mal, porque suelo mearme mucho, y pensé “pararé cuando lo necesite, ¡¡acabáramos!!” Total, que cuando llevábamos como una hora de camino o así, le hice la señal de parar a el que era mi pareja. Y paramos en una gasolinera.
Alba aprovechó para echar gasolina y al dejar la moto, vino un viento, movió la moto, saltó el caballete y la moto cayó. Se rompió el embrague. Justo ahí empezó todo. Recuerdo que incluso los padres de Alba se ofrecieron a venir a traerle el embrague de recambio, y ella les dijo que no merecía la pena. También recuerdo que justo el mes anterior habían hecho un viaje larguísimo y ella, como buena motera y buena mecánica, llevaba recambios de todo y herramientas. Para este viaje decidió no llevarlas, porque si había podido hacer chorromil kilómetros sin percances, podía ir hasta Zaragoza y volver. ¿Qué podía pasar?

Estuvimos horas esperando la grúa, y la gente empezó a irse… sólo quedamos Alba, su novio, el hermano de su novio, mi pareja y yo. Cuando por fin llegó la grúa la trasladó hasta un depósito, donde habían más vehículos. Allí su cuñado y yo, al ver un coche destrozado por un accidente y con el interior lleno de sangre, comentamos: hemos tenido suerte, al menos estamos bien. Segundo mal fario. Estábamos cansados del viaje, de esperar y luego nos quedaban 2h más de viaje. Alba fue en la moto con su cuñado, se nos hizo bastante eterno, y al llegar a Barcelona, tengo esa imagen grabada en mi mente de ella, su cuñado y su novio diciendo adiós. Y fue la última vez que la vi.
Esa semana yo empecé a trabajar de monitora en un colegio, y el primer día me llamó mi pareja y me dijo que Alba se había matado en un accidente.
Fue un martes. El lunes mi pareja me había comentado que Alba y dos chicas más, una de ellas la primera que conocí del grupo, habían alquilado una furgoneta para ir a buscar la moto, arreglar el embrague y volver, una conduciendo y Alba llevando su moto. Que si quería ir con ellas. Y yo le dije que no, que al día siguiente empezaba a trabajar y no quería estar agotada. Pero tuve un impulso de ir…
En una recta de la nacional que pasa por los Monegros, se mataron las tres.
No llegaron hasta su moto. Esa moto que ella tanto quería.
A mi la noticia me llegó al día siguiente. Entonces todas las imágenes, situaciones, comentarios empezaron a desfilar por mi mente. Y los “y si…”
Y si no hubiera querido parar justo en esa gasolinera. Y si en vez de ir ellas a buscar la moto, hubieran venido sus padres, y si hubiera ido con ellas… pero sobre todo, el “y si no me hubiera encabezonado en parar, solo porque ella dijo que nada de paradas innecesarias”. Aunque realmente yo necesitaba parar. Pero en ese momento en mi cabeza era como que tenía la culpa. O parte de ella.
No es que no necesitara parar, me meaba viva, pero en ese momento piensas que me tendría que haber aguantado. En tu mente se forma un efecto dominó desde que ella hace ese comentario, hasta que decide irse en una furgoneta con dos amigas a buscar la moto. Preguntas y más preguntas, y dudas, y sentimiento de culpa, y pena, y dolor….
Ellas ahora tendrían unos 45 años más o menos, como yo. Piensas, no solo murieron ellas, murieron experiencias, vivencias, los posibles hijos, nietos, biznietos… y sobretodo, esos padres, madres, novios, amigos que se quedaron sin sus queridas hijas, novias, amigas…
Y aunque esta historia es de Alba, también perdieron la vida dos chicas más que también yo conocía. No eran mis mejores amigas, pero en ese poco tiempo que pude disfrutar de ellas, les cogí muchísimo aprecio. Y no me he olvidado de ellas en estos 20 años que han pasado.
Ahora se que no tengo culpa, pero aún hay una vocecita en mi cabeza que dice que no deberías haber dicho que pararan. Y puede que Alba, Marta y Núria (nombres falsos) estarían vivas y tendrían una historia. Una historia que murió ese martes, cuando al adelantar, a Alba le deslumbró el sol y no vio el camión que venía en dirección contraria.
Alba y Marta fueron enterradas el mismo día. Núria, la primera chica motera que conocí, un día antes. Los entierros fueron devastadores, emotivos, llenos de rabia, de dolor profundo. Y yo con 25 años estaba ahí pensando que todo eso era culpa mía. Cómo es este sentimiento, tan egoísta y a veces sin sentido.
E ironías de la vida, aquello que tanto preocupaba al señor mayor zaragozano, que era que las motos eran peligrosas, y aunque todo vino por una moto, Alba, Marta y Núria perdieron la vida en una furgoneta de alquiler.
No sé si hago bien en contar esta historia, y si alguien que las conocía y sabe perfectamente quiénes eran y que es su historia, que sepáis que solo lo hago porque aún a día de hoy me acuerdo de ellas. Y se me encoge el estómago. Y se me saltan las lágrimas. Y que siempre las tendré presentes.
Los puntos de inflexión en la vida son caprichosos y nunca sabes cuando empiezan, en realidad. Y este fue una fatal.