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En mi barrio, lo mismo que en todos los barrios de España, llevamos un tiempo en el que salen peluquerías como setas: en cada esquina hay una y cada cual es más barata que la anterior. Yo he sido siempre clienta fiel de la misma peluquería (también del barrio), y súper defensora de esta frente a la gente que me decía que estaba haciendo el ridículo por pagar 63 euros (tinte, corte y peinado) en vez de 25 por lo mismo. Esta gente incluye a mi novio, que se hace un corte de pelo y un arreglo de barba, y encima le sirven cerveza, todo por 12,99 euros. Bien, pues un día me cansé de justificar ese gasto en peluquería, que tampoco es que tenga yo un pelazo increíble, y me fui a la sección de chicas de donde iba mi novio. La vida está cara, qué le vamos a hacer, y no me resistí al cartel de la entrada: habían igualado el precio de corte entre hombres y mujeres, y me ganaron. Por 12,99 te hacían corte, tratamiento y peinado. No sabía cuánto le sumaría el tinte, pero fui directa para adentro. ¿Qué podría salir mal? Pobre ilusa…
Cuando la peluquera me preguntó “¿qué hacemos hoy?”, yo tenía que haber contestado “solo las puntas”, y la cosa habría acabado ahí, pero no, yo fui a por todas, y respondí “quiero algo diferente, más corto, más moderno”. Error mortal.
Lo primero, el champú que usó para lavarme la cabeza olía a detergente fuerte, ni de coña olía a champú de peluquería, vamos. Ahí fue cuando me fijé en la bola de discoteca que había colgada del techo, y comenzó el pre-arrepentimiento. Y va la tipa y saca unas tijeras que parecían de cortas las uñas, o de costura, no sé, eran enanas y como curvadas, y empezó a cortar. Yo le veía haciendo movimientos como raros con la muñeca, no sé, los mechones iban cayendo de longitudes muy distintas, y ella cortaba ahora de aquí, ahora de allá… y yo temblando.
Me preguntó a ver si me gustaban los flequillos (que no me gustan nada), y por alguna razón traumática le dije que sí, no sé si por miedo a que ya hubiera empezado con el flequillo y no pudiera echar marcha atrás, o porque lo tomé como una pregunta retórica. En tres segundos mi yo del espejo tenía flequillo, y no uno guay, sino uno que te haría tu primo de cinco años. Frondoso, torcido, horrible. El alma se me escapaba por el cuerpo. Esperé a que la tía lo arreglara. Spoiler: no.
Y por si pensaba que la cosa ya no podía empeorar, luego vino el secado. Sacó un secador más viejo que el sol que echaba un calor que me hizo temer por mis pestañas y el resultado fue que acabé pareciendo un algodón de caramelo, pero uno de los que se hacen de prueba para luego tirarlo a la basura, ¿eh? Como un nido de pájaro con forma de casco de moto, muy muy mal. La chica, encima, tuvo los ovarios de decirme “¿te gusta? queda muy original”, cuando todas sabemos que original, en estos casos, es sinónimo de horrendo, de desastre. Estaba segura de que mi cara lo decía todo, así que tampoco me molesté en contestar. Pagué con tarjeta solo porque me dijo que preferían efectivo, esa fue mi única y triste venganza. De allí me fui directa al Decathlon a por una gorra, porque no tenía ninguna y preveía una larga temporada usándola.
Fueron los 12,99 euros más caros de mi vida. Me pasé dos semanas huyendo de la gente, escondiéndome por la calle si avistaba alguien conocido, esperando a que el pelo me creciera lo suficiente como para volver a parecer un ser humano.
