Tengo cuatro hijos; las tres mayores son chicas y el pequeño es chico. Y sí, lo reconozco: tengo una predilección especial por mi único hijo. Siempre ha sido y será mi niño, aunque ya tenga 40 años.
Durante toda su vida intenté que me gustaran sus novias y no hay cosa que me haya resultado más difícil. Hasta que con 30 conoció a una chica que no me disgustaba del todo y no lo llevé tan mal. Solo duraron unos años y creo que yo estaba más desilusionada que él.
Poco después conoció a otra chica y ya desde el primer momento chocamos. Llegó con sus aires de vivir en Madrid capital y tonterías en la cabeza, cuando mi hijo siempre había estado bien viviendo a las afueras, como yo. Y siempre mirándome como si fuera lo peor por no haber trabajado nunca fuera de casa, como si criar a cuatro hijos fuera fácil.
Nunca hemos discutido y mantenemos las formas. Supongo que en el fondo las dos queremos a mi hijo y por eso nos esforzamos.
Pero desde que nació mi nieta ha sido ya demasiado. Todo lo que hago o lo que digo le parece mal. Y me mira como si estuviera cometiendo un crimen mortal.
Para empezar, no me dejó ir al hospital; dijo que había tenido una cesárea muy dramática y que no fuera (su madre sí fue, claro). Eso ya me dolió, pero cuando, por fin, me presentaron a la niña (a los dos días de darles el alta, antes no porque estaba agobiada) no me dejaron cogerla en brazos. Que si era muy pequeña, que si no era un juguete… Soy su abuela no una desconocida. Fui a darle un beso en la carita y la apartó de malas maneras; que llevaba los labios pintados me dijo y estaba sequísimo el pintalabios y no manchaba nada.
Le pregunté por el bautizo y casi me tacha de loca, que cómo iba a bautizarla si ni siquiera estaban casados. Yo sigo sin ver la relación.
La siguiente vez aparecí con unos pendientes preciosos de bebé de oro, que menudo dineral me costaron. Su respuesta fue que no le iban a hacer agujeros y un discurso que ni recuerdo. Al menos los pude devolver.
Con el paso del tiempo todo ha ido a peor. Me ofrecí a hacerle una papilla de frutas y, cuando ya se la estaba comiendo mi nieta tan feliz, se la quitó porque dije que llevaba galletas María; parecía que le había puesto drogas. Y otra vez otro discursito.
Y bueno, así tengo muchísimas situaciones de estos años. La sal parecía veneno cuando era más pequeña y el azúcar lo sigue siendo ahora. No le puedo dar ni un chupachups y que no se me ocurra ofrecerle polvorones. Todo son pegas y yo con mi buena intención. Hasta un zumo de naranja recién exprimido por mí me ha rechazado. Es imposible acertar.
Para rematar, nunca me dejan que me quede sola con ella; les he ofrecido que una noche se vayan al cine y de cena y que no. Cinco años tiene mi nieta y no ha dormido en mi casa ni una vez. Es increíble. Mi hijo dijo que tampoco se queda con su suegra, pero no le creo. Me parece que ella le dice que diga eso.
El otro día le pregunté a la niña si tenía novio, pregunta bien inocente, y también me regañó. Traté de darle chocolate a escondidas, que se merece un capricho la pobre, y como le dije que no dijera nada, menuda se montó: que si el azúcar es malo (otra vez, que eso quién se lo habrá metido en la cabeza) y que la niña no tiene que tener secretos con ellos… Me parece que olvida que soy su abuela.
Estoy ya hasta las narices. Si todo lo hago mal, pues no haré nada. Y seguro que se quejará de que no hago nada.