Reproducimos un mail que nos llega a [email protected]
A mi novio y a mí nos flipan los animales de todos los tamaños y colores, así que cuando una antigua compañera de curro me invitó por whatsapp a conocer su nuevo negocio que consistía en llevar a gente a montar caballo que estaban en semi-libertad, y podríamos montar un poquito, acariciarlos, y demás, y accedimos de inmediato. ¿Qué significaba semi-libertad? Pues que son criados de manera doméstica, se les da de comer, se les da cobijo, etc. pero no se les encierra nunca; no tienen dueño como tal. Puede sonar un poco tonto, pero a mí me hizo mucha gracia, me gustó la idea, y fuimos. Había que pagar 50 euros, y nos sorprendió un poco, pero nos dijo que la experiencia era de día entero e incluía comida y merienda veganas.
Llegamos al lugar y el entorno era precioso, todo prado y bosque, y una casa de piedra antigua en medio. Desperdigados por el paisaje había caballos, perros, ovejas, algún burro, y más cerca de los humanos, un montón de gatos monísimos también. Fue llegando la gente, y dedujimos que la actividad era en grupo. Cuando ya llegó el último, nos metimos a la casa de piedra y nos sentamos alrededor de una mesa con un té caliente que nos sirvieron, lo cual se agradecía porque hacía casi más frío dentro que fuera. Nos pidieron una ronda de “impresiones de llegada”, que venía a ser un poco decir por qué habías ido allí, qué esperabas encontrar, y tal. Para nuestra sorpresa, la gente empezó a hablar de sentimientos super profundos. Que no se me malinterprete, que yo voy a terapia, y alguna vez he asistido a terapia de grupo, pero desde luego no era a eso a lo que íbamos aquel día. Y la gente hablando de rupturas emocionales, de duelos sin terminar, de estrés irremediable… Conforme iba llegando mi turno me iba poniendo más nerviosa, porque no sabía si decir “yo he venido a tocar caballos” era irrespetuoso hacia el resto, así que dije lo mismo pero un poco adornado. Y mi novio, parecido. Por fin le tocó al monitor, acompañante, amigo, yo no sé qué nombre le daban por no otorgarle una autoridad y todo el rollo hippie. Se puso el tío a hablar de su vida personal, a llorar, a decir lo mucho que significaba que estuviéramos allí para acompañarnos entre nosotros, y acabó, para sopresa nuestra, desde luego, diciéndonos que íbamos a agradecerle a la casa, sí, sí, a la puta casa de piedra, el hecho de que siguiera en pie, y llevara generaciones y generaciones (tenía 300 o 400 años) disponible y prestando sus servicios. Tuvimos que aplaudirle a la casa, como os lo cuento.

Cuando pasamos ya a la parte de los caballos y antes de acercarnos a ninguno, tuvimos que ponernos por parejas a hacer una dinámica que consistía en plantarle la mano en el pecho, donde el corazón, al otro (a mi novio y a mí no nos dejaron hacerlo juntos, claro) y mirarle fijamente a la cara durante un minuto y medio. ¿Sabéis lo que es eso? Y yo aquí voy a mojarme: ¿a alguien en su sano juicio le parece que eso puede ayudar a una persona que no está pasándolo bien, por la razón que sea? Porque quizá con alguna aciertes y sea eso justamente lo que necesita para soltar y relajarse, pero a mí me parece absolutamente innecesario hacerlo, y más cuando en ningún sitio te han avisado de qué iba esto. Estuve incómoda, tuve rabia, y de milagro no me giré a decirle a la chica que nos había “invitado”, que a ver de qué cojones iba todo aquello.
A aquella actividad le siguió otra ronda de impresiones en la cual cada persona tenía que decir de qué color se sentía. Después otra en la que, por turnos, tenías que levantarte, irte lejos y gritar a pleno pulmón, con todo el mundo mirándote.
En definitiva, para cuando llegó el momento de ir a pasear con los caballos, mi novio y yo aprovechamos el camino para desviarnos hacia el coche y salir por patas. Ni comida, ni merienda, ni caballos, una terapia de sanación hippie que nadie había pedido. Decidí no decirle nada a la chica, pero ahora tengo que vivir sabiendo que, durante unos minutos, le aplaudí a una casa.